El país de ensueño del Presidente

SOLANGE MARQUEZ
Nación 02/12/2021 04:02 Actualizada 05:53
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El discurso fue el mismo que el que dicta cada mañana desde Palacio Nacional. Un informe de lo bien que lo ha hecho su gobierno, de todo lo que supuestamente se ha avanzado.

Y en aquello en lo que no hay avances, por supuesto la culpa sigue siendo de los gobiernos anteriores, del neoliberalismo perverso que, supuestamente ya se fue, pero que tres años después, según sus dichos, sigue siendo el responsable de la inflación desbordada, de los malos resultados en la gestión de la pandemia o de la caída económica.

Pensiones, becas para todos, dinero para aventar a todo el que quiera seguir apoyando al Presidente porque es una estrategia probada para mantener el apoyo ciudadano a su proyecto.

Así lo reconoció él mismo al señalar que “atender a los más pobres es ir a la segura para contar con el apoyo de muchos, de millones”. Así también se refleja en el apoyo y respaldo del que sigue gozando en las encuestas que lo ubican por encima del 65% de aprobación y que piensan que se ha disminuido la inseguridad y se ha abatido la pobreza.

Pero los datos no respaldan esa creencia. En tres años de gobierno México rebasa los noventa y siete mil homicidios dolosos y casi tres mil feminicidios.

En el día del Presidente hubo dos autos bomba en Hidalgo y apenas hace una semana, veíamos con horror las escenas de colgados en puentes de Zacatecas. Pero estos hechos no hacen mella en el discurso propagandista. La retórica de la lucha contra la corrupción y el discurso fácil del “Primero los pobres” sigue casi tan vigente como en la campaña de 2018, cuando tantos y tantos creyeron que López Obrador salvaría a México, desmilitarizaría las calles, acabaría con la desigualdad y mejoraría al país.

Nada de eso ha ocurrido, por el contrario, la corrupción y la opacidad han permeado a tal grado el gobierno, que incluso la información que antes debía ser pública hoy aparece reservada o simplemente no aparece en los portales oficiales.

La presencia del ejército en diversas áreas y cargos de las dependencias del gobierno federal que debían ser ocupadas por civiles sumado a los convenios para transferir facultades -y presupuesto- a las fuerzas armadas, dan cuenta de un proceso, lento y silencioso pero seguro de militarización.

Militarización que, por supuesto el presidente negó el día de ayer, cuando aprovechó su día para defender a las fuerzas armadas a las que él mismo ha puesto en la palestra al entregarles parte de la administración pública y proyectos vitales de su gestión. “Las fuerzas armadas -aseguró- surgen del pueblo. Los soldados son pueblo uniformado”.

En un evento masivo que deslució por la evidente presencia de personas acarreadas (mismas playeras, mismas gorras y estandartes), el Presidente demostró que sabe comunicar, aún cuando lo que comunique sean mentiras, datos que sólo existen en el discurso pero no se demuestran en los hechos.

Un discurso, que si bien  en el que se posición de izquierda pero alabó la austeridad, la recaudación de impuestos, la recuperación de valores espirituales y el Tratado de Libre Comercio. Un discurso simplón, repetitivo que pinta un país que sólo existe en sus sueños.
 

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