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Las palabras de un presidente

Sergio García Ramírez

En el Capitolio formuló Biden su profesión de fe y su “proyecto moral de gobierno”. El mundo, con nosotros, presenció el arribo del nuevo presidente a otro capítulo de la historia. Lo escuchamos sabedores de que “las palabras de un Presidente importan”, como dijo Biden en una hora sombría. Y atrevimos ciertas comparaciones, acaso odiosas, pero necesarias. En otras páginas sostuve: “¡Qué envidia!”. Sí, mucha. ¿Por qué? Veamos.

Biden avanzó en un camino sembrado de obstáculos por su competidor, hombre iracundo y soberbio, que asumió las profundas contradicciones en el seno de la sociedad y las convirtió en bandera de gobierno. Pero Biden no naufragó. Construyó, laboriosamente, un proyecto moral de gobierno. Predicó sin violencia y con firmeza.

Durante su imperio en la Casa Blanca, Trump cultivó la ira y el odio. Fomentó el encono. Combatió la democracia. Impugnó las instituciones. Se alzó con la fuerza de su poder inmenso para dividir a sus compatriotas. Su legado es la discordia. Pasará mucho tiempo antes de que renazcan la serenidad y la paz en el ánimo de la nación. Fue eficaz la siembra de vientos que consumó el presidente defenestrado. 

Frente a la violencia desencadenada por los militantes de la ira, soliviantados desde la primera magistratura de la nación, Biden dedicó su mensaje “inaugural” a promover la unidad del pueblo que gobernará. Esa fue su convocatoria esencial. Seré Presidente —dijo— de todos los norteamericanos. No hubo denuesto ni exclusión. En una sociedad dividida, no fomentó la dispersión, sino propuso la unidad al amparo de los valores de la democracia y la libertad. Buscó iniciar, con paso seguro y conciencia serena, un nuevo capítulo en la historia de la nación. Donde el antecesor cultivó la destrucción, Biden deberá favorecer la construcción de un espíritu renovado.

El nuevo presidente reconoció las distancias que prevalecen en la sociedad, pero no dedicó una sola palabra a profundizarlas. Quiso remontar las fracturas con un discurso en el que resplandecieron la limpia convicción y la buena voluntad. Por supuesto, no es un ingenuo, recién llegado al espacio del poder. Conoce lo que le aguarda. Sabe que deberá recorrer un camino difícil. Tiene conciencia —lo supongo— de los riesgos numerosos y los problemas monumentales que habrá de sortear y resolver. 
Por ello habló como habló y convocó a quienes convocó: a todos. Llamó a partidarios y adversarios, a quienes votaron por él y a quienes sufragaron en contra. Reconoció que la condición para el éxito de su mandato radica en cerrar las heridas, no en abrirlas; en tender la mano a quienes lo acompañaron y a quienes lo enfrentaron. Lo hizo en la campaña electoral. Vale suponer que lo hará en el ejercicio de gobierno. Ha comenzado.

Biden pudo referirse a la apretada mayoría que lo ungió y a la relevante minoría que se le opuso. Pudo halagar a aquéllos y hostilizar a éstos. Pudo hacer de su autoridad formal el eje de su gobierno. Pero no lo hizo. Optó por convocar y convencer, ejerciendo la palabra con prudencia. Comprometió un proyecto moral de gobierno, cimentado en la razón. Por todo eso vale decir, heridos por el contraste entre lo que se pretende allá y lo que se consuma aquí: “¡Qué envidia!”. ¿Por qué no podemos conseguir, en este suelo y en estas horas —las únicas que tenemos—, un discurso de ese talante y un gobierno de esa condición? 

Profesor emérito de la UNAM

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