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No son tiempos para la ironía

Sara Sefchovich

Conozco a varias mujeres desesperadas por conseguir un cargo, entrar a una institución o recibir un premio, por eso defienden las cuotas

Error de mi parte ironizar en tiempos difíciles para el humor.

Según la Real Academia Española, la ironía es una burla fina y disimulada, una expresión que da a entender algo diferente a lo que se dice, generalmente exactamente lo contrario.

Eso traté de hacer en dos artículos recientes: los que escribí sobre el Sistema de Administración Tributaria y sobre la paridad.

Pero gracias a lo que me comentaron varios lectores, pongo ahora en claro y sin sarcasmo, mi posición:

1. Respecto al SAT: estoy convencida de que las leyes que le permiten ser intrusivo y abusivo (en nuestros domicilios y cuentas bancarias así como en las de nuestros allegados) van en contra del más elemental respeto a los derechos humanos y al principio de la presunción de inocencia.

2. Respecto a la paridad: estoy convencida de que las leyes que obligan a incluir un 50% de mujeres en las candidaturas para gubernaturas, diputaciones y otros cargos, van en contra del más elemental respeto al hecho de que quien queremos que nos gobierne son las personas más capacitadas.

3. Respecto a la manera de decirlo: me puse a mí misma como ejemplo en ambos casos, porque se trata de historias que me relataron personas a quienes no quiero balconear. La que heredó muebles antiguos, me contó su pánico al imaginar a los inspectores entrando a su casa, que a partir de su desconocimiento o de su propia situación económica precaria, podrían suponer que cuestan más de lo que realmente valen. Y conozco a varias mujeres desesperadas por conseguir un cargo, entrar a una institución o recibir un premio, que por eso defienden las cuotas.

Otra razón para ponerme a mí misma como ejemplo es más simple: darle a mi relato un tono personal, lo que le proporciona más efectividad a la crítica que cuando se habla en general.

Pero para evitar cualquier malentendido digo: ni heredé un comedor de mi madre ni pretendo no pagar mis impuestos (y agradezco a quienes me ofrecieron su ayuda generosa como contadores), ni quiero ser diputada o entrar al Colegio Nacional (y agradezco a quienes me echaron porras y prometieron votar por mí, así como a quienes me ofrecieron ayuda para cabildear a mi favor).

En conclusión, y para decirlo con todas sus letras: a quienes me reclamaron mi cambio de postura, sepan que no hay tal, que sigo estando en contra de las cuotas, como lo he manifestado en artículos y en uno de mis libros, que he estado y estaré siempre a favor de que se paguen impuestos como lo he reiterado en este y otros espacios (dos asuntos que me han acarreado problemas con personas a quienes respeto y quiero), y que no creo que los cargos y premios deban darse por otra razón que no sea la capacidad y el trabajo desempeñado.

Todo lo cual no obsta para sostener mi crítica al SAT, porque lo que hacen no tiene que ver con nuestra obligación ciudadana de pagar impuestos ni con su obligación de evitar la corrupción y el lavado de dinero, sino que es un acoso y una persecusión a los ciudadanos, y tampoco obsta para criticar duramente a los partidos y las instituciones que no admiten ni premian ni valoran a las mujeres, siendo que en este país hay muchas que lo merecen porque son excelentes en la política, en la academia, en el arte y en la literatura.

 

Escritora e investigadora en la UNAM.
[email protected]
www.sarasefchovich.com

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