El cierre de 2025 confirma una realidad que durante años fue políticamente incómoda para Occidente admitir: la guerra en Ucrania no podía ganarse militarmente y el desgaste estratégico ha terminado por imponer una salida negociada en términos mucho más cercanos a los intereses rusos que a la narrativa triunfalista que dominó Washington y Bruselas desde 2022.

Esta última semana del año fue reveladora. Donald Trump habló directamente con Vladímir Putin antes de reunirse con Volodímir Zelenski, una secuencia diplomática que, por sí sola, evidencia un cambio profundo de prioridades. Estados Unidos ya no actúa como garante absoluto de la victoria ucraniana, sino como administrador del cierre del conflicto, consciente de que prolongar la guerra solo multiplica costos sin alterar el equilibrio real sobre el terreno.

Durante más de tres años, Rusia sostuvo una guerra de desgaste frente a una Ucrania altamente dependiente del apoyo occidental. Las cifras son elocuentes: más de seis millones de refugiados ucranianos fuera del país, cientos de miles de bajas militares combinadas y una infraestructura energética devastada. Frente a ese escenario, Moscú logró algo clave: resistir sanciones sin colapso interno, reorientar su economía, consolidar alianzas no occidentales y mantener el control de territorios estratégicos que hoy forman parte central de cualquier negociación.

Occidente, en cambio, llega al final del año con fatiga política, divisiones internas y límites claros a su compromiso. La promesa de una Ucrania integrada a la OTAN se desvaneció; las garantías de seguridad ofrecidas por Estados Unidos son temporales y condicionadas; y la ayuda militar, aunque enorme, no produjo la victoria anunciada. Lo que sí produjo fue un conflicto prolongado que convirtió a Ucrania en el principal campo de batalla de una confrontación geopolítica ajena.

Desde una lectura crítica, Rusia no solo resistió: impuso el marco de la negociación. La neutralidad ucraniana, el congelamiento territorial, la revisión del régimen de sanciones y la centralidad de la seguridad rusa —temas que antes eran inaceptables para Occidente— hoy están sobre la mesa. No por concesión ideológica, sino por realismo estratégico.

Las acusaciones recientes sobre un supuesto ataque con drones contra una residencia de Putin, negadas por Kiev, deben leerse dentro de esta lógica. Más allá de su veracidad, muestran cómo la dimensión informativa sigue siendo parte de la guerra híbrida, incluso cuando la diplomacia avanza. Rusia entiende que la negociación no se libra solo en documentos, sino también en percepciones, legitimidad y control del relato.

Zelenski, por su parte, enfrenta una paradoja histórica. Después de haber sido presentado como símbolo de resistencia occidental, hoy depende de que Estados Unidos negocie directamente con Moscú. La exigencia de referéndums y garantías de largo plazo refleja una realidad incómoda: Ucrania ya no decide sola. Su margen de maniobra está condicionado por la correlación de fuerzas que la guerra produjo, no por las promesas iniciales.

El año cierra, entonces, con un reconocimiento tácito: Rusia no fue derrotada, no fue aislada y no fue forzada a retroceder estratégicamente. Al contrario, Occidente terminó aceptando que la estabilidad europea pasa por reconocer límites, no por expandirlos indefinidamente. La paz que se discute no es ideal, pero es coherente con el resultado real del conflicto. De cara a 2026, la pregunta ya no es si la guerra termina, sino bajo qué relato. Y todo indica que la narrativa del “triunfo democrático” será sustituida por otra más sobria: la de una guerra que Occidente no supo cerrar a tiempo y que Rusia supo resistir hasta volver inevitable la negociación.

Hay además un elemento que Occidente ha preferido minimizar, pero que al cierre del año se vuelve imposible de ignorar: el reordenamiento del sistema internacional que esta guerra aceleró. Mientras Estados Unidos concentró recursos financieros y políticos en Ucrania, Rusia consolidó vínculos estratégicos con China, fortaleció su presencia en Asia, África y Medio Oriente, y profundizó mecanismos económicos alternativos al sistema financiero occidental. Lejos de quedar aislada, Moscú utilizó la guerra como catalizador para acelerar un giro multipolar que hoy condiciona cualquier negociación. La paz que se discute no es solo un acuerdo sobre Ucrania; es un ajuste tácito de poder global que Occidente ya no puede dictar unilateralmente.

Finalmente, el cierre del año deja una lección incómoda pero necesaria: las guerras no se ganan solo con superioridad moral ni con sanciones, sino con capacidad de resistencia estratégica y lectura realista del entorno internacional. Rusia apostó al tiempo, al desgaste y a la fragmentación política de sus adversarios, y esa apuesta dio resultados. Occidente, en cambio, apostó a un desenlace rápido que nunca llegó. Hoy, cuando se habla de paz, ya no se hace desde la lógica de castigo o derrota, sino desde la aceptación de límites. Y en ese reconocimiento tardío, el verdadero saldo del conflicto queda claro: no fue Ucrania quien definió el final de la guerra, ni Occidente quien impuso sus condiciones, sino la realidad geopolítica que Rusia supo sostener hasta volver inevitable la negociación.

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