“Me gustaría llegar a un acuerdo [sobre Groenlandia] por la vía fácil, pero si no lo conseguimos, lo haremos por la vía difícil.” “Podría imponer aranceles a los países que no estén de acuerdo con Groenlandia, porque necesitamos Groenlandia para la seguridad nacional.”
Donald Trump no está desmontando el orden internacional desde fuera: lo está erosionando desde el centro. Al convertir la política exterior de Estados Unidos en un ejercicio de presión transaccional, aranceles como amenaza, seguridad como moneda de cambio, alianzas sujetas a beneficios inmediatos, su presidencia ha acelerado un proceso que ya estaba en marcha: la fragmentación del sistema internacional y la búsqueda desesperada de alternativas frente a la imprevisibilidad estadounidense.
Si bien de manera involuntaria, el presidente estadounidense está empujando a la reorganización internacional. Los países buscan nuevos aliados que den certeza para hacer negocios, diversificar economías y desprenderse de dependencias, y esto está ocurriendo más rápido de lo pensado.
¿Hacia donde se reorientan esas nuevas alianzas estratégicas?
Ya no se trata de alianzas sustentadas en valores universales ni en la promesa de un orden liberal estable, como ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial. El eje se ha desplazado hacia alianzas estratégicas justificadas en intereses económicos inmediatos y en la gestión del riesgo. Más que confianza, lo que articula hoy estas relaciones es la desconfianza: acuerdos comerciales con salvaguardas, atracción de inversiones acompañada de controles, y cooperación limitada por temores a la fuga de datos, la dependencia tecnológica o la seguridad nacional. En la práctica, es vaciar de contenido, sin desmontarlo formalmente, al orden Bretton Woods.
En este contexto, Canadá avanzó en un acuerdo parcial con China en enero de 2026; Alemania profundizó inversiones en China que superaron los 7 mil millones de euros en 2025 (un récord en los últimos cuatro años), mientras estas se desaceleraban en Estados Unidos; y el Reino Unido reactivó el vínculo político-económico con Pekín con la primera visita de un primer ministro en ocho años, acompañado por una amplia delegación empresarial.
Pero la diversificación no se limita a China. India también emerge como otro polo clave. El reciente acuerdo alcanzado entre India y la Unión Europea, que abarca cerca del 25% del PIB global, refleja una respuesta directa a la presión estadounidense: reducción drástica de aranceles, apertura de sectores estratégicos. Se aceleraron compromisos que llevaban años estancados, con un impacto potencial para casi 2 mil millones de personas.
Pero ¿esto significa que ya estamos ante un orden diferente? No.
En 2025, el comercio canadiense con mercados no estadounidenses creció alrededor de 13%, mientras que el intercambio con Estados Unidos cayó entre 4 y 5%. Sin embargo, este último sigue representando cerca del 68% de sus exportaciones totales. Algo similar ocurre en Alemania: pese a la diversificación, las inversiones alemanas en Estados Unidos continúan superando los 10 mil millones de euros anuales.
El cambio no será inmediato. Pero los datos muestran que ya está en marcha y avanzando a un ritmo acelerado: visitas diplomáticas en semanas, acuerdos cerrados en los últimos meses.
Una encuesta global del European Council on Foreign Relations (ECFR) y la Universidad de Oxford (enero de 2026) revela que, en la mayoría de los 21 países encuestados, se espera que China gane influencia global en la próxima década, mientras Estados Unidos pierde credibilidad como socio confiable. En Europa, apenas el 16% considera hoy a Washington un aliado fiable.
Restaurar el mundo previo será imposible. Las nuevas alianzas se están formando bajo una lógica distinta y el sistema internacional avanza hacia una fragmentación sin precedentes. Nos encaminamos a un orden donde la democracia y los valores liberales ya no estructuran las alianzas, sino que quedan subordinados al cálculo económico y a la búsqueda de certidumbre que Estados Unidos ya no es capaz de garantizar. China, ideológicamente distante de países como Canadá o Alemania, emerge -¡vaya paradoja!- como “garante de certidumbre” comercial frente a un antiguo aliado que hoy se comporta como adversario e incluso, como un potencial nuevo enemigo.
Ese pragmatismo, sin embargo, puede tener costos concretos: dependencia tecnológica, vulnerabilidad regulatoria, erosión de estándares democráticos y, a largo plazo una pérdida real de autonomía y libertades
X: @solange_

