Como aquel viejo coronel de García Márquez que carecía de amigos o personas que le escribieran, la Presidenta de México carece, no de escribanos, amanuenses o aduladores (sobre todo de esos últimos le sobran) pero sí de operadores políticos efectivos y experimentados. No hay en su gabinete, en ninguna de las posiciones y menos en las que se supone que tendrían esa función, políticos con la habilidad, la experiencia y lo que en política llaman “mano izquierda” para negociar, dialogar y resolverle crisis o problemas sin que sea ella la que tenga que desgastarse ante la falta de acuerdos.
El mejor ejemplo de esa carencia de personajes, hombres o mujeres que sepan operar políticamente para la Presidenta, es lo que le está pasando con su iniciativa de Reforma Electoral que nomás no ha podido presentarla al Congreso ante la falta de acuerdos y consensos, ya ni siquiera con la oposición, a la que su propuesta no tomó en cuenta, pero sí con los aliados legislativos de Morena -el PT y el PVEM-, que han puesto en jaque a la Presidenta y su proyecto de reforma, ante la incapacidad y cerrazón de ella y su gabinete para negociar y convencer de la validez de su propuesta.
Si uno revisa el gabinete de la doctora se encuentra sí con colaboradores de confianza de la mandataria, con algunas herencias que todavía arrastra del pasado sexenio y con buenos perfiles técnicos o académicos, pero en definitiva no hay en el equipo presidencial políticos capaces de resolverle crisis de gobernabilidad de manera rápida y efectiva, de mantener un diálogo mínimo con las dirigencias de la oposición, si acaso apenas ocurre en el Congreso cuando lo necesitan, y claramente tampoco tiene quien le opere sus reformas e iniciativas ante el Poder Legislativo.
El resultado de esa carencia que arrastra la doctora en su año cuatro meses de gobierno es que, invariablemente, todas las crisis, los problemas, las protestas sociales y ahora hasta la falta de consensos y acuerdos en el Legislativo, termina asumiéndolas ella, que en su mañanera se dedica a justificar, a explicar y hasta a defender a personajes impresentables de su partido porque nadie de su gabinete, ni de la parte política ni de ninguna otra, atina a resolverle los problemas y menos asumen públicamente los costos negativos de su ineficiencia.
La política interior en lo que va del sexenio es la que más saldos negativos le arroja a la Presidenta. Violencia que no cesa en varios estados, bloqueos carreteros, protestas y escándalos de corrupción o de excesos y desplantes mal manejados dentro de su movimiento han sido un frente constante contra su gobierno y a eso se suma ahora la incapacidad de conseguir los votos para tener la mayoría calificada para su reforma electoral, con sus propios partidos aliados y satélites.
Y con todo y que Morena y ella tengan todo el poder y que controlen ya los tres Poderes de la República y hayan arrasado o desaparecido a casi todos los órganos autónomos, al final no todo puede imponerse por la fuerza en un país que, les guste o no, sigue siendo una democracia, amenazada, imperfecta y en proceso de debilitamiento, pero al fin democracia. Y en el sistema republicano, federalista y democrático que todavía tiene México, el diálogo, el arte de la negociación y los consensos, siguen siendo necesarios en muchos temas de la vida pública, por ejemplo, el de las reformas constitucionales.
Dicen todos los expertos y tratados sobre el arte de gobernar, que los gobernantes no tienen que ser siempre lumbreras, personas superdotadas o líderes impecables, porque un buen gobernante se define y se valora mucho mejor a partir de su equipo de trabajo. Un líder real, con sentido común e inteligencia política, sabe que él no puede resolverlo todo y mucho menos tratándose de los problemas complejos de un país; pero lo que sí debería hacer un buen gobernante o líder es rodearse de personas capaces para que lo apoyen y le resuelvan problemas en las distintas tareas y una de ellas, de las más importantes en cualquier administración, es la gobernabilidad, el diálogo político y la generación de consensos.
Veremos qué sucede finalmente con la complicada Reforma Electoral de Sheinbaum que anoche seguía sin poder llegar al Congreso y con reuniones de emergencia otra vez con puros morenistas para, supuestamente, darle “los últimos toques”. Pero por más que la arreglen y la corrijan, hasta ayer la iniciativa de la doctora seguía muerta por la falta de votos y, a decir del propio líder de la mayoría morenista en la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal, es muy probable que no logre los votos del PT y el PVEM ante la negativa de aceptar los cambios que piden esos dos partidos.
“Nosotros los 252 diputados de Morena la vamos a respaldar y a apoyar, pero nuestros votos no alcanzan para que se apruebe y es muy probable que termine por ser rechazada ante la falta de mayoría calificada”, dijo con total claridad Monreal en la entrevista que le realizamos ayer en el Noticiero A la Una con este columnista.
Y aunque el mismo coordinador morenista trató de matizar diciendo que “no sería un fracaso ni una derrota política para la Presidenta, porque ella cumplió con el compromiso que hizo con la gente al enviar su propuesta”, la realidad y la tradición legislativa dicta que una reforma de ese calado, como la que propone Sheinbaum, tendría que haber llegado con todos los consensos (previamente negociados y tejidos por sus operadores políticos, en este caso inexistentes) alcanzar la mayoría calificada, si eso no ocurre, aquí y en cualquier democracia que se precie, eso se llama fracaso político y legislativo.
Definitivamente, lo reconozca o no, la Presidenta necesita urgentemente revisar su gabinete y allegarse a buenos operadores y negociadores que le ayuden a hacer mejor política, a abrir el diálogo democrático y a evitar que su ejercicio de gobierno deje de ser el soliloquio de cada mañanera y de reuniones sólo con morenistas, pero sobre todo a operar y consensuar sus iniciativas y propuestas al país y al Congreso.
Y eso le urge, porque si no este sexenio acabará como aquella novela del célebre Premio Nobel colombiano, que en su amargo final, tras meses de hambre, la espera inútil de una pensión, la esposa del coronel le pregunta qué comerán si el gallo pierde o no se vende, a lo que el coronel responde con firmeza: “Mierda”.
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