Mucha fiesta, pocos resultados

Salvador García Soto

Cada palabra del mensaje político de ayer en el Zócalo pasó por el tamiz de la adoración y aclamación al líder

Si al primer trienio del gobierno de Andrés Manuel López Obrador lo medimos por sus habilidades de propagandista, por el posicionamiento de su discurso y su capacidad de movilizar y encantar a sus seguidores con “informes”, mensajes y festejos masivos como el de ayer en el Zócalo, sin duda veríamos un gobierno exitoso. Un apoyo reflejado en las encuestas de aprobación y sostenido aún por una base social y popular amplia que se conforma de dos grandes grupos: los que se benefician del gobierno con cargos, relaciones, contratos e influencias, que son la nueva clase política en el poder; y los que reciben los apoyos económicos directos y en efectivo desde este gobierno y que generan una lealtad electoral y clientelar a favor del régimen, que son las bases populares.

Esa es la imagen que ayer se vio en el Zócalo de la Ciudad de México, que se explica por un  fenómeno de “culto a la personalidad” que rodea a un festejo como el que ayer convocó y organizó la Presidencia de la República con dinero del erario federal y con el apoyo de gobernadores, alcaldes y dirigentes morenistas que se encargaron de abarrotar la plancha de concreto, con todo y acarreo en cientos de camiones y microbuses que llegaron de distintos estados de la República. La fotografía es contundente y muestra un músculo político del gobierno y su partido en el que, sin descartar parte de espontaneidad y expresiones auténticas de apoyo, la mayor parte lo hace una estructura clientelar y una maquinaria de movilización bien aceitada y que existe desde las épocas del perredismo lopezobradorista, hoy transformado en morenismo.

Visto desde la perspectiva de líder popular y de masas, no hay duda de que López Obrador empieza su cuarto año de gobierno y su segundo trienio, fortalecido e inyectado del respaldo de ese conglomerado que ayer lo vitoreaba y lo festejaba sin ningún tipo de medida sanitaria. Cada palabra del mensaje político que describe a un país en pleno cambio, donde “ya se erradicó la corrupción”, donde “la salud pública es todo un desafío, pero la pandemia ha sido domada y se está mejorando el sistema de salud”, y donde “los homicidios han sido contenidos y están disminuyendo”, pasa por el tamiz de la adoración y aclamación al líder, que alcanzó su clímax en la tarde capitalina, pero comenzó desde muy temprano con los mensajes en redes sociales de sus colaboradores, funcionarios, propagandistas y seguidores adulando y felicitando al “mejor Presidente” y exaltando sus “extraordinarias dotes de conducción y transformación del país”.

Pero si el balance de esta primer mitad del sexenio se intenta hacer a partir de datos, indicadores y cifras, incluso las oficiales o de organismos técnicos autónomos, entonces la cosa cambia y los resultados ya no hacen ver a un Presidente tan eficiente ni a un gobierno tan efectivo a la hora de resolver los grandes problemas del país. En la economía, por ejemplo, mientras el Presidente presume la recuperación de empleos después de la crisis y habla incluso de 395 mil plazas más generadas por encima de la cifra de empleo prepandemia, la realidad es que sí se recuperaron ya los 20 millones 294 mil empleos, pero en la mayoría de los empleos recuperados los salarios disminuyeron y los trabajadores recontratados o empleados no volvieron al mismo nivel de ingresos que tenían antes de la pandemia.

La mala calidad del empleo ha sido la constante en esta recuperación. Según el INEGI el subempleo y la informalidad crecieron en este año; hay 17 millones de mexicanos que no tienen empleo, 48 millones que están subempleados o trabajan menos horas de las que tienen disposición, y el 56% de los mexicanos empleados están en el sector de la informalidad, que creció en el tercer trimestre de este año hasta 31.4 millones de personas ocupadas en el sector informal, cuatro millones más de las que había en 2020.
La pobreza, según el Coneval, también se incrementó en 3.8 millones de pobres más en comparación de lo que había en 2018. 55.7 millones de mexicanos estaban en situación de pobreza en 2020 y de ellos 10.8 millones cayeron en pobreza extrema, que en los primeros dos años de este gobierno creció en 2.1 millones de personas. También creció la pobreza moderada, la pobreza por carencias sociales, siendo la salud la principal carencia en crecimiento, y la pobreza por ingresos que también se incrementó en los primeros años de esta administración.

