La primera referencia que tuve del gobierno de Luis Echeverría Álvarez se remonta a mi infancia. El populismo y la demagogia que llegaron con él a la Presidencia de México se expresaban popularmente en una cantaleta que la gente repetía en las calles por aquellos años 70 y que daba cuenta del estilo de gobernar que imperaba en el país en ese momento: “Estos huaraches que traigo yo, Echeverría me los compró; con el dinero que me sobró, chicles motitas me disparó”.

Las nuevas generaciones que no conocieron ni vivieron el echeverrismo, con toda su carga demagógica, sus sueños de grandeza, sus delirios por el mexicanismo y por supuesto su rostro autoritario en lo político, y dadivoso, caprichoso y patrimonialista en el uso de los recursos públicos, hoy pueden tener una idea bastante clara con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador que retoma, en muchos sentidos el estilo y las formas de gobernar del expresidente fallecido hoy a los 100 años de edad.

La inocencia de aquella cancioncita que repetíamos de niños pronto se tornó en desilusión y desencanto cuando, al final de su gobierno, en 1976, Luis Echeverría Álvarez dejó un país en crisis, una inflación que disparaba los precios de alimentos y provocaba escasez y carestía, y un sueño frustrado de no haber encabezado nunca al Tercer Mundo, pero sí seguir siendo parte de los países más pobres y olvidados por el desarrollo internacional.

De ser un presidente simpático, folclórico y elocuente, Echeverría pasó a ser un expresidente odiado y repudiado, símbolo de la corrupción y del autoritarismo asesino que había ordenado la masacre de estudiantes en Tlatelolco en 1968 cuando despachaba como poderoso secretario de Gobernación. En las mesas de las familias más pobres de México escaseaban los alimentos; no había azúcar y la que había se tenía que conseguir en el mercado negro a precios estratosféricos. Los comerciantes especulaban y muchos productos básicos no se encontraban en los pocos supermercados que había entonces y menos en la Conasupo, que era la tienda a la que acudían los sectores más pobres.

Crecí con esa amargura y ese coraje hacia Echeverría , de ver a mis padres sufriendo por la escasez y buscando cómo alimentarnos y cómo conseguir los productos que escaseaban y para los que tampoco alcanzaban los pocos ingresos por la desorbitada inflación. Ese coraje crecería cuando, como estudiante de periodismo, conocí del papel que había jugado el oscuro secretario de Gobernación de Gustavo Díaz Ordaz , y la forma en que su influencia fue decisiva para que desde Los Pinos se haya ordenado al Ejército mandar al Batallón Olimpia aquella tarde del 2 de octubre a la Plaza de las Tres Culturas, a disparar contra los estudiantes y a intentar frenar, con la violencia y la sangre, el clamor de una generación que sólo pedía libertad y fin al autoritarismo que gobernaba al país.

Ese talante autoritario y represivo, que trataba de esconder con su populismo benefactor, afloraría también durante su mandato con la matanza del Jueves de Corpus Cristi , el 10 de junio de 1971, cuando grupos de choque entrenados por el Ejército mexicano, irrumpieron violentamente en la manifestación de estudiantes del IPN, armados con pistolas y palos con los que golpearon y asesinaron brutalmente a los jóvenes y maestros que participaban en aquella marcha. Una recreación de esos hechos que dieron pie a la llamada “Guerra Sucia” del gobierno federal hacia la disidencia política y juvenil, aparece fielmente retratada en la película Roma de Alfonso Cuarón .

A finales de los años 90, cuando llegué a la Ciudad de México como reportero de la fuente política del antiguo Heraldo de México, me tocó conocer en persona a Echeverría y entrevistarlo en su mansión de la calle de Magnolia 131, que había sido bautizada como “La Cueva del Diablo” por aquello de que al expresidente le apodaban “El diablo de San Jerónimo”. La rabia y la impotencia de un niño que veía la necesidad y el sufrimiento en su familia, se me salieron por los ojos cuando lo tuve enfrente, pero en mi obligación de periodista traté de controlarlos.

Teniéndolo enfrente, adentro de su casa, a donde se nos permitió pasar a un grupo de reporteros que montábamos guardia afuera para tratar de obtener una declaración suya, sólo pude odiarlo en silencio, mientras preguntaba y anotaba en mi libreta lo que el expresidente respondía a los señalamientos que sobre él y su papel en la muerte de Luis Donaldo Colosio acababa de hacer Carlos Salinas de Gortari en una declaración que rindió en Dublín al fiscal del Caso Colosio, Luis Raúl González Pérez. Era noviembre de 1996 y Luis Echeverría tenía entonces 74 años.

Vendrían después las acusaciones penales por el delito de genocidio contra Echeverría y su exsecretario de Gobernación, Mario Moya Palencia. Ya era el año de 2004, yo ya era columnista y me tocó seguir y documentar todo ese proceso histórico que inició el presidente Vicente Fox aconsejado por su fallecido consejero Adolfo Aguilar Zínser y la Comisión de la Verdad que investigó las muertes y desapariciones ocurridas en los 60´s y 70´s durante la mencionada “Guerra Sucia”. Echeverría se defendió de las acusaciones y apeló la sentencia de los jueces que lo declararon culpable del genocidio contra los estudiantes de Tlatelolco y contra jóvenes militantes de grupos guerrilleros y organizaciones políticas clandestinas de aquellos años.

En 2004 lo acusaron penalmente; en 2006 un juez lo declaró culpable y se le dictó arresto domiciliario en su domicilio del Pedregal y para el 27 de marzo de 2009 un Tribunal Federal lo exoneró de cualquier responsabilidad en el delito de genocidio. Ya para entonces Echeverría tenía 87 años y su salud estaba cada vez más deteriorada, si bien se mantenía lúcido y en la perversidad que siempre le acompañó.

Aquella mansión de San Jerónimo, donde guardaba una sala con todos los reconocimientos, premios y fotografías de sus giras internacionales por todo el mundo con gobernantes de varios países en aquella época, se convirtió en su guarida, en su hogar y refugio, pero también en su cárcel donde permaneció los últimos años en un encierro voluntario. El pasado 17 de enero, todavía festejó su cumpleaños número 100, en una comida con sus hijos y luego en un homenaje que le brindaron excolaboradores y amigos suyos y en el que estuvo presente vía zoom.

Aunque ayer murió en su residencia de descanso de Cuernavaca, al final de una vida de 100 años de poder, delirios de grandeza, perversidad y sin duda maldad, Luis Echeverría Álvarez pudo librar la justicia humana, si bien fue sentenciado como genocida y luego exonerado por la dudosa justicia mexicana. Pero de lo que nunca se escapó en vida, ni se escapará en su muerte, es del juicio de la historia y en ese será siempre un asesino de estudiantes; un hombre que terminó con los sueños, lo mismo de un país estable económicamente al que metió en una espiral de crisis interminable, que de jóvenes que soñaban un país mejor y más libre. Tal vez a partir de ahora se escuche por las calles de San Jerónimo el penar de un demonio de ojos pequeños y sonrisa perversa; tal vez se murió Echeverría pero no sus estilos y formas autoritarias de gobernar por capricho; su populismo y demagogia, tristemente, hoy siguen muy vivos en el México actual.

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