Un mapamundi espiritual de la pandemia

Sabina Berman

Antes de aterrizar en la realidad de México, quisiera por algunos párrafos abrir el panorama y darle una vuelta al planeta a vuelo de pájaro. 

La pandemia empezó en Asia. En el mundo de raíces budistas. El budismo es una cosmogonía que hace equivalente a la Naturaleza con la realidad y considera al ser humano como a un trozo de la Naturaleza. En consecuencia, y a pesar que el virus es invisible, los países de origen budista aceptaron casi sin chistar su existencia y letalidad. 

Cerraron muy pronto sus fronteras. Hicieron numerosas pruebas para mapear el contagio. El confinamiento fue estricto, obligatorio y largo. El uso del cubre bocas fue también forzoso. 

El resultado es que (si ponemos a un lado los muertos en India, cuyo número de muertos es terrible) los países asiáticos tuvieron pocas muertes —en la mayoría de los países menos de mil— y hoy mismo ya viven fuera del confinamiento: aún si sus fronteras siguen blindadas, sus economías están ya abiertas, funcionando y boyantes, y la gente convive y trabaja, aún si usando cubre bocas. 

La pandemia llegó después a Europa, la cuna del Humanismo. Es decir, la cosmogonía que pone al centro al ser humano y considera a su pensamiento como el magnífico instrumento para subordinar a la Naturaleza. Ahí, leales a su fe en la inteligencia humana, los gobiernos pensaron complicadas estrategias para lidiar con el virus, estrategias que equilibraban la salud colectiva, la economía y la libertad individual

Cerraron tarde sus fronteras. Ordenaron confinamientos obligatorios, pero los abrieron prematuramente y luego los volvieron a cerrar. Y en consecuencia las curvas del contagio y de las muertes bajaron y volvieron a subir y han vuelto a bajar. 

En América, lo que mostró la pandemia es que no somos budistas, pero tampoco humanistas, como solemos presumir: somos economicistas. Por lo menos en los tres países más grandes del continente —Norteamérica, Brasil y México—, las decisiones de los gobiernos actuales colocaron la autoridad en tiempos de pandemia en los números de la economía. 

En estos tres gigantescos países no se impusieron ni el uso obligatorio del cubre bocas ni confinamientos estrictos, ni se mapeó el contagio –y eso para cuidar a la sagrada economía. 

En consecuencia, acá la pandemia ha estado y está descontrolada. 

Se sabe ahora, gracias a la publicación de la correspondencia de funcionarios de la Casa Blanca, que de cierto el presidente Trump se propuso disuadir a la gente del uso de mascarillas y combatió los confinamientos, aún los voluntarios, con la inconfesable esperanza de que “se infectaran todos” los norteamericanos: “We want them all infected”, a decir de una instrucción de un subalterno inmediato de Trump. La idea era alcanzar la inmunidad de rebaño, asumiento 3 millones de muertos, una estrategia que permitiría a la economía seguir viento en popa. 

En México la decisión de cuidar sobre todo la economía, se sintetizó en una expresión que el presidente López Obrador pronunció a menudo durante el inicio de la pandemia. “No vamos a endeudarnos”. Es decir, la decisión fue no cerrar la economía —o al menos no durante tiempo prolongado— y así no sacrificar el futuro económico del país a cambio de salvar vidas. Una decisión que además se transparenta en el gasto que se ha hecho en lo sanitario. Debajo de un punto del PIB –cifra que vale la pena comparar con el gasto de Alemania, de 15 puntos del PIB. 
Más importante que opinar sobre estas decisiones, es entender que esa fue durante un año y hasta hoy la estrategia mexicana ante la pandemia, y sería de esperarse que a cambio del sacrificio de vidas nuestra recuperación económica sí será mejor que la europea. 

Ya veremos. Solo el tiempo podrá respondernos eso. 

Lo que es seguro es que ya no fue mejor que la asiática. Los países asiáticos nos han dado a las demás sociedades humanas una lección: se hincaron con humildad budista ante la realidad del virus, y tomaron desde esa claridad mental decisiones, colectivas y firmes. 

Y como escribía párrafos arriba, hoy mismo sus economías están abiertas y prosperando, y en Taiwán, y otras ciudades de Asia, desde el pasado agosto, ya se celebran conciertos de rock en estadios para diez mil personas. 

Ommmmm. 

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