El Parlamento Europeo aprobó esta semana, por 417 votos a favor, 154 en contra y 71 abstenciones, avanzar la legislación para cumplir la parte europea del acuerdo comercial con Estados Unidos. A primera vista, parecería una señal de cercanía. Pero en realidad ocurrió lo contrario: Europa avanzó, sí, pero lo hizo blindándose. Eso es lo políticamente relevante. Cuando un socio vota a favor de un acuerdo y, al mismo tiempo, le pone cláusulas de suspensión, caducidad y condicionalidad por temor a que la otra parte no cumpla, ya no estamos frente a una alianza basada en confianza, sino frente a una relación administrada con desconfianza.
Los datos del propio expediente son reveladores. Bruselas acepta reducir gran parte de sus aranceles a productos industriales estadounidenses, mejorar el acceso para algunos productos agrícolas y mantener arancel cero para las langostas de Estados Unidos, pero el Parlamento exigió salvaguardas adicionales porque Washington mantuvo una tasa arancelaria amplia del 15% y, además, impuso derechos del 50% sobre el contenido de acero y aluminio de productos como turbinas eólicas y motocicletas apenas un mes después del acuerdo de Turnberry. Por eso los eurodiputados añadieron una cláusula de condicionalidad, una cláusula de suspensión y una cláusula de caducidad que haría expirar las concesiones el 31 de marzo de 2028. No es un gesto de armonía, es una póliza de seguros frente a un aliado impredecible.
Lo más interesante es que este acuerdo avanza en medio de una paradoja. La interdependencia económica entre ambos sigue siendo gigantesca. En 2025 la Unión Europea exportó a Estados Unidos 554 mil millones de euros en bienes e importó 354.4 mil millones, con un superávit europeo de 199.6 mil millones. Desde la perspectiva estadounidense, el comercio bilateral de bienes con la Unión alcanzó 1.0476 billones de dólares en 2025. En servicios, además, la relación sigue siendo enorme: solo en 2024 el comercio bilateral de servicios rondó los 817 mil millones de euros. Es decir, económicamente no estamos viendo un divorcio. Lo que estamos viendo es algo más delicado: una alianza enorme en volumen, pero cada vez menos cohesionada en términos políticos y estratégicos.
Por eso sería un error decir que Estados Unidos está quedando solo en un sentido absoluto. No está solo en comercio, ni en poder militar, ni en capacidad de presión. Pero sí empieza a quedar más solo en legitimidad política entre sus propios aliados. Esta semana, en la reunión del G7 en Francia, Reuters reportó que la cohesión del grupo se ha deteriorado desde el regreso de Donald Trump en 2025 y que ni siquiera se buscó ya un comunicado final amplio para evitar exhibir desacuerdos. El dato es brutal porque el G7 siempre fue, precisamente, el escenario del consenso occidental. Si ahora hay que recortar el comunicado para que no estalle la foto, entonces el problema no es táctico, es estructural.
El desacoplamiento político se ve todavía más claro fuera del comercio. En la crisis con Irán, varios gobiernos europeos rechazaron involucrarse directamente en la operación promovida por Washington. Alemania dijo que no fue consultada y que no veía un plan convincente. Francia afirmó que no era parte del conflicto. En el Reino Unido, una encuesta de YouGov encontró 49% de oposición a los ataques frente a 28% de apoyo. En España, un sondeo de 40db registró 68% de rechazo. En Alemania, ARD DeutschlandTrend reportó 58% de oposición. Dicho de otro modo, no solo los gobiernos europeos se alejan de Washington en ciertos expedientes: también sus opiniones públicas. Esa distancia social importa mucho porque reduce el margen de maniobra de cualquier liderazgo europeo que quisiera alinearse ciegamente con la Casa Blanca.
A eso se suma otra señal importante. Los aliados europeos y Canadá aumentaron su gasto en defensa un 20% en 2025, mientras la OTAN empuja una ruta hacia el objetivo del 5% del PIB. Durante años, Washington acusó a Europa de vivir bajo el paraguas estratégico estadounidense sin pagar suficiente. Ahora Europa empieza a gastar más, pero no necesariamente para obedecer más. Al contrario, cuanto más invierte en defensa y más internaliza los riesgos geopolíticos, más capacidad adquiere para decir no. La vieja dependencia daba influencia a Estados Unidos. La nueva autonomía relativa le quita margen.
El episodio de Groenlandia terminó de corroer la confianza. En enero, Trump amenazó con imponer aranceles adicionales de 10% a partir del 1 de febrero sobre ocho países europeos, con aumento al 25% desde el 1 de junio, hasta que Estados Unidos pudiera comprar Groenlandia. La sola idea de usar aranceles contra aliados de la OTAN para presionar por un territorio danés rompió un tabú político. Europa entendió que el comercio ya no era para Washington un espacio de reglas compartidas, sino un instrumento de coerción incluso frente a socios históricos. Esa es probablemente la clave para leer el voto de esta semana en Estrasburgo y Bruselas: Europa ya no negocia con Estados Unidos como antes, porque ya no cree que Estados Unidos actúe como antes.
Mi lectura es esta: el vínculo transatlántico no está muerto, pero sí ha entrado en una fase posromántica. Sigue habiendo cifras colosales, cadenas productivas entrelazadas, intereses comunes y una arquitectura de seguridad que nadie puede desmontar de la noche a la mañana. Pero ya no hay la vieja fe atlántica. Lo que queda es cálculo. Europa no quiere romper con Estados Unidos, porque el costo sería inmenso. Pero tampoco quiere seguir dependiendo de un socio que mezcla tarifas, presión política, amenazas territoriales y giros estratégicos repentinos. Por eso el Parlamento Europeo aprobó el acuerdo, pero con candados. Y esos candados cuentan una historia mucho más importante que el acuerdo mismo: Occidente sigue unido por necesidad, no por convicción.

