La reforma electoral y el INE

Solange Márquez

Las elecciones son la base de la democracia. El primer paso para avanzar rumbo a una sociedad libre, más justa y equitativa. Son el mecanismo por excelencia para que los ciudadanos puedan participar en la toma de decisiones. Contar con elecciones libres, donde se garantizara el derecho político de votar y ser votado, en que se respetara la universalidad y secrecía del voto es hoy una realidad en la mayor parte de los países del mundo. 

No siempre fue así. Lo que hoy damos por sentado fue la lucha de décadas de muchos hombres y mujeres. Procesos electorales equitativos, plurales, justos y transparentes fueron un sueño para construir democracias sanas. Para alcanzarlo es indispensable contar con instituciones electorales independientes, creíbles y profesionales. 

El desarrollo institucional y autonomía de los cuerpos electorales es un proceso largo y que requiere recursos humanos y económicos para consolidarse. Países como Australia tienen una larga historia de profesionalización e independencia partidista construida gracias a la voluntad de los tomadores de decisiones y al empuje de la sociedad. 

La determinación de la autonomía de los organismos electorales ha sido de vital importancia para garantizar los procesos de transición democrática. México no fue la excepción. Por décadas, la sociedad y los partidos políticos de oposición mantuvieron entre sus demandas de liberalización política el contar con una autoridad electoral independiente del Poder Ejecutivo para garantizar con ello que no se plegara a sus órdenes como sucedía con la antigua Comisión Federal Electoral inserta en la Secretaría de Gobernación

Décadas tuvieron que pasar para que los mexicanos pudiéramos contar con una autoridad autónoma, con presupuesto propio y capacidad suficiente para organizar elecciones libres cuyo resultado fuera respetado por todos. Décadas para contar con una lista confiable de electores, que pugnara por una arena pareja para todos los partidos y candidatos contendientes. Décadas para evitar que el poder presidencial, que en México suele ser exacerbado, pudiera meter las manos y manipular a su antojo los procesos electorales. 

El signo más inequívoco de la transparencia, integridad y credibilidad de nuestro actual Instituto Nacional Electoral, INE es, a todas luces, el resultado del 2018. Es por tanto, censurable (aunque no inesperada) la propuesta del presidente López Obrador, para desmantelar al INE. Una idea que ha llamado la atención incluso en medios internacionales que reconocen al INE como “una de las instituciones más confiables en el país”. 

La continua pelea, agresiones y difamación a la que el presidente ha sometido al INE. Su animadversión contra los Consejeros Lorenzo Córdova y Ciro Murayama tienen más que ver con su “estilo personal” de mandar. Al presidente le gusta ser obedecido y lo órganos constitucionales autónomos, por su propia naturaleza, no obedecen al Presidente. Su función es hacer lo que está establecido en la Constitución. 

Recordemos que en abril del próximo año, en un año previo al proceso electoral presidencial, los dos consejeros mencionados (y otros dos más) terminarán su periodo dejando en las manos de la Cámara de Diputados, el nombramiento de sus sucesores. La legitimidad del INE parece estorbarle al presidente y de ahí su intención de desmantelarlo. Por supuesto es claro que son prácticamente nulas las posibilidades de aprobación de una reforma constitucional como la presentada. Eso el Presidente lo sabe, sin embargo, es una forma más para seguir desgastando al INE y seguir desgastando la figura de los consejeros. ¿Impactará esto en las elecciones del 2024? 

 

Twitter: @solange_

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