¿A qué México aspiramos si las víctimas no hallan justicia?

Saskia Niño de Rivera Cover

Recuerdo, como si fuera ayer, el testimonio de un papá que había rescatado a sus tres hijas mutiladas de un secuestro.
Un papá que dedicó meses de su vida para dar con quienes estuvieron a punto de cortarle una mano a una de sus hijas y le regresaron a las tres con dedos mutilados. “Le entregué al juez la investigación completa de quiénes habían sido. Les hice el trabajo que les tocaba hacer a ellos”, me contó con dolor. “No obstante que hice lo que les tocaba a ellos, cuando no detenían a todos los implicados, el juez me dijo que era un goloso por querer chingármelos a todos”, dijo con rabia e indignación.

La construcción de paz, en cualquier sociedad, empieza por crear y fortalecer instituciones donde las víctimas encuentren justicia y la sociedad tenga la percepción y certeza de estar protegidos ante cualquier acto de abuso e injusticia.

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En México tenemos una sociedad lastimada, no de ahora, desde hace años, porque la impunidad que acompaña la falta de justicia, es cobijada por instituciones en continuo proceso de debilitamiento. Las instituciones se han vulnerado ante la indiferencia de autoridades que no pocas veces buscan hacer política, y las utilizan como coto de poder que se reparten.
Las decisiones para transformar a profundidad pesadas losas institucionales, suelen quedar enterradas por la inmediatez, lo políticamente rentable y lo electoralmente redituable. Ni el combate a la inseguridad, ni la aplicación de la justicia, ni terminar con la impunidad, lucen como prioridad.  

Desde hace una semana, las oficinas de la CNDH en el Centro Histórico de la Ciudad de México están tomadas por mujeres víctimas de la violencia y colectivos. Hemos sido testigos de las imágenes de mujeres llenas de dolor, rabia e impotencia ante su incasable búsqueda de verdad y justicia. Con tristeza, hemos visto también comentarios de quienes, sin un gramo de empatía, las llamaban “vándalas” sin detenerse en el fondo: se trata de mujeres que exigen —desde hace años, muchas de ellas— justicia para ellas, sus hijas e hijos.

Si ellas hubieran llegado a la CNDH como lo han hecho tantas veces ante otras autoridades y organismos, sus casos seguirían, como desde hace años, enterrados, durmiendo el sueño de los justos.

La desesperación de las víctimas ha llegado a tal nivel que satanizarlas por protestar como protestan, es desconocer el dolor que cargan consigo. Una mujer con una hija asesinada, no tiene nada que perder. Las autoridades en nuestro país parecen haber olvidado que las cifras de homicidios, secuestros, violaciones y desapariciones, no son solo datos que engrosan una estadística, sino vidas; historias con nombre y apellido. Mujeres y hombres de carne y hueso, madres y padres de familia, hermanos, tíos, amigos, vecinos... Son mexicanos y mexicanas.

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La indiferencia de las autoridades es tal, que solo una protesta desesperada como la toma de oficinas de la CNDH, logra atraer la atención y que sus casos no permanezcan arrumbados en un cajón o perdidos en una montaña de expedientes que esperan, ya no digamos solución, sino atención.

¿Hoy la CNDH es una institución independiente que alza la voz ante la injusticia y las necesidades urgentes de las víctimas o se trata de un organismo supeditado al poder, dependiente y complaciente de él?

Con una sociedad cuyas cifras de violencia llevan al alza más de 20 años, en la que los nombres de las víctimas se pierden entre estadísticas y expedientes archivados, no podemos darnos el lujo de una Comisión Nacional de Derechos Humanos en “austeridad”, omisa ante la los abusos y que dé la espalda a quienes claman por justicia, ni una Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas disminuida a tal grado, que su presupuesto es raquítico y no tiene ni titular.  

 

Presidenta de Reinserta
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