Morena, el hombre y la gobernabilidad

Salvador García Soto

Camino a su primer Informe de Gobierno este domingo, Andrés Manuel López Obrador parece todavía —por sus niveles de popularidad y aprobación entre los mexicanos— un gigante. Pero aun con toda su fuerza y arrastre popular, ese gigante llega a esta primera aduana cargando a cuestas graves problemas como una economía en la incertidumbre y el estancamiento, una crisis de inseguridad y violencia que se agrava con terroríficas masacres, tiroteos y un crimen organizado fuera de control; un campo incendiado por organizaciones agrarias que no aceptan el nuevo esquema de relación con el gobierno y un sistema de salud pública que, entre desabasto por recortes, austeridad y transformaciones, ha sacado a los enfermos y sus familias a protestar en las calles.

En contraparte, la imagen presidencial se mantiene y fortalece en las encuestas con niveles de 73% de aprobación (7 de cada diez mexicanos) por temas como el combate a la corrupción y la investigación, persecución y encarcelamiento de personajes y casos emblemáticos del saqueo del sexenio peñista al erario federal, como Emilio Lozoya, Rosario Robles o el abogado Juan Collado, y por el reparto de apoyos económicos directos en sus programas sociales emblemáticos, que empiezan a permear en sectores fundamentales de su base social: los adultos mayores, los grupos más vulnerables y los jóvenes.

Pero el titán político que aún es López Obrador, con su lenguaje repetitivo pero certero de las mañaneras y su estilo directo y fresco de contacto con la población, también lleva sobre su espalda a la mayor parte de su gabinete, que salvo muy contadas excepciones (Marcelo Ebrard, Arturo Herrera, Rocío Nahle, Julio Scherer, Luisa María Alcalde, Alfonso Romo e Irma Eréndira Sandoval) parecen fardos que cada vez le pesan más al presidente y a los que —parte por el excesivo control que a él le gusta ejercer de todos los temas y parte también por la incapacidad, impericia o de plano la opacidad— Andrés Manuel tiene que ir jalando, cuidando y hasta defendiendo, cuando debieran ser sus colaboradores los que hicieran eso por el jefe del Ejecutivo.

Y para colmo, otra carga más que lleva encima en estos primeros 9 meses de ejercicio de gobierno el presidente es su partido. Morena no sólo se ha convertido en un problema, por sus constantes pugnas intestinas, pleitos, venganzas y reyertas, sino que las encuestas reflejan claramente que, mientras López Obrador mantiene sus niveles de aceptación y aprobación entre los mexicanos, su partido, si bien hegemónico y mayoritario, ha bajado en sus niveles de aceptación e identificación y aunque mantiene el primer lugar en intención del voto a nivel nacional, eso se debe más al efecto de la popularidad presidencial y a una oposición aún muy débil y desarticulada, que al trabajo político y partidista de los morenistas.

AMLO-MORENA: ENTRE ADVERTENCIAS, REGAÑOS Y TRIBALIZACIÓN
Esta semana afloró el porqué de la distancia, cada vez más notoria y pública que Andrés Manuel López Obrador le ha impuesto a su partido. Lo que ya era un comentario que circulaba entre las cúpulas de la 4T, que el presidente estaba cada vez más “desencantado y decepcionado” del comportamiento y la actuación pública de su partido, se confirmó plenamente cuando el mismo mandatario, desde su conferencia matutina en Palacio Nacional, cuestionó a los dirigentes y a las élites de Morena, al señalar que “no están a la altura de la transformación que estamos encabezando en el país”, y tras reprochar los pleitos y ataques entre sus mismos integrantes y la pérdida de “ideales”, les lanzó una advertencia que sonó también a amenaza: “Si Morena se echa a perder, yo me voy y los dejo. Renuncio a mi militancia y hasta les quito el nombre”.

Y es que, tras los conflictos agudizados entre grupos y corrientes internas, lo mismo en la fracción de Morena en el Senado que en la disputa ya abierta y encarnizada por la dirigencia nacional, el presidente tuvo que llamar al orden y romper con el compromiso que él había hecho de no meterse en los temas internos del partido que fundó y con el que llegó al poder. “Por eso no salimos del PRD y ahora aquí en Morena muchos se empiezan a comportar igual …al carajo los ambiciosos y oportunistas”, les dijo López Obrador a las fracciones parlamentarias de su partido y a los dirigentes nacionales en una reunión a puerta cerrada el pasado jueves.

