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La paradoja de la tolerancia

Sabina Berman

¿Cuál es el límite que podemos y que debemos marcar a la libertad de algunos en nombre de la libertad de todos?

La Democracia según Trump incluye su derecho a dar un golpe de Estado a la Democracia. 

Twitter le respondió que nones. Le cerró su cuenta, para impedir que siga incitando a las hordas de sus adoradores a intentarlo. 

Ya escuchamos la opinión del Presidente López Obrador al respecto. Es peligroso, dijo, que los dueños de las plataformas de las redes sociales decidan qué es publicable y que no. Esos señores podrían en un futuro no lejano decidir gobernar al mundo. 

La pregunta de fondo acá es simple. ¿Una Democracia debe tolerar la difusión de la intentona de aniquilar la Democracia? 

Una versión extendida de la misma pregunta empieza a ser menos simple. ¿Una sociedad abierta y tolerante debe ser tolerante con quienes son intolerantes –y por ejemplo, se organizan para desacatar lo que los votos de una mayoría eligió– o para dañar a un grupo minoritario e indefenso?

El llamado a la libertad irrestricta en las redes es congruente con la biografía del Presidente López Obrador. Durante diez años, López Obrador fue censurado en las grandes televisoras y la radio –y sin la libertad de las redes sociales, donde pudo comunicarse con la población, no sería hoy Presidente. 

Me pregunto sin embargo: si de pronto surge una fuerza guerrillera de Derecha –digamos el Yunque armado— y vía la red profunda se organiza para el asalto a golpes de metralla del Palacio Nacional, ¿López Obrador cambiaría de idea? 

Los alemanes tienen otra biografía nacional que la nuestra, y por ello otra postura ante la tolerancia. 

Aprovechando las libertades de la Democracia, un demagogo llevó a los alemanes primero a una dictadura racista y luego a una guerra mundial –que perdieron catastróficamente y gracias a Dios (porque de no haberla perdido yo hoy sería esclava en Auschwitz —y estaría muy flaca). 

En consecuencia los alemanes hoy prohíben todo discurso público racista, o en general de odio, o que incite a la disolución del Estado democrático. Eso incluso en Twitter o Facebook

Publicas en Alemania hoy un tuit que llama a quemar una mezquita o a invadir el Reichtag –el Congreso— y por orden del gobierno te cierran tus cuentas en redes, sin mayores indagaciones. 

Aún más: incitas a lo mismo en la calle —fuera de las redes—, y de todas formas te cierran tus cuentas en Twitter y Facebook. 

Carl Popper, el inventor del término Sociedad Abierta, pone en estas palabras la paradoja de la tolerancia. “La tolerancia ilimitada”, escribe, “conduce a la desaparición de la tolerancia”. 

Lo desgloso. Si extendemos la tolerancia ilimitada aún a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes; el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia.
¿Alrevesado? ¿Complejo? Bueno, así suelen ser las paradojas. 

Pero ¿cuál es ese límite que los tolerantes debemos imponer a los intolerantes? 

¿Se vale amenazar de muerte a otra persona en Twitter? ¿Se vale inventarle historias delictuosas? ¿Se vale llamar a violar feministas? ¿Se vale invitar a la gente a salir en medio de una pandemia, cuando nos encontramos en semáforo rojo, a “ser libres y gozar la vida fuera de casa”? 

¿Cuál es el límite que podemos y que debemos marcar a la libertad de algunos en nombre de la libertad de todos? 

Los que queremos vivir en un siglo 21 donde no rija el odio y la Dictadura —o el Caos—, donde rija en cambio la tolerancia y la Democracia –debemos preguntárnoslo. 

Debemos debatirlo abiertamente, debemos acordarlo y debemos exigir que ese límite sea respetado en los medios antiguos y en los nuevos. 

Porque en efecto, si no lo decidimos los muchos, lo decidirán los pocos: los dueños de Twitter, Facebook e Instagram

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