Pese a los estragos que nos depara un mal gobierno y a las naturales contingencias que trae la vida, mayo es mes de celebraciones: Día del Trabajo, que tuvo raíz en un acontecimiento doloroso y del que desapareció el desfile encabezado por el presidente de la República; Batalla de Puebla, nuestra victoria contra un invasor, entre varios que padecimos; Día de las Madres, cálida convivencia para unos y amoroso recuerdo para otros. Y 15 de mayo, Día del Maestro. En éste concentro mi artículo, a título de memoria y homenaje. Lo es —debe serlo— para quienes nos enseñaron, orientaron, toleraron y condujeron.

Fui afortunado. Tuve profesores excelentes. Por ellos fui docente en la Facultad de Derecho de la UNAM. Evoco la primera clase que impartí bajo la mirada incisiva, curiosa, de un centenar de estudiantes. Dominé mis nervios y dije lo que pude —y pude bien— ante ese público atento. Al cabo de los minutos se elevaron las manos y comenzaron las preguntas. También comenzaron las respuestas.

Con inmensa gratitud pienso en mis maestros de entonces. Lo son todavía: circulan en mi memoria y en mi afecto, en mi pasado y mi presente. Me acompañarán al futuro. Reflexiono sobre la profesión magnífica del catedrático universitario. Bien ejercida, pone el cimiento de una alianza tácita entre el profesor y sus alumnos. Si hay madera propicia, aquél será maestro y éstos, discípulos.

Este magisterio entraña una paternidad espiritual. Debe abrir la brecha y contribuir a la formación de hombres de bien y profesionales competentes. Ha de suscitar la atención e incluso el amor de los jóvenes por la materia que el docente cultiva y ama, porque no podría transmitir un interés y un afecto que no siente.

No hay un tiempo mejor aplicado que los años dedicados, generosamente, a la enseñanza. Digo generosamente no sólo porque la retribución económica del profesor suele ser casi simbólica, sino porque el maestro genuino despliega ante los alumnos toda su ciencia. Nada guarda para sí. No deja a los estudiantes en el dintel de los secretos. Es un iniciado que sabe iniciar a otros. Para el maestro, el alumno es como un hijo: cuanto se tiene y se sabe es para él, sin regatear enseñanzas ni esconder secretos.

No existe mayor alegría, de una rara pureza, de una luminosa calidad, que la del profesor que orienta al joven. La mayor parte de lo que éste dice en la primera etapa de su ejercicio es repetición de lo que oyó a su profesor o leyó bajo su supervisión. Es portador, pues, de una ciencia ajena, que se vuelve propia después de la transmisión puntual, a través del puente tendido entre los hombres y las generaciones.

En ese desempeño circula una parte de la vida, la más bulliciosa y mejor; se recibe, se conserva, se acrecienta, se transmite. Esta es la ley. De su leal observancia proviene una honda satisfacción moral. Quien la disfruta sabe que ha cumplido un deber con sus padres y con los padres de sus padres, la obligación de turnar a otros, más jóvenes, lo que aquéllos ayudaron a construir: conocimiento, experiencia, ilusión, esperanza. Quien tiene alumnos ya es padre, en cierta forma, y tiene con los hijos que el azar le deparó un pacto de enseñanza, paciencia, entrega y armonía que caracteriza la magnífica relación entre el maestro y sus discípulos. Esos jóvenes estudiantes serán su orgullo y su herencia. De ahí la enorme dignidad del 15 de mayo, Día del Maestro.

Profesor emérito de la UNAM

 

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