Nunca, ni en sus peores pesadillas, Andrés Manuel López Obrador se imaginó que llegaría a su cuarto año de gobierno con una situación tan complicada y caótica para él y para el país. Si la pandemia del Covid y su desplome económico le cortó las alas a su proyecto y marcó negativamente a sus primeros tres años de gobierno, con la caída histórica de la producción, la inversión, el empleo y el consumo en el país, ahora una guerra en Europa del este, con ramificaciones y consecuencias aún impredecibles para la estabilidad mundial, amenaza con ahondar la crisis económica global y generar repercusiones en México que complicarán los últimos dos años de su gobierno.

Si la política interior se le revolvió al Presidente por pugnas y reyertas en sus propias filas de la 4T por la sucesión presidencial adelantada, además de los problemas de gobernabilidad que le generó la violencia desbordada del narcotráfico al que se niega a combatir y pretende ver como sus aliados, la política exterior —esa que nunca entendió y que en cierto modo desprecia por su formación rupestre y su visión aldeana del mundo— se le volvió también ya un problema en el que, cada intervención desafortunada con su discurso rijoso y nada diplomático, le ha generado conflictos y rispideces innecesarias con varios gobiernos y, lo más delicado, le ha abierto un frente de tensión en la relación con los Estados Unidos.

A López Obrador un escenario como el que se está presentando en el mundo le afecta porque su liderazgo político, que tiene una vocación eminentemente doméstica, se achica cada que se le plantea un escenario internacional. Ya en la pandemia vimos cómo el gran líder social y carismático fue incapaz, no sólo de pararse al frente de la emergencia sanitaria que ha cobrado la vida de cientos de miles de personas y conducir adecuadamente la estrategia de salud para toda la República, sino que tampoco supo mostrarse empático ante la desgracia, el dolor y las afectaciones económicas que esta enfermedad le trajo a los mexicanos.

Otras coyunturas internacionales en las que el presidente mexicano ha brillado por su ausencia fueron la Cumbre del Cambio Climático y el encuentro previo del G-20. No sólo fue que López Obrador no se haya hecho presente en esos eventos, sino que en su discurso y prioridades nunca estuvieron los temas ambientales ni la cada vez más cercana catástrofe mundial por el calentamiento del planeta; es como si el mandatario mexicano estuviera totalmente ajeno y desconectado de la realidad de nuestro tiempo y se conformara con un liderazgo acotado al ego de su popularidad en las encuestas internas, y a figurar en las nada serias listas internacionales que lo mencionan como “el presidente más popular” en el mundo.

Por eso la guerra entre Rusia y Ucrania, que amenaza con extenderse a otras regiones del mundo —dependiendo de las decisiones que tomen Estados Unidos y sus aliados ante la arbitraria y prepotente invasión de Putin y también de la posición que tome el gigante chino que se ha negado a condenar el artero ataque de su aliado ruso— no es una buena noticia para nadie y menos para el presidente López Obrador. Afortunadamente para México, el canciller Marcelo Ebrard —que había dejado suelto al Presidente en sus dislates y arrebatos diplomáticos con Panamá y España— ha tomado el control del posicionamiento mexicano ante el conflicto internacional, tanto en el Consejo de Seguridad de la ONU como en los discursos y mensajes del gobierno de México.

López Obrador no fue ya, ni lo será en lo que resta de su mandato, un estadista o un líder con tamaño y presencia internacional. Será y ha sido, en todo caso, un líder social y carismático que pasó de ser antisistémico y algo disruptivo y de concitar una expectativa de cambio en 30 millones de votantes, a reducir y empequeñecer su liderazgo y también su base de apoyo social. En la medida que se radicalizó cada vez más y que despreció y abandonó a las clases medias, a los pequeños y medianos empresarios, a las víctimas de la violencia, a los científicos, a los estudiantes, a las mujeres, a los niños con cáncer y a cualquier otro sector que no le profesara lealtad ciega, Andrés Manuel se volvió más el líder de una secta que de un país.

Si a cualquiera de los mexicanos que clamaban por apoyos de su gobierno, desde los enfermos sin medicamentos, hasta las madres de desaparecidos, las feministas en lucha contra la violencia, los periodistas acosados y asesinados o los empresarios y comerciantes que quebraron por la pandemia, el presidente López Obrador los hubiera defendido con la misma fiereza con la que salió en defensa de sus hijos, cuando los ligaron a temas de tráfico de influencias y conflictos de interés, otra cosa sería hoy su administración y su imagen ante los mexicanos.

