Cuatro años después de la invasión rusa, Ucrania está agotada, pero no dispuesta a rendirse. En Kiev, estos años se han contado en sacrificios: ciudades arrasadas, generaciones enteras exiliadas, noches bajo alerta aérea. En varias capitales europeas, en cambio, el desgaste ha adoptado otras formas: presupuestos ajustados, narrativas electorales, una opinión pública menos paciente y una atención mediática que ya no es constante. Esa diferencia define la entrada al quinto año de guerra.

Una encuesta del Kyiv International Institute of Sociology de enero pasado, muestra que el 65% de los ucranianos continúa dispuesto a resistir “el tiempo que sea necesario”, incluso cuando solo el 21% cree que la guerra terminará en los próximos meses. La expectativa de un desenlace cercano ha disminuido, pero la disposición a continuar defendiéndose no. Frente a la posibilidad de concesiones territoriales a Rusia, el 52% rechaza ceder el Donbás incluso con garantías de seguridad.

En Europa, también hay señales de desgaste. Encuestas de YouGov realizadas entre 2024 y 2026 en seis países (Reino Unido, Dinamarca, Francia, Alemania, Italia y España) muestran caídas en el respaldo a la idea de apoyar a Ucrania “hasta la victoria” y un aumento en la preferencia por una salida negociada, incluso si implica concesiones territoriales. En Italia, esa opción pasó del 45% al 56% en un año; en España, del 38% al 46%; en Francia, del 35% al 43%; y en Alemania, del 38% al 45%. El apoyo a Kiev no ha desaparecido; lo que ha cambiado es el horizonte para los europeos: menos énfasis en la victoria total, mayor inclinación hacia un cierre.

Ese desplazamiento tiene implicaciones estratégicas. En las democracias, las guerras largas compiten con elecciones, inflación, crisis energéticas y otros conflictos internacionales. La guerra en Ucrania dejó de ser novedad y se convirtió en una condición prolongada y cuando eso ocurre el desafío político es cómo sostener el interés y el apoyo no ya en los términos actuales sino con intensidad suficiente como para alterar el curso de la guerra.

Aquí se abre una asimetría. Para Ucrania, el tiempo sigue siendo una cuestión supervivencia estatal, mientras que para parte de Europa, el tiempo comienza a traducirse en costo político acumulado. En cualquier negociación, los gobiernos calibran el margen que les concede su opinión pública. Ese margen parece estarse estrechando en algunos de los países que financian y arman a Kiev.

Una muestra. Las conversaciones de paz presionan más a Kiev que a Moscú; las sanciones pierden fuerza en la práctica; la ayuda militar se vuelve más condicionada. Vladimir Putin ha apostado por una guerra de desgaste. No necesita una victoria espectacular, le basta con que la cohesión occidental se erosione gradualmente y que la preferencia por un cierre (incluso imperfecto) gane terreno. Si la brecha entre la determinación ucraniana y la paciencia europea se amplía, Moscú obtiene margen sin necesidad de avances decisivos.

El martes, en su discurso sobre el Estado de la Unión, Donald Trump dedicó apenas unos segundos a Ucrania: “Estamos trabajando muy duro para poner fin a […] la matanza y el genocidio entre Rusia y Ucrania, donde mueren 25 mil soldados cada mes. Una guerra que nunca habría ocurrido si yo fuera presidente.” Veinte segundos que reducen cuatro años de agresión a una cifra mensual y a un reclamo personal y que son muestra del cambio de tono.

Cuatro años después, el reto para los líderes europeos no es solo militar. Es político. Mantener el apoyo a Kiev en una guerra larga exige algo más que sanciones y envíos de armas: exige narrativa, claridad estratégica y constancia. Si el respaldo se diluye, el impacto no será únicamente ucraniano. Será también europeo y trasatlántico.

X: @solange_

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