Nos llegó el agua al cuello. Ocurrió entre clamores sobre la felicidad del pueblo y el acierto de políticas que condenan culpas y prometen paraísos. Pero un buen día —o mejor dicho, uno muy malo— nos percatamos de algo que habíamos olvidado. La pandemia nos puso frente al espejo, no sólo frente al discurso. Y nos enteramos de que la realidad sí existe. Comenzó la nueva era: una inesperada transformación más allá de la 4T.

En fecha reciente dijo usted, señor presidente, que “íbamos muy bien”. Fueron sus palabras. Ya sabíamos que el pueblo estaba feliz. Rebosaba felicidad, como el agua que desborda su alegría cuando hierve en la olla. Era el fruto de aciertos acumulados en pocos meses. Pronto podremos medir esa felicidad con indicadores adecuados, que reflejarán un estado de ánimo, mitad genuino, mitad inducido. Así sabremos cómo nos va, porque en otras mediciones nos está yendo mal. Tendremos otra versión y sabremos si la realidad subjetiva de algunos coincide con la realidad objetiva de todos.

Hubo días en que pequeños grupos de votantes aprobaban a mano alzada cualquier ocurrencia. Sólo porque sí. Bastaban los fervorines emitidos por el oráculo de la nación. Un oráculo que no enfrenta obstáculos, prueba lo que dice con sólo decirlo y cala en un auditorio desprovisto de otros datos. Es un verdadero oráculo conforme a la mejor tradición helénica. Su voz llega desde arriba y gotea o desciende en cascada. ¿Qué podrían decir los feligreses? “Pues sí”. Aunque lo digan a despecho de la realidad que sí existe.

Pero no hay felicidad que dure cien años: nos alcanzó la pandemia. No se contrajo a neoliberales y conservadores empecinados. Nos agrió —o amargó, si se prefiere— la felicidad. El virus corrió la cortina y nos percatamos de que la realidad sí existe. Comenzamos a ser menos felices bajo un revés de la fortuna que está fuera de nuestra voluntad, humilla nuestra previsión y abate nuestra competencia.

En ese marco —para emplear la expresión ceremonial— miramos al pasado cercano, al presente doloroso, al porvenir incierto; es decir, volvimos a mirarnos ante el espejo y descubrimos que la realidad sí existe. Al cabo de este descubrimiento recordamos la proclama y la sonrisa, que comienza a ser nostálgica: ¡tan bien que íbamos! Pero no era así. El espejo no engaña (salvo al mal observador). Sólo refleja la realidad, que sí existe.

El espejo desarma las fantasías. Cimbra el oráculo. Éste, provisto de palabras —muy escasas— y programas y decretos —muy frondosos— se parece al que han utilizado otros gobiernos promotores de la felicidad por decreto y del progreso por discurso, haciendo de lado una enseñanza del insigne maestro Perogrullo: la realidad sí existe. De esos gobiernos hubo y hay huella profunda. Se comprende que rechacemos a Perogrullo, porque la realidad es chocante. No amaina bajo las palabras, ni se extravía en pizarrones y mañaneras, que van perdiendo amenidad. Emerge de la lámpara de Aladino y sólo se retira cuando ha cumplido su revelación. Derriba el discurso, altera la ilusión e impone la razón. Los cronistas de la realidad —meros testigos— son emisarios de malas noticias y pueden perder la cabeza, cuando se quiere negar la verdad decapitando al emisario.

Presidente: no íbamos muy bien. Desde luego, podríamos haber ido mucho peor con un ligero esfuerzo de imaginación y algunas iniciativas adicionales. O bien, podríamos haber ido algo mejor con un gran esfuerzo de lucidez y conciliación. Las cosas marchaban mal antes de que llegara el Coronavirus. La pandemia nos hizo perder en un mes quinientos mil plazas de trabajo (formal) y en breve plazo se llevará prácticamente un millón, según las cifras oficiales de este desplome espectacular. A ese millón habría que añadir, hasta llegar a números escalofriantes, los empleos del sector informal que quedaron a la deriva. Pero antes de que nos cayera ese rayo había comenzado el retraimiento de la economía y la pérdida de empleos. Esa realidad ya existía. Por ende, no íbamos tan bien.

No quiero decir y ni siquiera insinuar que se mienta al sostener que “íbamos muy bien”. Es muy fuerte la palabra “mentir”. La evito. Opto por reconocer a la más elevada fuente oficial la virtud heroica del joven Jorge Washington, que jamás profirió una mentira. Y también recuerdo la promesa de no mentir que escuchamos en la campaña electoral y en los primeros meses del nuevo gobierno. En fin, quizás el gobierno —humano, aunque parezca sobrehumano— se equivoca y construye por distracción —con unas gotitas de ignorancia y otras de encono—, un paisaje diferente del que todos observamos y una vida distinta de la que todos conocemos, es decir, un espejismo. Por error se incuba un mundo imaginario. Pero al cabo de unas horas —que pueden ser muy costosas— se desvanece la pompa de jabón bajo el viento de la realidad, que sí existe.

En conclusión, apremia que desmontemos las construcciones imaginarias, admitamos los desaciertos —aunque sea sin dramáticas confesiones, que sería mucho pretender—, cancelemos las confrontaciones y suprimamos los enconos, respetemos las diferencias y convoquemos al entendimiento, actuemos con veracidad, concertemos las fuerzas —hoy dispersas e incluso confrontadas— de los órdenes federal y local, suprimamos los ataques a la ciencia y la cultura, abandonemos proyectos y programas que agotan nuestros exiguos recursos y cuyo destino debiera ser la urgente atención de las consecuencias de la pandemia. En otros términos, urge que reconozcamos la realidad que sí existía antes de la pandemia y que hoy persiste, e iniciemos el camino hacia la que debe existir.

Quizás es mucho pedir, pero no se puede menos para hacer frente al tsunami. Se trata de la suerte de la nación, que abarca la nuestra. Y ya que inicié este artículo con la cita de una frase suya, lo concluiré con otra, también suya, de los últimos días: es de sabios cambiar de opinión. Que impere la sabiduría.

Profesor emérito de la UNAM

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