AMLO se refiere a la tribalización que ve en Morena y a las dinámicas de pleitos internos entre los grupos y corrientes, que fueron exactamente la causa por la que abandonó al PRD y terminó desfondándolo para fundar a su nuevo movimiento político. En particular, el presidente se refirió en ese “regaño” a las élites morenistas, a la elección que viene por la dirigencia, la cual ha confrontado a tres grupos del gabinete y el partido: por un lado Marcelo Ebrard-Ricardo Monreal, con Mario Delgado, por el otro Yeidckol Polevnsky-Martí Batres, y por otro Claudia Sheinbaum-Gabriel García-Irma Eréndira Sandoval-Luisa María Alcalde, apoyando a Bertha Luján para la dirigencia. Para detener el caos y la confrontación que están secuestrando al partido, propuso una elección “por encuesta”, algo que fue aceptado por la mayoría de los presentes. A cambio el presidente se comprometió a que “nadie de su gabinete se meterá en la elección interna de Morena”, esto por las denuncias que se escuchaban contra Gabriel García, el coordinador de Programas de la Presidencia al que acusaron de dar “línea” a los superdelegados de los estados para apoyar a Bertha Luján y de poner a favor de la candidata el padrón de 1 millón de beneficiarios censados en el “Censo del Bienestar” de los programas sociales del gobierno federal.

EL HOMBRE Y EL CULTO
El problema que enfrenta el hoy partido gobernante es un problema estructural. Morena nació alrededor de un solo hombre y entonces ahora todos piden señales de ese “hombre”, que el “hombre defina”, pero él no quiere ya definir, porque lo que quiere es que se democratice, que se civilice y se institucionalice el partido. Y al no decidir “el hombre” que lo formó, varios personajes de la cúpula se sienten con derecho a decidir y buscan llenar el vacío de liderazgo. Es una contradicción totalmente estructural, propia de los partidos de izquierda basados en el culto al liderazgo de un solo hombre.

“Él formó una gran coalición política donde hay desde neoliberales y conservadores como Alfonso Romo, hasta radicales como Taibo, priistas nacionalistas como Manuel Bartlett o la izquierda ceuísta de Claudia Sheimbaun y Martí Batres, constitucionalistas liberales como Olga Sánchez Cordero, hasta activistas duros como Fernández Noroña;  todo ese coctel molotov de corrientes y expresiones van a causar la implosión de Morena, si se sienten, como hasta ahora, carentes de un liderazgo que no reconozcan ni acepten todos esos grupos ideológica y políticamente disímbolos”, dice un colaborador del gabinete y cercano a las cúpulas morenistas.

El problema es que si López Obrador llegara a cumplir su amenaza de irse de Morena y abandonar el partido que él fundo, eso plantea no sólo un problema para el proyecto del lopezobradorismo y de la Cuarta Transformación y sería como un balazo en el pie; la escalera por la cual AMLO subió al poder le puede ahora tirar en su proyecto de continuidad, pero el riesgo mayor es para la gobernabilidad del país. Si el partido que hoy tiene las mayorías en el Congreso federal, en los congresos locales, en una parte importante de las alcaldías y en una tercera parte de las gubernaturas, lo que vendría sería un caos y una anarquía que podría volver ingobernables a algunos grupos de poder en Morena y afectar la estabilidad de regiones del país o incluso áreas del gobierno.

El escenario que plantea la frase del presidente de “Me voy y les quito el partido y me llevo la marca”, sería la muerte porque en 6 años no va a consolidarse ni a institucionalizarse su partido, lo que pone en riesgo la continuidad de su proyecto, a menos que el presidente optara por acercarse a otra fuerza política ya existente o incluso impulsar una nueva opción política que aún así necesitaría tiempo. Y ahí cobra sentido un comentario que se les ha escuchado a algunos priistas de la cúpula, que afirman que “como Morena no le va a garantizar la continuidad de su proyecto a futuro, si continúa en esa dinámica, ahí va a estar el PRI para decirle a AMLO nosotros sí te lo garantizamos”. ¿Alguien puede imaginarse a un ex priista como el presidente volviendo, quizá con otra marca y con sus condiciones, con sus antiguos correligionarios?

Eso es lo que se está jugando en el llamado a la estabilidad y la unidad que le hace Andrés Manuel López Obrador a su partido, justo en la víspera de su primer informe de Gobierno: la continuidad de su proyecto de Transformación nacional que, según piensan adentro, sería un proyecto que requiere por lo menos de 18 años para realmente consolidarse. Si el neoliberalismo gobernó durante 36 años, como dice el propio Andrés Manuel, y un modelo tan devastador en lo económico y lo social se sostuvo por más de tres décadas por la alternancia democrática en la que se alternaban el PRI y el PAN con tal de no modificar el modelo económico, ¿cuánto tiempo puede durar el nuevo modelo que se propone la 4T si tiene el respaldo y la solidez de una fuerza política civilizada e institucionalizada?

El cambio de modelo, que el presidente define como “la separación del poder político del económico”, no lo va a poder hacer en 6 años, requiere de más y para trascender, ir más allá del sexenio, va a necesitar de un partido sólido e institucional; pero si como se ve hasta ahora que ese partido se le está “echando a perder”, ¿entonces qué opción le quedaría a López Obrador para dar continuidad a su proyecto transexenal? ¿Intentar la reelección presidencial, a través de la prolongación del mandato, no necesariamente por una reforma constitucional, mediante la consulta ciudadana al estilo Baja California?

[email protected]

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios