Piensa como una mujer (dijo el señor Dios)

Sabina Berman

De pronto solo hubo cuatro verdades. Luego dos. Por fin solo una, que dijeron a coro

Empezó a suceder dos semanas después de que murió don Timoteo, el líder de la tribu huichola. Un niñito que caminaba por el centro del pueblo, un círculo de polvo blanco, desapareció.
 
Al cabo de una larga búsqueda, encontraron sus huesitos limpios de carne en las afueras del pueblo, entre los troncos de los pinos. 

Un par de días más tarde, una niña que jugaba matatena solita en el patio de la casa de sus papás, fue abrazada por la cintura por el largo brazo peludo de un chimpancé enorme. Su mamá vio por la ventana como el mono gigante se la llevaba abrazada al pecho plano y blanco. 

Los huesos cortos y limpios aparecieron también entre los pinos. 

Así, cada dos o cuatro días, un niñito era sustraído del pueblo y convertido en huesos regados por el bosque. 

Iban ya ocho niños devorados, cuando Doña Maya, la viuda más vieja de don Timoteo, se reunió con las otras seis viudas en la cocinita de su casa de cemento, y ahí, apenas con espacio entre cuerpo y cuerpo, las mujeres hablaron entre sí como hablan los huicholes

Cada viuda dijo su verdad en voz alta y si le parecía que su verdad se parecía a la de otra viuda unía su voz y ajustaba sus palabras a las de ella, para decir la verdad compartida. De modo que pronto solo hubo cuatro verdades. Luego dos. Por fin solo una, que las siete viudas dijeron a coro: 

—¿Qué hubiera hecho don Timoteo? La Maya lo sabe porque se acostó con él más veces. 

—Pues sí –respondió resignada Maya. 

Era cierto: su esposo la buscó por las noches, para dormirse abrazado a ella, aún después de su último matrimonio con una chamaca de 16 años. 

Esa noche, Maya comió peyote y se tendió en su catre a esperar a su esposo muerto. Amanecía y las nubes envolvían al pueblo, un caserío enclavado en las montañas, a mil metros abajo se divisaba la ciudad de mestizos de Tepic, cuando la puerta del cuarto de doña Maya se abrió y entró don Timoteo, vestido de blanco, se quitó el sombrero de paja, tomó asiento en una silla de asiento de mimbre y le dijo a su viuda: 

—Lo que yo haría, m´ija es mandar comprar fusiles y poner vigías en las afueras del pueblo, para que maten a balazos al primer mono gigante hijo de su desgraciada madre que vean. Pero no seas taruga, m´ija. Tú no eres yo. Mejor piensa como mujer, así te lo manda decir el señor Dios. 

Y según me contó Maya a mí, eso hizo. Pensar como la guardiana principal de la cocina y de los 27 hijos y los 68 nietos del que había sido su esposo y el guía de la tribu huichola por cincuenta años. 

Preparó comida deliciosa, tamales de chapulín, carne de puerco y melaza rosa, y se fue al bosque. Prendió una hoguera, puso el cazo con tamales a calentar y a echar vapores aromados de carne, miel y maíz, y ella se sentó a esperar sobre una roca. 

Fue de nuevo al alba que recibió a su invitado, el enorme chimpancé de pecho blanco, ojos saltones y rojizos, barbita en piocha blanca, dientes grandes como de lobo. Comieron juntos, a un lado y otro de la hoguera. Doña Maya le lanzaba un tamal y él se lo metía a la bocota y lo trituraba con la dentadura. 

Al rato fueron apareciendo los otros chimpancés de la tribu. Monos gigantes, monos jóvenes, monitos pequeños. Doña Maya les fue lanzando tamales y ellos, acuclillados alrededor de la hoguera, los trituraban con los dientes. 

A medio día el pueblo entero se reunió en la plaza en forma de círculo y doña Maya les anunció que el chimpancé estaba de acuerdo en ya no robarse y comerse niños y niñas. 

—Pero a cambio nosotros tenemos que llevarle a su tribu tamales, porque ya no hay en el bosque comida para ellos. Ni ardillas. Ni pájaros. Ni nada. 

Esta vez no hubo debate de verdades entre los huicholes: todos alzaron la voz para decir la única verdad: 

—Pero a cambio nosotros tenemos que llevarles tamales. 

Así volvió la paz y la armonía a ese pueblo huichol, y fue así que por primera vez en la historia que recuerdan de sí mismos, una mujer se volvió su guía. 

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