La acción militar unilateral de Estados Unidos en Venezuela constituye no solo una violación al derecho internacional, sino una realidad en la que el orden público internacional, el multilateralismo y la paz global ceden ante la fuerza militar. La prevalencia de la razón armada es una derrota de la institucionalidad creada tras la Segunda Guerra Mundial para que fuera el orden jurídico y no el poder el que rigiera las relaciones entre Estados.

La preocupación y alerta por la inobservancia del derecho internacional no supone desconocer la realidad política y la crisis interna en Venezuela. El debate debe superar el maniqueísmo de un régimen malo y una invasión buena para centrarse en la inquietud de aceptar que el poder militar concentre funciones, acuse, juzgue y tenga el monopolio de las decisiones internacionales mediante la fuerza.

Los impulsores de las Naciones Unidas, entre quienes se encuentran buena parte de las potencias militares, defendieron en su momento la necesidad de un orden jurídico que evitara a la humanidad caer de nuevo en los “sufrimientos indecibles” de la guerra. Por ello, la Carta de las Naciones Unidas recuperó los principios de las relaciones internacionales desarrollados desde el siglo XIX, reconoció la igualdad soberana de los Estados, el arreglo pacífico de las controversias y la no intervención, junto a la prohibición del uso de la fuerza en las relaciones internacionales como una norma fundamental del derecho internacional.

Immanuel Kant planteó un orden jurídico internacional que consiguiera poner fin a las guerras mediante la razón, la libertad, la igualdad ante la ley, el límite a los poderes al interior de los estados y la garantía de justicia, así como la paz en las relaciones internacionales a través de un conjunto de normas jurídicas e instituciones internacionales, bajo la premisa de que la paz en una decisión racional que se construye al observar los tratados internacionales y eliminar los ejércitos permanentes.

Lamentablemente, el horizonte de un orden jurídico internacional se degrada con el silencio conveniente de los Estados ante las invasiones militares, los genocidios y las campañas de descrédito de instancias como la Corte Penal Internacional o los organismos internacionales de derechos humanos. El multilateralismo cede cuando se anteponen los intereses económicos y asimétricos de los países. El orden internacional debe mejorar y refundarse, pero es preferible contar con él a ver un mundo en el que la capacidad militar determine el futuro de la humanidad.

Hoy se acusa a un gobierno y sus dirigentes desde un fraude electoral hasta narcotráfico, y terrorismo. Esto es instrumentalizar argumentos para justificar las intervenciones armadas. Mañana serán, en palabras de Eduardo Galeano, la seguridad internacional, la democracia, el orden o el mundo libre. En el caso de México, la carta del narcotráfico, que es un problema existente, puede ser empleada para justificar una intervención militar.

El debilitamiento del derecho internacional abre las puertas a un futuro arbitrario basado en la fuerza y la violencia irracional. También implica el resurgimiento de expresiones de neocolonialismo e imperialismo para someter la soberanía e integridad territorial a los intereses geoestratégicos. El mundo asiste a horas críticas en que la prevalencia del poderío militar afianza un orden unilateral. Frente a ello, resulta imperativo la defensa del derecho internacional, aceptando sus límites y deficiencias, para evitar una distopía bélica y opresiva en el que la ley del más fuerte sea el paradigma de civilización.

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