Es el año de 1826, dos siglos atrás. En el puerto de Veracruz un joven cargador observa todos los días barcos que descargan mercancía y transportan personas atadas de manos: esclavos. Se cuestiona si es correcto que a la gente se le pueda tratar como mercancía y más aún, se cuestiona si en los otros países los gobiernos estarán a favor de estas prácticas. En México, estos pensamientos e ideas encontraron eco en documentos fundacionales de nuestra patria, como los Sentimientos de la Nación, de José María Morelos, donde se planteaba que la ley debía servir para equilibrar las condiciones de las personas.
Esta misma lógica se repitió en varios momentos del siglo pasado. Primero campesinos reclamando su derecho a la tierra, luego trabajadores organizados alrededor de exigencias básicas como jornadas más justas y condiciones dignas. Demandas que de nuevo encontraron cauce en la Constitución de 1917, que incorporó derechos sociales impulsados por la Revolución.
En el plano internacional ocurrió algo similar y no por coincidencia, sino por consecuencia. Al final de la Segunda Guerra Mundial los países se vieron en la obligación de atender la preocupación de pueblos y comunidades, a causa de los devastadores daños que ocasionó la violencia entre países, entonces se volvió inevitable la Declaración Universal de 1948.
En nuestro país, este proceso ha sido sostenido y la atención de muchas de las demandas más sentidas de nuestra sociedad han permitido colocar a los derechos humanos en el centro de la actuación estatal, pero no de un día a otro, sino como resultado de años de litigio, trabajo de base y exigencia social.
Los Derechos Humanos avanzan cuando tienen una base social legítima y anclada en la realidad, porque responden a causas compartidas. Pues las mejores leyes no se redactan en los escritorios de consultores, sino desde las calles, en la gestión y lucha de las causas sociales. No lo olvidemos, los derechos humanos son resultado de luchas sociales acumuladas y, al mismo tiempo, una responsabilidad permanente que se sostiene en la práctica cotidiana; y solo en esta doble condición se explica la historia de estos logros y también el futuro de su defensa por parte de la ciudadanía. Hagamos esfuerzo y causa común defender los derechos humanos, económicos, culturales, ambientales y sociales.
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