América Latina vuelve a sentir un viejo escalofrío histórico. Esta semana, la combinación de presión económica sobre Cuba, el debilitamiento de Venezuela y la tensión diplomática con México ha revelado que el tablero hemisférico se está reorganizando bajo una lógica que creíamos superada. No es una guerra abierta, pero sí una estrategia de asfixia económica y política que recuerda demasiado a otras épocas.

La crisis energética cubana ha alcanzado niveles alarmantes. Durante años, Venezuela enviaba entre 30 mil y 40 mil barriles diarios de petróleo subsidiado a la isla. Ese flujo era vital para sostener transporte, electricidad y parte de la industria básica. Hoy ese suministro prácticamente ha desaparecido. La consecuencia es visible: apagones de más de doce horas diarias en varias ciudades, transporte público paralizado, universidades cerrando temporalmente y vuelos internacionales cancelados por falta de combustible. En un país donde más del 70 por ciento de la energía depende de importaciones, el impacto es inmediato y socialmente devastador.

A esta fragilidad estructural se suma el endurecimiento de la política estadounidense. Washington no solo mantiene el embargo histórico que ya supera seis décadas, sino que ha ampliado las sanciones con una lógica de cerco financiero y energético. La nueva presión incluye advertencias a países que comercien petróleo con Cuba, restricciones bancarias más severas y medidas que dificultan incluso transacciones humanitarias. El mensaje es claro: aislar completamente a la isla para forzar cambios políticos. El problema es que la historia demuestra que estas estrategias castigan más a la población que a los gobiernos.

Venezuela, por su parte, sigue atrapada en un escenario de presión externa y crisis interna. La combinación de sanciones, bloqueo financiero y tensiones políticas ha reducido drásticamente su capacidad de exportación energética. En 2015 producía más de 2.5 millones de barriles diarios; hoy apenas supera los 800 mil en algunos periodos. Esa caída no solo afecta a su propia economía, sino también a países aliados como Cuba, que dependían de ese suministro. La ecuación es simple: menos petróleo venezolano significa menos energía cubana y mayor vulnerabilidad regional.

En medio de este tablero, México ha quedado en una posición incómoda. Históricamente ha mantenido una política exterior basada en la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Sin embargo, su profunda interdependencia económica con Estados Unidos limita su margen de maniobra. México ha enviado ayuda humanitaria a Cuba y ha buscado mantener cierto apoyo energético, pero enfrenta la presión de posibles sanciones comerciales si intensifica esa cooperación. Es una diplomacia de equilibrio frágil: solidaridad regional sin romper con su principal socio económico.

El trasfondo de todo esto es geopolítico. América Latina vuelve a ser vista como espacio de influencia estratégica. La narrativa de seguridad y estabilidad regional se combina con la intención de reconfigurar el mapa político del hemisferio. Cuba y Venezuela representan modelos políticos incómodos para Washington; México representa un actor clave que no siempre se alinea completamente. El resultado es una presión simultánea que intenta redefinir correlaciones de poder en la región.

Desde una perspectiva crítica, el uso sistemático de sanciones como herramienta de política exterior plantea serios cuestionamientos éticos y políticos. El embargo a Cuba ha durado más de sesenta años sin lograr el cambio de régimen que se proponía, pero sí ha contribuido a precarizar la vida cotidiana de millones de personas. La presión económica sobre Venezuela tampoco ha generado estabilidad ni democratización sostenida. En cambio, ha profundizado crisis sociales y migratorias. Persistir en esta estrategia parece responder más a una lógica de control geopolítico que a una verdadera apuesta por la estabilidad regional.

Europa habla de autonomía estratégica, Asia redefine sus alianzas y el Sur Global intenta reorganizarse. América Latina, en cambio, sigue atrapada entre presiones externas y fragmentación interna. Sin una política regional coordinada, cada país enfrenta estas tensiones de manera aislada. El resultado es una región vulnerable a dinámicas de poder que se deciden fuera de sus fronteras.

La pregunta de fondo no es solo qué ocurre entre Cuba, Venezuela, Estados Unidos y México. La pregunta es qué tipo de orden hemisférico se está construyendo. ¿Se trata de una nueva etapa de intervencionismo indirecto basado en sanciones y presión económica? ¿O estamos ante una transición hacia un sistema donde la autonomía latinoamericana sigue siendo una promesa incumplida?

México se encuentra en el centro de esa tensión. Puede optar por una política exterior más cautelosa y adaptativa o por una posición más firme en defensa de la soberanía regional. Cuba y Venezuela, con todas sus contradicciones internas, se han convertido nuevamente en símbolos de una disputa mayor: la capacidad de América Latina para decidir su propio rumbo.

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