Sobre el racismo de López Obrador. Una crítica a sus críticos

Sandra Anchondo Pavón

Para deshacer este muy lamentable nexo entre “ser indígena” y “ser pobre” hay que intervenir con políticas focalizadas, inteligentes y múltiples, que contemplen la participación de los propios “indígenas”

Hace un par de días leí la opinión de un periodista cargado de enorme preocupación por la atención sesgada que daría AMLO a los indígenas, cuando, según él, solo debería de importarnos el criterio de la pobreza a riesgo de dejar de ser liberales. Iniciaba con una frase en la que el presidente Andrés Manuel se declara orgullosamente racista y que ya había causado bastante polémica. En respuesta a esta provocación y en aras de ampliar el diálogo iniciado por su columna, me gustaría explicar ahora algunas cuestiones que, al menos a mi juicio, todas y todos los mexicanos habríamos de detenernos a reflexionar. Sugiero también algunos autores que leer.

1.- Que el Estado mexicano esté obligado a garantizar los derechos humanos de las personas y pueblos indígenas significa que no es ni por caridad ni por solidaridad que parte de nuestros impuestos se destinen a los más vulnerables (John Rawls, Joseph Stiglitz).

2.- Es posible ser liberal y al mismo tiempo defender políticas de acción afirmativa (especialmente favorables para los pueblos indígenas). Es el caso del filósofo Will Kymlicka en su primera etapa. Una matriz liberal bien entendida permite considerar apoyos especiales, temporales y compensatorios para alcanzar la igualdad fáctica de oportunidades de los que se encuentran en situaciones de desventaja estructural. Las políticas de protección a colectivos vulnerables que hoy han de promover los Estados no serían “tratos especiales que puedan dañar la igualdad” sino mecanismos para garantizarla efectivamente (Will Kymlicka, Jesús Rodríguez Zepeda). Ahora bien, habría que preguntarles a las personas y a los pueblos indígenas cuáles son sus prioridades, por ejemplo si quieren gozar del derecho a la propiedad privada o si prefieren hablar de autonomías o de derecho al territorio, no creo que haga falta teorizar sobre la vieja disputa entre liberales y conservadores en este sentido.

3.- El uso de la idea de raza en efecto ha sido desincentivado por numerosos organismos internacionales y se ha explicado muy bien por qué no ha de aceptarse semejante categoría biológica (Carlos López Beltrán) sin embargo, su existencia como categoría política compleja, conectada con componentes étnicos, sigue teniendo impacto en nuestro país. Un reciente estudio publicado por OXFAM explica que el color de la piel parece ser causa de discriminación y desigualdad en México. Existe polémica respecto a esta publicación, por el riesgo de reproducir el fenómeno que visibiliza. Sin embargo, parece que ciertamente no basta que nuestras leyes promuevan la igualdad, pues las prácticas culturales y los hechos sociales muestran que en este país las personas no son tratadas como iguales. El racismo existe (Patricio Solis, Federico Navarrete, Olivia Gall) y no es para nada irracional suponer que hay una relación entre la pertenencia étnica y la precariedad de la vida de una persona. El 30% de las personas indígenas se encuentran viviendo en condiciones de pobreza extrema. Sucede. Hay relación, pero no es una relación de necesidad, es un error que hay que señalar.

4.- Y es verdad que los indígenas son los más marginados entre los marginados mexicanos y que al final las políticas de ayuda terminarán por beneficiarlos de manera preponderante. El problema, sin embargo, no radica exclusivamente en lo económico. Si invisibilizamos la relevancia que tiene, todavía hoy, la categoría indígena corremos el peligro de olvidarnos de las injusticias muy particulares de que siguen siendo víctimas, tanto como de las aportaciones que emanan de su diferencia. Corremos el peligro de olvidarnos de que se trata de personas vivas y no de pretextos para discursos ideológicos y políticos. Corremos el peligro de olvidarnos que no se pueden “integrar” sin considerar sus preferencias, que no podemos obligar a nadie a compartir una cierta idea de prosperidad y progreso.

