Guerreras desnudas en el calor del desierto

Sandra Romandía

Si el gobierno no tiene la sensibilidad de ayudarlas y darles recursos, al menos deberían proveerles seguridad porque ¡están haciendo la tarea que le toca al Estado!

El calor del desierto no es como cualquier calor. El calor del desierto abolla la mente, genera cortes intermitentes en la circulación y hace la respiración un nudo de espasmos de sobrevivencia no asegurada. El tacto ya no es tacto, es un sentido que se vuelve un riesgo al tocar por error un metal que quema, una pala que hierve, una varilla que puede dejar marcas en la piel al haber estado en la temperatura ambiente, siempre a más de 40 grados centígrados. Uno se siente un sapo a punto  de reventar. 

La última vez que la señora Eva, de 58 años de edad, sintió un golpe de deshidratación fue en un terreno donde buscaba cadáveres y al que llegó con sus compañeras, las Madres Buscadoras de Desaparecidos en Sonora, gracias a llamadas anónimas e investigaciones que ellas mismas realizan para dar con fosas clandestinas.

“Cuando te deshidratas empieza la náusea, luego el dolor de cabeza, el mareo, luego el mal del estómago”, me describe al narrar su última experiencia.

Al ir a realizar búsquedas, ella y sus compañeras se proveen de sueros para aguantar las garras del desierto que les oprime hasta vencerlas a veces. Aún así siguen buscando. No dejan de buscar.

El calor del desierto no es como cualquier calor. Y es en él donde Aranza Ramos trabajó sin descanso buscando alguna pista de su esposo desaparecido. Y no lo encontró, pero sí la muerte, al ser asesinada por un comando armado el pasado 15 de julio en su casa, en Guaymas, Sonora.

“Ella sentía que la seguían, y me dijo un día antes: si me desaparecen por favor búsquenme y sigan buscando a mi esposo”, me cuenta Cecilia Flores, otra integrante del colectivo que suma una red de mil 200 madres. Después del asesinato de su compañera  ella misma recibió nuevos mensajes, “usted es la que sigue”, le escribieron.

¿En qué otro país los ciudadanos hacen el trabajo que corresponde a los funcionarios públicos? ¿No debería ser un escándalo internacional el hecho de que sean las mujeres —madres de familia y esposas, algunas de 60, 70 años— bajo condiciones inclementes las que estén investigando y encontrando cuerpos? Sin dinero, sin apoyo, sin protección, sin nada. 
Los colectivos en ese estado han encontrado más de 500 restos en dos años, algo que debería ser motivo de vergüenza para autoridades locales y federales. Porque ni para gasolina les dan. Ni para sueros. Ni para nada. 

“¿Qué tiene que decir sobre el asesinato de Aranza Ramos?”, cuestionó el periodista Ciro Gómez Leyva al comisionado de Búsqueda de Desaparecidos en Sonora, José Luis González, en su programa. “Que es lamentable”. “¿Sólo eso?”. “Sí”, contestó el funcionario. “¿No tenía protección especial la señora Aranza Ramos”? continuó. “No, porque todos los ciudadanos somos vulnerables”. 

No y mil veces no. Todos somos vulnerables, eso es verdad, y ninguna vida vale más que otra, pero si el gobierno no tiene la sensibilidad de ayudarlas y darles recursos, al menos deberían proveerles seguridad porque ¡están haciendo la tarea que le toca al Estado!

Es como si nos contaran que en Alemania los ciudadanos decidieron meterse a cuidar las cárceles porque no hay celadores; o como si en Francia los pobladores tomaran las oficinas de un edificio público para atenderse ellos mismos. 

Vi mensajes en los que las madres y esposas piden ayuda a la Comisión de Búsqueda de Desaparecidos de Sonora y les responden con evasivas. Un desdén reiterado que describe claramente a una clase política y una visión desde el poder totalmente insensible ante lo que es una tragedia humanitaria. 

Lo que no se ha querido reconocer en México es la ausencia de Estado. La nulidad de investigación de los aparatos de justicia probablemente porque están coludidos con los criminales. Porque no les conviene que se encuentren más restos y que se den con las pistas de los responsables.

Mientras vivamos en un país donde las madres salen a buscar con sus propias manos los cadáveres de sus desaparecidos, cooperando entre todas para gasolina, medicinas para la deshidratación, comida y cosas más elementales, no podemos decir que vivimos en un México digno. ¿Qué tiene que suceder para indignar? 

Eva ha soñado dos veces a su hijo Erik Alberto, quien desapareció en 2017 en Ciudad Obregón. Lo ha visto muerto lleno de moscas en el techo de una casa abandonada. Desde entonces sigue buscando en las propiedades desmanteladas, “me da miedo, claro que me da miedo, pero no puedo dejar de buscar”, dice. Y no deja. Es una de las miles de guerreras que van desnudas a una guerra de fuerzas desiguales en el calor del desierto.

*Para donativos o apoyos logísticos, así como información sobre fosas clandestinas las Madres Buscadoras de Sonora proveen el teléfono celular 6623415616
 

@sandra_romandia

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