¿De qué hablar, amigo lector y atribulado ciudadano, cuando hay tanto de que hablar?. Por ejemplo, ¿de las inauditas —pero creíbles— amenazas que un grupo criminal vuelca sobre medios de comunicación, y especialmente contra una periodista que se desempeña con admirable valentía? ¿O de la pobreza que avanza, imparable, sobre millones de mexicanos, denunciada por fuentes estatales? ¿O de la tercera ola —o nueva cresta— de la pandemia, que cobra millares de vidas?

De eso podemos hablar, aunque ya lo hicieron las instancias oficiales. Se deploró el hostigamiento criminal y se ofreció adoptar medidas que pongan a salvo a víctimas potenciales, pero no se reconoció el fracaso colosal de las políticas (sic) de seguridad. Se negó el auge de la pobreza, amparando la negativa en “otros datos” que nadie conoce y que jamás se justifican. Se ensombreció la información sobre la pandemia con debates sobre el color de los semáforos y sin novedades que permitan enfrentar la marejada del Covid.

Pero también podemos hablar de lo que hablando, hablando, hablando, como es profesión y pasión, ha sostenido el Ejecutivo. Entre ráfagas que asedian a la judicatura, el funcionario llamado a promover concordia y confianza ha escrito otro capítulo, que puede ser un asalto final, en su constante arremetida contra el Poder Judicial. Y en esa misma circunstancia huracanada, el orador —comprometido, por su función, con el progreso de la ciencia— rompió lanzas contra los compatriotas que han hecho estudios superiores en el extranjero.

Dijo el primer mandatario que el Poder Judicial está “podrido” y elevó la voz en contra de ministros de la Suprema Corte y jueces en general, que se empeñan —advirtió— en conservar vicios y privilegios, a despecho de la justicia que les corresponde administrar. Los calificó, palabras más o menos, como “ortodoxos” de la ley, desatentos a los intereses del pueblo. Eso dijo —y mucho más— y quedó tan campante. Me pregunto —y pregunto a millares de funcionarios de la justicia y a millones de justiciables— si estas invectivas son tolerables; si son propias de un jefe de Estado; si son compatibles con la “decencia republicana”. Y comprendo la irritación que padecen en silencio quienes no merecen tales denuestos, pero deben soportarlos porque provienen del Olimpo del poder.

Por supuesto, es natural que en un tribunal, cuerpo colegiado, surjan diversas opiniones sobre temas comunes, y haya pugnas por prevalecer. Pero no es natural —o no debiera serlo— que desde la “oficina de al lado” se lancen proyectiles, se exacerben las diferencias y se alimenten las contiendas.

El mismo orador empuñó lanzas contra los graduados en el extranjero, acusándolos de ponerse al servicio de bajos intereses y aprender a “robar” —su palabra, no la mía— en los cursos superiores que siguieron en planteles fuera de México. Hasta citó a Harvard, por su nombre. También puedo comprender el malestar de científicos, investigadores, catedráticos, que fueron más allá de nuestras fronteras, honraron a México en el escenario internacional y lo sirven fronteras adentro.

De todo eso podemos hablar. Más aún: debemos hablar en voz alta, con abundantes razones. Mal que se amenace a periodistas. Mal que avance la pobreza. Mal que cunda la pandemia. Y no menos mal que se difame a un poder de la Unión, con expresiones totalizadoras, y a mexicanos que cometieron el “pecado” de adquirir fuera los conocimientos que luego nos beneficiarán dentro. Nuestro propio pecado sería guardar silencio.

Profesor emérito de la UNAM

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