Los adioses

Sergio García Ramírez

¿A qué viene esto en un comentario político? Viene al caso porque desde hace un año y medio hemos escuchado una música política —muy desafinada— que merecería el mismo título: los adioses. En este “desconcertante concierto”, cada adiós ha tenido sus motivos. Sin embargo, todos se unen por un hilo que cruza la partitura y agita los atriles. Las razones de los dimitentes explicaron las disonancias que quedan en nuestros oídos y los extravíos que abruman a esta sociedad atribulada.

Hay anécdotas en el mundo del arte que pueden generar invocaciones al otro lado del universo: la política. Una me viene a la mente. Joseph Haydn compuso la Sinfonía de los adioses. Esta denominación se debe a la tensión que hubo entre los miembros de su orquesta, por una parte, y el príncipe austriaco Nikolaus Esterházy, patrono de conciertos, por la otra. El príncipe retuvo a los músicos más tiempo de la cuenta y éstos resolvieron expresar su malestar al monarca. En plena ejecución abandonaron sus puestos, uno a uno. Así dijeron “adiós” al gobernante y a sus cortesanos. Por eso se habla de la Sinfonía de los adioses.

¿A qué viene esto en un comentario político? Viene al caso porque desde hace un año y medio hemos escuchado una música política —muy desafinada— que merecería el mismo título: los adioses. En este “desconcertante concierto”, cada adiós ha tenido sus motivos. Sin embargo, todos se unen por un hilo que cruza la partitura y agita los atriles. Las razones de los dimitentes explicaron las disonancias que quedan en nuestros oídos y los extravíos que abruman a esta sociedad atribulada.

El primer adiós estrepitoso ocurrió cuando el director del Instituto Mexicano del Seguro Social dejó su cargo. Nos legó una extensa renuncia que dejó constancia de la situación que guardaba el Seguro Social al momento de su salida y de la avalancha de decisiones desacertadas que la motivaron: ahorros a rajatabla y otras lindezas del “buen gobierno”. Entonces no sabíamos (supongo) que se avecinaba la pandemia. Nos halló desvalidos.

El segundo adiós tonante provino de un secretario de primerísimo nivel, que merecía la confianza de propios y extraños: el secretario de Hacienda y Crédito Público. Explicó en una nota lacónica que no aceptaba medidas económicas erróneas —es decir, puesto en mis propios términos, que “no comulgaba con ruedas de molino”— ni transigía con imposiciones de personas carentes de preparación profesional y visión de Estado. Desde entonces nos ha seguido explicando, en colaboraciones en EL UNIVERSAL, los errores de política que nos llevan a un abismo económico.

El tercer adiós se produjo hace unos días. El secretario de Comunicaciones dimitió sonoramente. Adujo su inconformidad con la militarización que se impuso —a trompa y talega— en puertos y aduanas. Este control —sostuvo, antes de abandonar el atril— corresponde naturalmente al fuero civil. No señaló en ese momento que la militarización de funciones civiles forma parte de un insólito proceso —¿un proyecto?— emprendido con tesón por el “buen gobierno”, muy consistente en este extraño rumbo.

Podría agregar otras separaciones en órganos demolidos por la ausencia de comprensión y recursos, en áreas de servicio social o atención a vulnerables. A ellas llegaron los golpes devastadores, que tendrán un alto precio en nuestro futuro inmediato. En algunos casos, las dimitentes fueron mujeres. ¿Síntoma del escaso feminismo del “buen gobierno”, manifiestamente hostil u olvidadizo frente a los legítimos movimientos de insurgencia femenina y a las apremiantes necesidades de ese sector mayoritario del pueblo?

Dejo el tema a politólogos, sociólogos y astrólogos que puedan descifrar los signos que colocaron estos hechos en nuestro firmamento político. Sólo recordaré el final que tuvo el concierto en honor del príncipe Esterházy, que hostigó a sus músicos (y quizás también a sus gobernados). Dicen los cronistas que al concluir el concierto sólo quedaron en el escenario dos personajes: Haydn y un concertino.

Desde entonces han transcurrido casi doscientos cincuenta años. ¿Por qué parece que no ha pasado el tiempo y aún desfila la procesión de los adioses en este teatro de la felicidad que disfrutamos por discurso milagroso?

En todo caso, ojalá que no nos diga adiós la esperanza, discreto ejecutante que todavía se esfuerza en algún oscuro rincón del escenario, amenazada con el retiro del asiento, la partitura y el instrumento.

Profesor emérito de la UNAM

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