En cuestión de horas, un desacuerdo menor escaló hasta convertirse en un conflicto diplomático entre aliados estratégicos. No hubo una crisis de seguridad, ni una decisión económica de alto impacto, tampoco una divergencia estructural sobre la guerra en Ucrania. El detonante fue otro: la negativa a respaldar una iniciativa para promover a Donald Trump como candidato al Premio Nobel de la Paz.
El episodio entre el speaker del Sejm (parlamento) polaco, Wlodzimierz Czarzasty y el embajador de Estados Unidos en Varsovia, Tom Rose, revela algo más profundo que una simple fricción bilateral. Expone una transformación preocupante en la manera en que Washington gestiona sus relaciones exteriores, una diplomacia crecientemente personalista, reactiva y desprovista de filtros institucionales.
Que un embajador anuncie públicamente la suspensión de contactos con un representante electo de un país aliado por una diferencia simbólica, no estratégica, no es un gesto menor, es una ruptura con las normas básicas del trato entre Estados soberanos. Los aliados no eligen a sus interlocutores en función de simpatías personales ni condicionan el diálogo por posicionamientos políticos porque hacerlo equivale a cruzar una línea que erosiona la confianza mutua.
La reacción polaca fue proporcional a la gravedad del gesto. El primer ministro Donald Tusk respondió con una postura institucional, recordando que las alianzas se sostienen en el respeto, no en amonestaciones públicas. La intención claramente era desescalar y devolver el conflicto al terreno diplomático.
Lo que siguió no fue una desescalada, sino la confirmación del problema. En lugar de recoger el tono institucional del primer ministro Donald Tusk, el embajador estadounidense respondió elevando el conflicto: personalizó el desacuerdo, desacreditó al speaker del Sejm y dejó claro que la relación diplomática quedaba supeditada a la defensa irrestricta de Donald Trump. La respuesta de Roman Giertych, ex viceprimer ministro y hoy diputado opositor, añadió otra capa de complejidad. Giertych comparó a Trump con Nerón situando su exigencia de apoyo al Nobel con exigencia de reconocimiento público y vanidad personal. Un síntoma de decadencia del poder.
Este tipo de episodios son muestra de la lógica que Trump ha promovido desde hace años: la confusión entre lealtad personal y alianzas estratégicas, la reducción de la política exterior a relaciones de afinidad, y su tendencia a interpretar cualquier disenso como deslealtad.
El costo ya es medible. Según el índice más reciente de Reputation Lab, la reputación internacional de Estados Unidos cayó de manera significativa entre 2024 y 2025, pasando del lugar 30 al 49 entre las 60 principales economías del mundo. No se trata de una encuesta tradicional de opinión pública, sino de un indicador agregado que mide cómo se percibe a un país en el ecosistema global de información, medios y discurso público. Como tal, captura algo esencial: la pérdida de previsibilidad, profesionalismo y coherencia institucional.
El caso polaco en particular resulta particularmente revelador. Durante décadas, Polonia ha sido uno de los países europeos con mayor respaldo hacia Estados Unidos, tanto por razones históricas como de seguridad. Sin embargo, encuestas comparativas recientes muestran una caída marcada en la opinión favorable y, sobre todo, en la confianza hacia el liderazgo estadounidense. El apoyo no ha desaparecido aún, pero se ha vuelto más condicional y más escéptico.
Que esta erosión ocurra con un aliado clave del flanco oriental de la OTAN no es irrelevante, Polonia es pilar en la arquitectura de seguridad europea. Cuando incluso ahí encontramos diferendos frente al comportamiento de Washington, el problema parece ya estructural.
Estados Unidos está perdiendo la batalla de la confianza, justo cuando su estrategia de seguridad depende de ella para coordinar alianzas. Sin embargo, su política exterior actúa como si la reputación fuera inagotable y la credibilidad, prescindible.
La reputación no se pierde de golpe. Se desgasta por la acumulación de episodios evitables: decisiones impulsivas, diplomacia improvisada y la incapacidad de distinguir entre el interés nacional y la validación personal. El diferendo en Polonia no es una anécdota. Es un síntoma.
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