La destrucción de la democracia empieza en lo electoral

Solange Márquez

Ganar el poder es el objetivo principal de la política; garantizar un poder controlado, es decir, uno que no pueda ejercerse violando los derechos de los ciudadanos, con límites y que obligue a rendir cuentas, es el objetivo de la democracia. Para alcanzar un Estado democrático es indispensable tener elecciones confiables, creíbles, que permitan una arena pareja para todos los contendientes y la posibilidad de alternar el poder.

Por supuesto, las elecciones son sólo un primer elemento para alcanzar un Estado Democrático. La historia nos ha demostrado que los regímenes autocráticos se han servido de las elecciones también para reforzar su poder y encumbrarse aún más en este, la diferencia es que los autócratas suelen incidir en las elecciones para alterar los procesos y modificar los resultados en su favor. 

El único freno que tienen es precisamente la posibilidad real de perder el poder y para ello se requieren dos elementos sumamente valiosos: un órgano independiente que organice las elecciones y partidos políticos opositores capaces de ganarse la confianza ciudadana al presentar propuestas claras y viables. 

Es por ello que el primer paso para desmantelar las democracias suele ser atentar contra el órgano que organiza las elecciones. La cooptación de ese órgano suele ser vista por el grupo ahora en el poder como una garantía para mantenerse ahí bajo el argumento popular de que se requiere más tiempo de SU proyecto para poder dar resultados visibles, que desmantelar el régimen anterior no es posible en un sólo periodo y que para ello se necesita más y que ellos no son iguales a los otros y esa simple aclaración basta para justificar el atropello a las instituciones electorales. 

El caso de Hungría es un ejemplo de la forma en que los regímenes autocráticos empiezan socavando el marco legal electoral y afectando con ello la pluralidad política en beneficio de su propio grupo o partido político. Dicho marco fue modificado justo antes de las elecciones parlamentarias de 2014 permitiéndole a su partido político contar con una supermayoría (2/3 del total) en el Parlamento contando con sólo el 45% de los votos y repetir los resultados cuatro años después en 2018. 

Desde el gobierno y el partido de Orbán se ha pugnado por la existencia de nuevos partidos políticos alimentados por el propio régimen, partidos satélites encargados de dividir el voto anti-gobierno. Los informes de observadores internacionales concluyeron que los verdaderos partidos de oposición nunca tuvieron oportunidades reales de ganar.  La democracia en Hungría parece ahora estar perdida y todo ha empezado en lo electoral. 

El caso de Hungría, como el de muchos otros regímenes autocráticos pone de relieve la trascendencia que tiene el sistema electoral y, conociendo los antecedentes de México, me atrevería a afirmar que nuestro punto a la vez más fuerte y también más débil es quién organiza la elección. 

Criticar a la democracia es válido ¡faltaba más! Pero criticar a la democracia DESDE la democracia es sencillo. Criticar a la democracia desde la autocracia se convierte en un sinsentido. Hoy por hoy, en nuestro país parece que algunos intelectuales han descubierto que la democracia no se agota en lo político, que la democracia es un sistema que debe o debería garantizar no únicamente los derechos individuales y políticos sino con mayor razón, los derechos sociales y económicos. 

Nuestro país tiene una democracia débil, de eso no hay duda, sustentada sobre puntales electorales que la hacen presa de los vaivenes políticos. Sin embargo, si queremos que evolucione de una democracia electoral hacia una democracia social debemos proteger lo que tenemos. El INE es el primer paso para sostenerla o para perderla. Sin democracia electoral no hay OTRA democracia posible.

Twitter: @solange_   

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