¿Qué hacemos con Pemex?

Salvador García Soto

Petróleos Mexicanos está cada vez más lejos del plan original del presidente López Obrador que se propuso “rescatarla” y volverla a convertir en la “gran empresa petrolera” que lo mismo impulsaba a la economía nacional que sostenía casi la mitad de los ingresos nacionales del país. Hoy, con el derrumbe histórico de los precios del petróleo, los enormes excedentes petroleros en el mundo y las agresivas políticas de potencias como Arabia Saudita que con sus precios de ganga le roba los mercados asiáticos, la petrolera mexicana se ha vuelto un problema no sólo para el gobierno sino para la economía y el presupuesto de todos los mexicanos.

Convertida en fuente de presión para las finanzas públicas —de donde le han inyectado ya miles de millones de pesos de recursos fiscales para un rescate fallido— y ahora también en una amenaza para la calificación crediticia y el grado de inversión del país, Pemex está a nada de ser una “empresa productiva” que le cueste más al Estado de lo que produce.

Con precios de la mezcla mexicana que por primera vez en la historia llegaron el lunes a números negativos de -2.37 dólares y que, aún cuando se recuperen como lo hicieron ayer hasta los 7 dólares por barril, seguirán estando muy por debajo de los 49 dólares estimados en el Presupuesto Federal 2020 y también de los 14 dólares que, según el reporte oficial de Pemex en 2019, le cuesta producir un barril de petróleo. Incluso, si se le cree al presidente López Obrador que el costo de producción por barril, es de 4 dólares, como dijo el pasado jueves, la ganancia de 3 dólares sería ínfima y convierte a la producción petrolera en un negocio casi incosteable.

Ayer la noticia del derrumbe de los precios de la mezcla mexicana, arrastrada por la caída histórica del WTI y de todos los precios en el mundo, fue recibida en Palacio Nacional casi con más preocupación que la mismísima pandemia del coronavirus y que la crisis económica y el cierre de empresas que está ocurriendo en el país. El rostro adusto del presidente López Obrador y el tono de su voz engravecido, contrastaban con sus mensajes sonrientes y optimistas cuando habla del Covid-19 y de la situación económica en donde suele decir siempre que “vamos muy bien” y que “estamos preparados para enfrentarlo”.

Pero el cataclismo petrolero le pegó en una parte neurálgica, ideológica, en el corazón de su proyecto, tanto que con el tono fúnebre y el ceño fruncido, ayer mandó un mensaje: “A todos los mexicanos, decirles que con la caída en el precio del petróleo hay un agravamiento de la crisis económica mundial, que desde luego nos va a afectar. Sin embargo, quiero dar la garantía, la seguridad, de que vamos a poder los mexicanos enfrentar esta crisis, ¿en qué baso mi optimismo? en la fortaleza de nuestro país, en la fortaleza de nuestro pueblo, eso es lo fundamental. Decir también, como complemento, que tenemos recursos económicos, materiales suficientes, que tenemos de  qué echar mano frente a la crisis, porque logramos ahorrar recursos por no permitir la corrupción y por hacer un gobierno austero, sin lujos y sin extravagancias”.

Con su mensaje el presidente no sólo confirmaba que si hay algo que realmente le preocupe es la crisis petrolera, sino que al mismo tiempo nos decía que seguirá destinando el dinero de los impuestos de los mexicanos para mantener a flote a Pemex y a su devaluada producción. Y para justificar que exportar petróleo ya no sería una actividad rentable ni un buen negocio para el gobierno ni para los mexicanos, el mismo López Obrador anunciaba ayer que Pemex cerrará la producción de petróleo en sus campos nuevos y sólo mantendrá la de pozos viejos para destinar la mayor parte de su producción, casi 1 millón de barriles que representan más del 60% del total que produce, a mandarlo a las refinerías mexicanas para producir gasolinas.

Es decir, que aún a costa de que México reduzca su ya de por sí mínima exportación petrolera en el mundo, ahora asediada por la “guerra de precios” que le declaró Arabia Saudita, el gobierno federal seguirá manteniendo con recursos fiscales y con las reservas nacionales a Pemex con la idea de reconvertirla ahora en una productora de gasolinas para el mercado nacional. De esa forma, según lo confirmó también la secretaria de Energía, Rocío Nahle, se justifica el continuar con una obra como la refinería de Dos Bocas, que ha sido duramente cuestionada por las calificadoras y los inversionistas internacionales que incluso han castigado al país por invertir en ese tipo de proyectos.

La misma Nahle dijo que aún “estamos haciendo un análisis de la situación” del mercado petrolero para tomar decisiones y hacer posibles ajustes a la política petrolera, pero en esencia, el gobierno se ve dispuesto a mantener a toda costa sus planes de un país y un presupuesto público petrolizado, aún cuando eso represente ya no sólo un mal negocio sino un problema financiero para el país. Para decirlo con toda claridad, al presidente le preocupó mucho más la crisis petrolera y reaccionó ofreciendo muchos más recursos, ahorros y reservas para salvar a Pemex del hundimiento, que la caída misma de la economía y el cierre de empresas negocios y empleos de los mexicanos, en donde ha dicho que “no habrá rescates ni apoyos fiscales porque esas son medidas neoliberales”. ¿Qué le servirá más a los mexicanos en el uso del presupuesto y los recursos y reservas suficientes que dice tener el presidente, salvar al empleo o salvar a una industria petrolera que va en picada?

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