Cuando la memoria se desvanece

Sergio García Ramírez

Reflexionemos más allá de los temas que nos agravian. En un breve receso de las cuitas políticas o económicas, veamos las ganancias y las pérdidas de este tiempo difícil, colmado de asperezas. No hablo de ganancias y pérdidas materiales, que enriquecieron a algunos, los afortunados de siempre, y empobrecieron a muchos, los desvalidos que no se liberan del infortunio. Esas ganancias y esas pérdidas son importantes, pero también lo son otros hallazgos o extravíos que disponen la calidad de nuestra existencia. A estos me refiero.

Este género de reflexiones reviste caracteres muy diferentes en cada etapa de la vida. Una cosa es la meditación, si la hay, del adolescente, el joven, el hombre o la mujer que apenas emprenden la edad adulta. Y otra la reflexión, cada vez más intensa y exigente, de quienes trasponen la mitad del camino —y mucho más— para internarse en el bosque.

Pertenezco a la generación que va de salida, con sobresalto o con resignación apacible. Mis reflexiones corresponden a la edad avanzada —¡y vaya!—, cuando el viajero que cumple la última etapa de su camino, a punto de llegar al destino que le aguarda, se pregunta por lo que tuvo y tiene, y también por lo que ha perdido. Entonces se echan de menos las luces que otras personas prendieron en el camino: los que transitaron con nosotros, cuyos testimonios iluminaron los nuestros; los que nos brindaron el tesoro de su memoria.

El último año nos obligó a enfrentar la fragilidad de la vida y la cercanía de la muerte con un ánimo distinto del que hubo cuando nos impulsaron vientos más favorables. Hemos visto la muerte segando vidas cercanas, agotando travesías, abatiendo expectativas. Como tantos, sufrí la pérdida de amigos y colegas muy queridos, que me fueron indispensables. Con ellos recorrí buena parte de mi vida, andando al amparo de esperanzas y proyectos que animaron nuestros días. Cada pérdida ha dejado un doloroso vacío: no sólo en los hechos y los programas, agotados paulatinamente o cancelados de un golpe súbito, sino en algo más poderoso y querido: la memoria.

Somos y queremos ser memoria. Con ella iluminamos nuestro pasado y entendemos nuestro futuro. Cuando nos reunimos en coloquio con quienes nos acompañaron en andanzas compartidas, solemos completar nuestros recuerdos con los suyos, identificar personas y acontecimientos, entender en común las horas distantes. Éstas pierden nitidez y sentido cuando sólo nosotros las invocamos sin confrontar nuestro recuerdo con la memoria de aquéllos.

Cuando conversamos con quienes nos acompañaron, ejercemos en común la memoria que sostiene nuestras vidas, y luego nos prometemos seguir el hilo de los recuerdos en charlas venideras. Gracias a ello no naufragamos en el olvido, porque siempre habrá quien disipe las sombras de nuestra memoria con las luces de la suya. En esto consiste el coloquio de quienes se internan en la etapa más avanzada de su existencia.

La verdadera soledad sobreviene cuando perdemos a esos compañeros del camino. Entonces la memoria mengua, y nosotros con ella. Quedamos aislados, a merced de nuestros propios recuerdos, cada vez más escasos y menos fieles. Recuerdos que se dispersan, colmados de sombras en el último tramo de la existencia, cuando la imaginación, que escasea, sustituye a la memoria, que se extravía. Pero acaso nos queda la esperanza de un probable reencuentro en otro plano de la existencia, para atraer de nuevo, en confiado diálogo de amigos, los hechos que compartimos; es decir, para ejercer la memoria y vivir nuevamente.

Profesor emérito de la UNAM

 

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