Muera la inteligencia o El tiro de la desgracia

Sergio García Ramírez

Un caudillo del fascismo proclamó una divisa que recogería la historia: “Muera la inteligencia. Viva la muerte”. Así exaltó el poder de la violencia y excluyó la virtud del talento. Aquélla vence, pero no convence, dijo Unamuno. En efecto, la inteligencia entró en receso. Debemos precavernos frente a este peligro, que acecha. Manifiesto o encubierto.

Asocio esa condena con el título de un artículo publicado en EL UNIVERSAL (29 de mayo de 2020). Reproduce la expresión de un investigador del Cinvestav sobre ciertas medidas recientes. Las califica como “tiro de gracia” contra la ciencia. Aquí reelaboré aquella frase. El tiro de gracia con el que se consuma la muerte de un herido, pretende ahorrar a éste el sufrimiento de la agonía. Pero el disparo de hoy prolonga la agonía hasta eliminar al herido. Por eso es un “tiro de la desgracia”.

Hemos presenciado acciones insidiosas o frontales contra la ciencia y la cultura. Son el objetivo de una extraña predilección demoledora. Comprendo que alguien sienta antipatía por los artistas y los científicos. Todos tenemos el derecho de elegir en qué compañía marchamos y qué banderas enarbolamos. Nadie está obligado a profesar aprecio por la ciencia y la cultura, si las mira con horror instintivo, porque le son ajenas. Pero quien forja el futuro no puede incurrir en ese desacierto. Sus  fobias personales deben quedar a un lado.

Enhorabuena que se combata el delito, se grave la opulencia, se condene la frivolidad y la rapiña. Pero enhoramala que se agravie a la ciencia y a la cultura, garantías de la identidad y el porvenir del pueblo. El buen gobierno debe ejercer un mecenazgo eficaz para que prosperen la verdad y la belleza. De éstas  —no de arremetidas devastadoras—  dependen la grandeza de la sociedad y la libertad de los ciudadanos. Consta en el plan de gobernantes de todos los tiempos, para bien de sus pueblos, o para gloria de ellos mismos.
En México se está desalentando —salvo que se demuestre lo contrario, ocultando el sol con un dedo— la marcha de la ciencia y la cultura. Así se agrede al pueblo. No me refiero a la entrega de privilegios a  cofradías de afortunados a los que favorece la bonanza de sus mayores. Aludo al gran pueblo cuyo destino depende de aquellos medios de progreso. Hay botones de muestra en el escenario del asedio. Éste invoca propósitos aparentemente razonables, que pronto descarrilan y desembocan en acuerdos descabellados. Se pretende corregir algunos males provocando otros más graves. Se combate a las llamas aisladas con incendios generalizados que convertirán el campo en un desierto.

Un ejemplo es el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), que tiene en su haber frutos excelentes. Conocí el quehacer de quienes se ocuparon en crear y exaltar lo que hoy se pretende disminuir o eliminar. Trinidad Martínez Tarragó, Antonio Sacristán Colás, Horacio Flores de la Peña y otros muchos, de los que es continuador Sergio López Ayllón, contribuyeron a la prominencia del CIDE, que de veras investiga y ejerce la docencia, a cambio de tantos remedos universitarios que defraudan a los jóvenes con ofertas impresionantes y productos menguados.

Hemos leído comentarios de académicos del CIDE que aportan razones para sostener las  tareas de ese Centro. Entre aquéllos figuran los del propio López Ayllón y los de investigadores como  Guillermo Cejudo, Sandra Ley y Javier Martínez Reyes (EL UNIVERSAL, 30 de mayo), Mauricio Merino refuta punto por punto los endebles argumentos oficiales para extinguir fideicomisos que apoyan tareas científicas y culturales. Intitula su artículo: “En defensa de la verdad” (EL UNIVERSAL, 1 de junio). Elocuente. Y un antiguo investigador, Alfonso Zárate, también se pronuncia “En defensa del CIDE” (EL UNIVERSAL, 4 de junio).

Otra institución acosada es el Centro de Investigación Avanzada (Cinvestav), en cuyo origen se halla Arturo Rosenblueth, eminente hombre de ciencia. De un investigador de ese centro  surgió la advertencia sobre el tiro de gracia al que me he referido. Se dispara contra la ciencia, pero el proyectil pega en el corazón de México. Mi cercanía con el Cinvestav es menor que la que he tenido con el CIDE, pero conozco su desempeño —hace algunos años bajo la conducción de Adolfo Martínez Palomo, colega en la Junta de Gobierno de la UNAM—  y su rango en la comunidad científica nacional e internacional. ¿Lo conoce el gobierno de la República?

Pregunto si es razonable —patriótico, inclusive— golpear a estos organismos, ignorando lo que esos golpes significan para el futuro de México. Para explicar el estado de sitio impuesto a instituciones de ciencia y cultura se invocan dos motivos: “austeridad republicana” y desviaciones en el desempeño de algunos investigadores. Rechacemos estos argumentos, que no legitiman la demolición de las instituciones. Es grave la situación del presupuesto nacional, aunque por lo visto no tanto que obligue a reconsiderar el dispendio en obras insignia del autoritarismo. En cuanto a la corrupción, lo que procede es identificarla, probarla y sancionarla  —caso por caso—, pero no castigar al país hundiendo la daga en el cuerpo de la ciencia y la cultura.

Hace unos días escuchamos lo que pareció ser un reproche histórico en contra de los hombres de ciencia. Se les comparó con los “científicos” del porfiriato. Quiero creer que se trató de una broma  —como otras que se propagan desde el mismo púlpito—, porque es insostenible el parangón que se propuso. Si hay dudas sobre la identidad de los antiguos heraldos del positivismo y aliados de la dictadura (¡hace más de un siglo!), en comparación con los hombres de ciencia de hoy y su misión en la República moderna, bastará una ligera lectura de la historia. No costará mucho trabajo y será reveladora.

Es necesario que quienes han dedicado su vida al servicio de la ciencia y la cultura  —y quienes pretenden hacerlo— observen estos acontecimientos, los entiendan y los señalen con objetividad, que será acritud. Si guardamos silencio, salvo ocasionales lamentos aislados en el bosque en llamas, habremos dilapidado nuestras esperanzas y alterado nuestro destino.

No he sido ni soy miembro del personal académico del CIDE, y mucho menos del Cinvestav. No defiendo mi centro de trabajo, sino el trabajo de muchos centros que militan en favor de la nación. No es posible que guardemos silencio quienes nos hallamos fuera de esos foros, pero no somos ajenos a lo que representan. Debemos levantar la voz. Si no hay rectificación pronta y suficiente, México sufrirá una pérdida irreparable.

Profesor emérito de la UNAM

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