Embarazada, en la cárcel… y en tiempos de Covid-19

Saskia Niño de Rivera Cover

Gracias Hilda Tellez Lino, que desde la CNDH buscas salvar estas vidas de aquellas olvidadas.

 

Hace 18 años entró a la cárcel junto con su mamá y su hermana. Su papá es un conocido secuestrador, uno de los más peligrosos del país. En un intento por acorralarlo, la policía envió a su familia entera a prisión.

Tiene 38 años y está a días de dar a luz. Hace dos años se casó con un interno del penal varonil más cercano y han decidido formar una familia. Ambos tienen una sentencia por arriba de los 50 años, por lo que el futuro de la chiquita que está a punto de nacer es incierto.

Me habla aterrada. Si de por sí estar embarazada en la cárcel implica una vulnerabilidad absoluta, en tiempos de Covid-19 más. “¿Qué voy a hacer si no regreso? ¿Qué va a pasar si me infecto o infectan a mi bebé con coronavirus?”, me pregunta. “No me pueden decir a qué hospital me van a llevar por seguridad, pero al parecer será en Iztapalapa donde tengo miedo que a la mera hora las cosas salgan mal”, dice.

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Su hermana, que tiene un hijo de casi seis años, tuvo una experiencia cercana a la muerte cuando su chiquito nació. La familia quedó tocada por ese momento.

Mi teléfono sonó a las 2 de la mañana y esa vez Jacky pedía a gritos ayuda para su hermana. “Se están muriendo los dos”, me decía hace casi 6 años. “No la quieren aceptar en ningún hospital porque el delito que nosotras traemos hace que tenga que haber un convoy grande de seguridad en el hospital y las enfermeras mencionan que eso no les gusta”, narraba. Gracias a los esfuerzos de la CNDH y del hoy subsecretario del sistema penitenciario de la Ciudad de México logramos que la ayudaran. Su bebé nació bien.

Estar embarazada en prisión y que tu hija o hijo pase los primeros años a tu lado bajo el régimen carcelario no es fácil. Dependes al 100% de las autoridades. De que te lleven a tiempo al hospital (que no siempre pasa, por desgracia hemos tenido varios bebés que nacen con asfixia fetal), te brinden la atención necesaria para asegurar que las cosas vayan bien durante el embarazo y en el parto, que algún hospital decida recibirte aun con las medidas de seguridad que requiere tu traslado, que tengas el espacio para recuperarte de la cesárea dentro de la cárcel cuando vuelvas... Son muchos los factores que implica parir en prisión. Si a eso sumamos la situación inédita de la pandemia, las cosas se complican más. El Covid-19 es la cereza en el pastel que suma a todas las angustias que implica ser una mamá tras las rejas.

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Historias de terror hay para aventar hacia arriba.

A Claudia, le tiraron a la basura el kit que juntó para poder vestir y tapar a su hijo al momento de salir del hospital para regresar a la cárcel. Una enfermera decidió que si venía de la cárcel tenía pulgas y lo tiró a la basura. Regreso a un chiquito envuelto en una sábana vieja del hospital. A los pocos días su bebé casi muere de pulmonía.

Alejandra tuvo una infección cuando le hicieron la episiotomía ya que el médico local del penal de hombres, donde ella vive, le aplicó vinagre para la herida.

Berenice tuvo un bebé con retraso en su desarrollo porque la custodia no le creyó que ya tenía que irse al hospital a parir. “Creyó que mi panza estaba muy chiquita para tener nueve meses de embarazo”, me cuenta.

Jacky no solo es una mujer que por nacer en una familia de secuestradores fue etiquetada con uno de los peores delitos, si no que hoy afronta la llegada de su hija desde la absoluta vulnerabilidad de parir presa, y hacerlo en plena pandemia. Está muerta de miedo y hay poco o nada que podamos hacer al respeto.

“Solo te pido que estés pendiente de mí, que me ayudes si algo sale mal y le ruego a dios que me regresen lo antes posible. No me importa que de la plancha me traigan directo para acá toda abierta; yo aquí veo cómo me las arreglo”, me dice. “Yo sé que tú no crees mi querida Saskia, pero por favor reza por mí”, pide entre lágrimas.

Presidenta y cofundadora de Reinserta
AC.

 

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