Hoy en su cuarto año de gobierno y enfilándose al quinto año del inicio del ocaso, Andrés Manuel López Obrador no es, con mucho, el presidente que muchos pensamos que sería ni su gobierno resultó ser lo que ofrecía. La imagen del gobernante completamente honesto se fracturó irreversiblemente tras el escándalo de la Casa Gris de su hijo en Houston y el discurso del fin de la corrupción y de la austeridad republicana también quedaron inevitablemente desgastados y sin credibilidad ante los hechos y las dudas e inconsistencias que hubo en la respuesta oficial a una investigación periodística que agrietó al Presidente.

El hombre que dijo ser diferente, que le vendió a millones de mexicanos una segunda esperanza de cambio y que ofreció, entre muchas otras cosas, pacificar al país, hacer un gobierno eficiente y acabar con el viejo sistema político y con todos sus vicios de corrupción, hoy tiene a la República convulsionada por inseguridad y violencia, no aniquiló al viejo régimen sino que restauró a la Presidencia casi imperial y autoritaria en detrimento de los derechos ciudadanos, tiene un gabinete ausente y dominado por incompetentes y radicales, y ha quemado su liderazgo y el bono democrático que le extendieron los votantes hace casi cuatro años, en infiernitos, pleitos sin ton ni son, ocurrencias, caprichos y dislates.

“Ya no puedo más, cierro mi ciclo y me retiro”, les dijo López Obrador el jueves a un grupo de reporteros que lo seguían en un recorrido por el Palacio Nacional, en una frase que describe y dibuja a la perfección el estado de ánimo del Presidente, pero también el de una sociedad y un país que está empezando a percibir un desgobierno y un caos por la ausencia de autoridad y de estado de derecho en la República, y eso combinado con los escenarios que se vienen en el mundo no parece algo bueno para los mexicanos.

Dice un buen amigo y analista político que “en política no basta con tener la razón, hay que tener un poco de suerte”. Si López Obrador tuvo en algún momento la razón, hoy está claro que la ha extraviado y, lamentablemente para él pero sobre todo para el país, la suerte también parece haberle abandonado. Si la pandemia y su sacudida global nos agarró mal parados en el sistema de salud y sin una estrategia clara y eficiente del gobierno federal para enfrentarla, ahora la guerra regional que amenaza al mundo, nos llega en un momento en que el país está convulsionado, el Presidente descolocado y descompuesto, y la sociedad cada vez más dividida y confrontada.

NOTAS INDISCRETAS…

Ahora que el presidente López Obrador anunció que le entregará al Ejército y la Marina la vigilancia y la seguridad de los aeropuertos del país, en donde lo mismo se mueven drogas, contrabando ilegal y tráfico de personas, un ex integrante del gabinete en el sexenio pasado, nos recordaba que al ex presidente Peña Nieto se le ocurrió en su momento la misma idea, sólo que él quería que los militares y marinos entraran a vigilar sólo un aeropuerto cuya actividad ilegal se había descontrolado y representaba una amenaza de seguridad nacional: el aeropuerto Internacional de Cancún, en Quintana Roo. Peña sentó en su despacho a los entonces secretarios de la Defensa, general Salvador Cienfuegos, y al almirante secretario de Marina, Vidal Llerenas, para comunicarles su decisión de que sus tropas y la inteligencia militar entraran a controlar el desastre de seguridad en Cancún. Les explicó sus razones y el problema y cuando fue el turno de los titulares de las fuerzas armadas, la respuesta sorprendió al Presidente: “No, no tenemos en este momento la capacidad para enfrentar el tema de la seguridad aeroportuaria”. Los jefes militares le explicaron al Presidente que el tema era mayor y que si quería tener al Ejército y la Marina encargándose de la seguridad federal, el problema de los aeropuertos requería muchos recursos y personal para enfrentarlo por el tamaño de los intereses y mafias que se mueven en las términales aéreas. La negativa entonces de los jefes castrenses, argumentando razones, contrasta con la obediencia ciega y alegre con la que ahora el general Luis Crescencio Sandoval y el almirante Rafael Ojeda le dicen a todo que sí al Presidente. Lo mismo le construyen aeropuertos, le suministran vacunas, que le manejan las corrompidas aduanas y ahora se harán cargo de los aeropuertos, empezando por el de la Ciudad de México, que es la puerta más grande para la entrada de drogas y todo tipo de delitos y actividades criminales al país. ¿Será que el general Crescencio y el almirante Ojeda son mucho más capaces y audaces que sus antecesores o será más bien que no saben o no pueden decirle un “no” al Presidente cuando lo que están poniendo en juego con tantas y tan variadas responsabilidades civiles en su manos, es el prestigio, la integridad e imagen de las Fuerzas Armadas? Porque donde hay tanto dinero, como ahora manejan y administran los militares, la tentación es mucha y la corrupción tarde o temprano se asoma…Los dados mandan Escalera Doble. Semana incierta y de noticias duras.