Y si los pobres, que son el sector según el discurso presidencial más favorecido en este gobierno crecieron, la clase media disminuyó: 6 millones de mexicanos pasaron del sector medio de la sociedad a formar parte de la clase baja. A todos ellos les afecta por igual una inflación que ya alcanzó el 7.06% en este tercer trimestre y que crecerá al cierre del año con un impacto en el deterioro de los ingresos que difícilmente se va a paliar con el aumento de 22% al salario mínimo anunciado ayer, justo unas horas antes del festejo en el Zócalo, para llegar a un ingreso mínimo de 177 pesos diarios.

En la seguridad está el otro gran tema que arruina la imagen triunfal y festiva que ayer se vio en el festejo presidencial. 105 mil homicidios dolosos en los primeros tres años superan, con mucho, todos los parámetros de violencia conocidos hasta ahora por los mexicanos. Ni Calderón y su sangrienta “guerra contra el narco”, ni Peña Nieto con su fallida estrategia y su gobierno corrupto, llegaron ni cerca de los niveles de violencia que hoy vivimos los mexicanos.

Aún tomando solo como base los homicidios dolosos que son denunciados ante la justicia, que representan apenas el 30% del total de asesinatos violentos, la administración de la 4T supera a sus antecesores: Fox tuvo 10,087 denuncias por homicidios dolosos y una tasa de 9.8% por cada 100 mil habitantes; Calderón 19,803 denuncias y tasa de 18% por 100 mil; Peña 20,762 carpetas y tasa de 17%, y López Obrador lleva 36,773 denuncias y una tasa de 29% de homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes. Es decir, que hay 3 veces más homicidios dolosos en este gobierno que con Calderón, y dos veces más que con Peña Nieto.

Y ¿cuál ha sido la respuesta del gobierno al aumento de esta violencia? La misma de sus antecesores y que tanto criticó: utilizar al Ejército como policías y militarizar la seguridad con un cuerpo camuflado como civil, que es la Guardia Nacional. La única diferencia entre la militarización que tanto se le cuestionó a Calderón y que continuó Peña Nieto, con la de ahora, es que López Obrador manda al Ejército y a su Guardia a desplegarse territorialmente y hacer presencia en casi todo el país con más de 100 mil elementos de la GN y otros miles del Ejército, pero que no actúan ni confrontan a los narcotraficantes por la estrategia de “abrazos, no balazos”, cuyo resultado es más disuasivo que efectivo y se refleja en al menos 28 masacres en estos tres años de gobierno, balaceras en ciudades, playas y destinos turísticos, tomas de poblaciones y municipios por el narco que impone toques de queda, asesinatos de candidatos a cargos de elección, actos de narcoterrorismo y lo más reciente ayer: explosiones de coches bomba para una fuga de reos.

Para rematar están dos temas en donde el discurso presidencial simplemente no cuadra: la promesa de un sistema de salud pública de primer mundo (“como el de Dinamarca”) con hospitales públicos en crisis por el Covid, un Insabi que no funcionó, desabasto de medicamentos y enfermedades graves que no tienen tratamientos como sucede con los niños con cáncer, los diabéticos o los enfermos de VIH, por mencionar algunos padecimiento en donde abundan las denuncias y los testimonios de falta de medicamentos y tratamientos.

Y  la principal bandera política de este gobierno: el combate a la corrupción. Está bien, el Presidente puede que no sea corrupto ni se esté enriqueciendo, pero sus hermanos fueron captados recibiendo sobres de dinero en efectivo, sus hijos se benefician de programas sociales como “Sembrando Vida” para impulsar sus pininos empresariales y en las dependencias y secretarías hay una corrupción hormiga que se refleja lo mismo en contratos directos por adjudicación a empresas fantasma o de reciente creación, que en la persistencia de “mordidas” o “comisiones” a cambio de favores, trámites o hasta protección de la justicia, de la que no se escapan muchas secretarías y dependencias federales, incluida la Defensa Nacional.

A partir de esas dos realidades: la del Zócalo lleno, el líder fuerte, popular y carismático aclamado por el pueblo y por sus seguidores, respaldado por un Ejército que hoy no sólo controla la seguridad pública sino que invade y controla casi la mitad del gobierno civil. Y la otra realidad: la de los datos e indicadores que muestran retrocesos y caídas en rubros vitales para el desarrollo y el bienestar de los mexicanos, que cada quien juzgue y saque sus propias conclusiones. Para cualquiera de las dos visiones y realidades que cada quien acepte y quiera ver, la de la lealtad y el fanatismo ciego o la de los datos duros de la realidad, nos quedan tres años más.... Capicúa de los dados. Ni subida ni bajada. 

 

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