En mi opinión, esta discusión debe trascender los prejuicios partidistas y presidencialistas. Es relevante y cabría preguntarnos honestamente ¿por qué los indígenas son los más marginados entre los marginados mexicanos? ¿Se nos ha ocurrido pensar que existen problemas estructurales, estrategias políticas, directrices macroeconómicas que los perjudican siempre y sistemáticamente y que su situación actual (también la histórica) no ha sido resultado del azar? Si revisamos la historia nacional desde otras perspectivas (alguna que visibilice que los indígenas no tuvieron acuerdos con los criollos, que perdieron sus territorios y sus lenguas a partir de las políticas de Juárez, que fueron víctimas de la castellanización y el encarcelamiento injustificado desde el XIX, que fueron silenciados en Chilapa, Chamula, Acteal, Ocosingo, San Cristóbal, Júba Wajín y un largo largo etcétera) tal vez podamos construir conjuntamente nuevas propuestas para solucionar sus problemáticas o aprender a escuchar.

También conviene preguntarse ¿qué podemos hacer para ayudar al Estado a cumplir con sus obligaciones al respecto? Porque ciertamente no es un hecho inevitable que ser indígena implique vivir en condiciones de pobreza. Y es al menos razonable suponer que alguna relación existe entre esta condición y el hecho de que hayan sido ignorados, menospreciados históricamente, desestimados socialmente, estereotipados y empobrecidos, víctimas de problemas estructurales (por definición complejos y multifactoriales).

Solo el Estado tiene los elementos para integrar información relevante que permita diseñar políticas públicas adecuadas para los más vulnerables, el Estado de todas y todos puede contar con datos que le ayuden a decidir objetivamente cuáles son nuestras prioridades. En estos tiempos, sin embargo, “la pobreza a secas” no puede ser criterio para decidir el camino hacia el “progreso” en medio de una historia única. En principio porque la pobreza a secas, así objetivizada, no existe. Si bien se puede entender que la pobreza es objetivamente un problema de exclusión radical, las condiciones de pobreza responden a causas múltiples y en ello hay que poner el acento. Si vamos a abrirnos a entender las causas de la pobreza, la cuestión es compleja. Tenemos que empezar por señalar que no es lo mismo vivir en condiciones de pobreza que ser indígena o que ser indígena mujer y pobre, que ser indígena mujer monilingüe y pobre, que ser indígena mujer monolingüe y pobre, empleada doméstica y estar embarazada en la ciudad de México. Por eso hoy, en este siglo, se habla de interseccionalidad y es un avance. Hay que ponernos las gafas correctas y hacernos las preguntas correctas. ¿Se ve la diferencia al preguntarnos solo cuál es la causa de la pobreza en vez de cuestionar por qué las personas que llamamos indígenas viven en condiciones de pobreza? Ahora, es mejor todavía preguntarnos ¿por qué una mujer indígena monolingüe embarazada migrante a la Ciudad de México vive en condiciones de pobreza?

Un buen análisis de las causas de la pobreza en el contexto mexicano parece que sí debe incluir, lamentablemente, elementos étnico-raciales. Esto no significa que exista una conexión real lineal o una relación de necesidad entre los elementos étnico raciales y la condición de pobreza, por supuesto tampoco significa que algunos se encuentren biológicamente condenados a vivir así. Significa que es un hecho social comprobable que ahora mismo estén conectados y que esto debe cambiar precisamente porque es injustificado, es injusto. Para deshacer este muy lamentable nexo entre “ser indígena” y “ser pobre” hay que intervenir con políticas focalizadas, inteligentes y múltiples, que contemplen la participación de los propios “indígenas”. Por cierto, vale la pena enfatizar que sus demandas también tienen que ver con problemáticas lingüísticas, territoriales, educativas, alimentarias y ambientales. Pensar que lo único importante es que salgan de la pobreza es problemático y no parece responder a sus propias preocupaciones.

La afirmación apresurada del presidente López Obrador “si dar atención preferente a indígenas es racismo, que me apunten en la lista” no ha sido afortunada, confunde. Sin embargo, considerar apoyos especiales para las personas y pueblos indígenas, con independencia de su condición de pobreza, y por el solo hecho de ser indígenas, es tan razonable que se trata de un compromiso claro asumido en nuestra Carta Magna y en los tratados internacionales. Considerarlos y escucharlos con mayor atención, es nuestra obligación. No es optativo, no está a debate.

Profesora de Humanidades, Universidad Panamericana
 

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