La ofensiva coordinada de Estados Unidos e Israel contra Irán no es una repetición del ciclo de escaladas anteriores. Esta vez, los blancos no fueron únicamente instalaciones nucleares, sino nodos de poder del régimen: complejos de liderazgo, centros de inteligencia y zonas vinculadas al círculo del ayatolá Ali Khamenei. El mensaje fue inequívoco: ya no se trata solo de disuasión o de contener el programa nuclear, sino de presionar la arquitectura misma del poder iraní. En Teherán, esa señal se traduce en una lectura existencial. Y cuando un régimen percibe que su continuidad está en juego, la lógica cambia: deja de administrar riesgos y comienza a regionalizarlos.

La respuesta iraní (misiles contra bases estadounidenses en Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Bahréin) confirma esa lógica. No se trata más de algo simbólico sino de expandir el conflicto a toda la región. El estrecho de Ormuz vuelve a convertirse en el punto neurálgico del sistema energético global: por ahí transita la totalidad del gas natural licuado de Qatar y buena parte del crudo del Golfo. Cualquier disrupción impactaría de inmediato en los precios internacionales. La incógnita de fondo es si Irán estará dispuesto a confrontarse con China al poner en riesgo el Estrecho pues recordemos que China es quien le compra buena parte de su crudo. Sin embargo, si no un cierre del estrecho, las Guardias Revolucionarias siguen teniendo la capacidad de llevar a cabo ataques breves que puedan disminuir el tránsito. Esto impactaría los precios internacionalmente. Desde Washington se ha enmarcado esto también como una posibilidad para abrir el régimen ante lo que ha sido la peor represión civil en años en Irán. Sin embargo, los resultados de esto aún están por verse.

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios