"Iraníes, tomen el control de su gobierno”. Con esa frase, Donald Trump anunció el inicio de operaciones militares contra Irán el pasado sábado. No era abiertamente una declaración de guerra. Era una invitación (o quizá más bien una ilusión) de que bastaba con decapitar al régimen islámico para que la oposición tomara las riendas. La realidad está resultando más complicada.

Lo que ha seguido en estos días ha dejado en evidencia que Washington subestimó dos cosas: la capacidad de Irán para responder y sostenerse, y la de la oposición para llenar el vacío. Las Guardias Revolucionarias (IRGC) golpearon simultáneamente cuatro bases militares estadounidenses en el Golfo. Sin nada que perder, a diferencia de los enfrentamientos de julio pasado, el régimen, lejos de desmoronarse, activó su lógica de supervivencia. El propio Trump admitió estar sorprendido por la magnitud de la respuesta iraní.

Esa lógica lo explica todo. Cuando un régimen autocrático percibe que su existencia está en juego, la contención se vuelve secundaria. No se responde para negociar sino para sobrevivir. Por eso regionalizó deliberadamente el conflicto atacando, como continúa haciéndolo, a los países del Golfo (Kuwait, Emiratos Árabes, Arabia Saudí, Bahrein): para elevar el costo político y económico de la guerra para Washington, para sus aliados del Golfo, para los mercados globales. Esa es precisamente la estrategia.

El Estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial, es el punto de presión más sensible. El año pasado el parlamento iraní aprobó una moción para cerrarlo, pero entonces la lógica era otra. El Consejo Supremo de Seguridad Nacional no la activó. Ahora la escalada es categorialmente distinta. Cualquier interferencia sostenida en esa ruta no solo dispararía los precios del crudo: sacudiría cadenas de suministro globales y reverberaría en mercados muy lejos de Oriente Medio. Eso buscaban y eso están logrando.

A ello se suma un reloj político que corre en contra de Trump. Faltan ocho meses para las elecciones intermedias, su popularidad está en declive y la guerra es impopular incluso entre sectores de su propia base MAGA. Una ocupación prolongada o un Irán en caos serían, electoralmente, un desastre. Eso acota el margen de maniobra de la administración más de lo que Washington desea reconocer en público.

La apuesta opositora, mientras tanto, luce frágil. Reza Pahlavi, hijo del último Sha y figura más visible del exilio iraní, carga con un apellido que para muchos iraníes evoca represión, no liberación: su padre masacró a los kurdos durante su reinado. Las conversaciones que mantuvo hace apenas semanas con líderes kurdos para explorar una alianza terminaron en recriminaciones mutuas: ellos buscan autonomía regional; él defiende la integridad territorial del país. Entre ellos no hay visión compartida del futuro. La CIA, por su parte, apuesta por armar a las fuerzas kurdas con la esperanza de inspirar un levantamiento popular, una estrategia que recuerda episodios donde los kurdos fueron utilizados como instrumento geopolítico y luego abandonados.

Hay un segundo escenario que Washington no ha descartado, aunque tampoco lo enuncia. El cambio puede venir desde dentro del propio régimen. La apuesta sería fracturar al IRGC lo suficiente para que el Artesh, el ejército convencional, más secular y nacionalista, gane peso en la toma de decisiones. No sería la primera vez: en Venezuela, Trump presionó al régimen de Maduro mientras tendía puentes discretos hacia sectores del aparato dispuestos a negociar. El resultado no fue democracia, pero sí un interlocutor más manejable. Una transición administrada y un nuevo gobierno favorable a la Casa Blanca.

Irán, sin embargo, no es Venezuela. La designación de Mojtaba Khamenei, hijo del fallecido Alí Khamenei, como nuevo Líder Supremo es la señal más elocuente de que el IRGC no está dispuesto a ceder el control. Impulsado por la propia Guardia Revolucionaria, Mojtaba representa continuidad dinástica e ideológica, de línea incluso más dura que su padre. Lejos de fracturarse en el momento más crítico, las Guardias mandan un mensaje de consolidación. El IRGC lleva décadas construyendo un imperio económico y político: energía, telecomunicaciones, seguridad interna, que el Artesh no tiene posibilidades de reemplazar. La brecha entre ambas instituciones no aparenta poder cerrarse con bombardeos.

Quizá por eso la Casa Blanca dejó de hablar de cambio de régimen como objetivo explícito. Con todo, la paradoja persiste: la degradación de un régimen autoritario puede abrir espacios de movilización democrática. La sociedad iraní ha protestado repetidamente, y esa presión acumulada no desaparece. Y sin embargo, la historia advierte que el colapso no produce automáticamente transición democrática pues con frecuencia el régimen se fragmenta, o se cae en un vacío que llenan quienes ya tienen las armas y la organización. No la oposición en el exilio.

El futuro de Irán está lejos de estar escrito. No queda claro qué tipo de cambio está dispuesto a aceptar Trump como suficiente y al mismo tiempo qué tipo de cambio están dispuestos los iraníes a asumir a su vez. ¿Un Irán sin teocracia pero gobernado por militares que negocian con Washington? ¿Sería eso un éxito? La respuesta depende de para quién. Para la geopolítica estadounidense, quizá. Para los iraníes que llevan años protestando en las calles, probablemente no.

X: @solange_

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