“Me entristece profundamente que los acontecimientos de los últimos días hayan tensado tanto las relaciones entre nuestros países”, escribía el entonces Primer Ministro Británico Anthony Eden a Dwight Eisenhower, presidente de Estados Unidos. Era 1956 y la OTAN vivía su primera crisis desde su fundación. La llamada Crisis de Suez puso en jaque a la Alianza Atlántica cuando dos miembros fundadores clave (Reino Unido y Francia) actuaron militarmente de forma unilateral contra Egipto en una operación sin consultar ni informar al resto de los miembros. La respuesta estadounidense fue contundente y terminó en una salida humillante para los dos países Europeos.
Esa fue la primera de diversas crisis que ha vivido la alianza durante su historia. Y después de todas ellas la OTAN ha sobrevivido. Sobrevivió a la crisis de Suez, a la retirada de Francia de la estructura militar con De Gaulle en 1966, a la fractura de Irak en 2003. Siempre se recompuso. ¿Por qué?
Porque todas esas crisis compartían una estructura: eran desacuerdos internos sobre qué hacer frente a una amenaza externa. Las desavenencias nunca llegaron al grado de cuestionar que la alianza servía para la defensa conjunta frente a la URSS primero y a Rusia después.
Sin embargo, lo que ocurre hoy al interior de la OTAN es distinto y sobrepasa el desacuerdo táctico. En poco más de un mes de guerra en Irán, Trump ha arremetido contra los aliados europeos hasta un punto sin precedentes. Los ha llamado "cobardes" y ha dicho que la Alianza es un "tigre de papel". Les ha dicho que vayan a buscar su propio petróleo y ha amenazado con retirar a Estados Unidos. Apenas ayer por la noche, en un mensaje a la nación, volvía a poner a sus aliados contra las cuerdas buscando forzarlos a hacerse cargo del Estrecho de Ormuz. El mismo Estrecho que se cerró de facto como consecuencia de una guerra que Washington inició sin consultarles y a pesar de que el cierre era una posibilidad largamente prevista. Una crisis autogenerada donde la Casa Blanca exige a la OTAN actuar. No negocia, humilla. No escucha. Extorsiona.
Los aliados, mientras tanto, ya actúan como si Estados Unidos no estuviera en la mesa: esta semana Reino Unido convocó a 35 países, sin Washington, para buscar formas de reabrir el Estrecho.
Reabrir Ormuz no será sencillo. Irán ha confirmado algo que antes solamente intuía: que puede controlar el Estrecho y extorsionar a Occidente y no dejará ese poder fácilmente. Trump está atrapado con pocas posibilidades de salir bien librado. Abandonar a sus aliados parecía la última opción, la más desesperada, y la que más consecuencias tiene para el futuro de la Alianza porque pone de manifiesto algo que ya intuíamos: la principal amenaza que hoy enfrenta la OTAN es interna.
La OTAN se creó, como dijo Lord Ismay, su primer secretario general “para mantener a los rusos fuera y a los americanos dentro.” Nadie imaginó entonces que el peligro vendría de adentro. ¿Qué sentido tiene una alianza de defensa colectiva cuando el enemigo está en casa? El artículo 5 del Tratado Atlántico asume una amenaza externa; no hay mecanismo para cuando la fuente del riesgo lleva la bandera de las barras y las estrellas.
Esto no significa que la OTAN esté muerta; no lo sabremos hasta que alguien invoque el Artículo 5. Pero sí significa que enfrenta, por primera vez, una crisis para la que no fue diseñada. En 1956, Eden escribía 'es un gran dolor para mí' cuando la relación con un aliado se acababa de tensar. En 2026, el presidente de Estados Unidos les dice a sus aliados que vayan a buscar su propio petróleo y los llama cobardes. La distancia entre esas dos frases es la distancia que hoy separa a los aliados de los enemigos. Y al igual que Francia después de la Crisis de Suez concluyó que necesitaba su propia bomba, Europa hoy tendrá que concluir algo más profundo: que necesita su propia arquitectura de seguridad. No porque EU se vaya, sino porque quedarse a su lado puede ser más peligroso.
X: @solange_
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