La rutina de la carpa

Salvador García Soto

El espectáculo de la Carpa fue por décadas uno de los entretenimientos favoritos del populacho mexicano y una variante teatral que se convirtió en una válvula de escape y en un foro público para la sátira, la parodia y la crítica política. En un tiempo donde la censura gubernamental se imponía sobre toda forma de expresión que cuestionara al “infalible” gobierno y a los gobernantes “intocables”, los actores y comediantes de las Carpas se convirtieron en auténticos voceros de la opinión popular que lo mismo cuestionaba al regente del DF, que se burlaba del presidente, de los gobernadores y de los secretarios del gabinete, ya sea por sus yerros, por sus amantes o por sus corruptelas.

La rutina de la Carpa era simple y predecible, pero muy efectiva para desatar la algarabía, el griterío y el alboroto del público que festejaba, con gritos, carcajadas y alguna que otra mentada, los puntillosos y afilados comentarios de los actores y comediantes que daban vida a los arquetipos populares de El Peladito, el Charro, el Chinaco, la China poblana, la borrachita, el Fifí o el Valedor. De las carpas surgieron cómicos muy queridos, algunos terminaban de vez en cuando en la cárcel, por sus ácidas críticas a los políticos, como Jesús Martínez Palillo, y otros se volvieron estrellas del cine y la televisión como Mario Moreno “Cantinflas”, Germán Valdés “Tin-Tan”, Adalberto Martínez “Resortes”, Roberto Soto “El Panzón Soto” y su hijo Fernando Soto “Mantequilla”, Fanny Kauffman “Vitola”, Amelia Wilhelmy y Delia Magaña, (la Guayaba y la Tostada) y Amparito Arozamena, entre muchos otros.

Aunque es un género ya en desuso, hoy la dinámica de la Carpa ha vuelto a ponerse de moda, pero ahora no en improvisados escenarios construidos con láminas o lonas, sino en el mismísimo Palacio Nacional, el centro del poder político y presidencial en México. Las conferencias mañaneras del presidente López Obrador pasaron de ser un ejercicio de comunicación e información a convertirse en un espectáculo político, con todo y sus personajes exóticos que hacen preguntas a modo, y con el actor principal que es el presidente haciendo una rutina de más de una hora, a la que hoy los millennials llamarían “stand up”, pero que se parece más a los números de las carpas mexicanas.

Y es que con su enorme habilidad política y comunicativa, López Obrador ha desarrollado una dinámica que mueve cada día a la opinión pública, a los medios, a los sectores sociales, económicos y políticos y por supuesto a las “benditas redes sociales” a las que pone a hablar y a reaccionar a su ocurrencia o su agenda política de cada día, creando polémicas y dinámicas de “dimes y diretes” sobre temas que la mayoría de las veces no son importantes ni de trascendencia para el país o para los ciudadanos, pero que sí le sirven en su estrategia mediática y política como efectivos distractores.

Tal como ocurría en las viejas carpas, el presidente hace la mitad del espectáculo y la otra mitad la hace el público (en este caso los ciudadanos y la opinión pública) con sus reacciones, griterías, comentarios, mentadas, memes y escándalos. Todas las mañanas, con sus propuestas, alocuciones y sus mensajes polarizantes, López Obrador desarrolla su rutina bien planeada y dominada desde su púlpito y con sus patiños contratados y pagados por su vocero Jesús Ramírez. Y después de dos horas, en cuanto sale por la parte de atrás de su salón-escenario del Palacio, o a veces incluso antes, sabe que vendrán los gritos, reclamos, aplausos, los memes y las mentadas… la excitación de un público que al reaccionar a los dichos y ocurrencias presidenciales completa la exitosa y probada dinámica de la carpa.

Para que la reacción sea más intensa, iracunda y automática, los mensajes y alocuciones presidenciales siempre contienen ataques bien pensados y dirigidos. Pueden ser a sus enemigos genéricos: “los conservadores”, “neoliberales”, “fifís” “la prensa vendida”, los “sabelotodo” o “el Prian y los mafiosos”; o también pueden ser a “adversarios” identificables: como los medios, los periodistas, los empresarios, los expresidentes y exfuncionarios del pasado, las calificadoras internacionales y ahora también actores, comediantes y cualquier otro que critique o cuestione sus decisiones y acciones como gobernante.

La dinámica carpense es y ha sido parte fundamental de la estrategia política y mediática del presidente López Obrador. Al principio de su gobierno la utilizaba para afianzar y mantener su elevada popularidad y su nivel de aprobación que llegó a estar hasta en  80%, pero conforme el desgaste de gobierno le fue pegando y sus números en las encuestas comenzaron a caer, la enfocó en tratar de detener la caída y para provocar encendidos y efectivos debates y polémicas en la opinión pública para distraer temas como la crisis de seguridad, la falta de inversión y crecimiento económico y el desabasto de medicamentos en el sector salud.

Hoy, en medio de la pandemia de coronavirus, que vino a alterarle todos sus proyectos y planes de gobierno, y que golpeará fuertemente no solo la salud de los mexicanos, sino la economía nacional y familiar con la peor recesión que hayamos vivido en décadas, de nueva cuenta el presidente recurre a su rutina de la carpa y alborota la gallera con una propuesta de adelantar la revocación de su mandato, con la que pretende volver a su planteamiento original de aparecer en las boletas de los comicios federales de 2021, que le rechazó de manera rotunda el Congreso de la Unión, en donde por mayoría unánime de todos los partidos, incluido el voto de Morena, se decidió constitucionalmente fijar la consulta de revocación en marzo de 2022, en su cuarto año de gobierno.

¿Por cuánto tiempo más le funcionará al presidente el número de provocar y alborotar desde su conferencia mañanera para tratar de controlar y manipular la agenda pública a su conveniencia? Todo indica que no por mucho más, porque si las crisis del coronavirus, la sanitaria, la social y la económica estallan con la intensidad con la que se anticipan, todo el escenario político del país y del mundo va a cambiar y, así como las carpas desaparecieron con la llegada de la radio y la televisión, es muy probable que a López Obrador ya no le alcance su rutina de todas las mañanas para gobernar a un país sumido en crisis.

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