El tapabocas del Presidente

Sabina Berman

En estos días de soledad he redescubierto el inmenso placer de charlar conmigo misma: siempre tengo la razón, y de ahí deriva el placer. 

Y cuando debato conmigo misma, en escenas que llegan a ser tan tremendas como las del príncipe Hamlet y suelen desembocar en la cocina a media noche, gane quien gane el debate, al final lo gano Yo: decía que de ahí deriva el placer. 

Bueno, llevo semanas discutiendo conmigo misma por el tapabocas del Presidente. Más bien por el tapabocas que el Presidente lleva 5 meses sin querer ponerse, mientras el resto de la especie acopia pruebas de que es un pedacito de tela que disminuye de forma importante la trasmisión del virus. 

—No lo necesito —dijo hace meses el Presidente. 

Pues no, dijo mi Yo chairo. ¿Para qué lo necesita, si sus espacios son desinfectados a diario y sus visitantes testeados antes de acercársele? Qué bueno que el Presidente hace gala del privilegio de su investidura. 

Mi Yo informado respondió entonces con una proyección de la Universidad de Washington: si el 95% de una población usara tapabocas, 30% de las muertes se evitarían. 

—¿Por qué —preguntó mi Yo informado en voz alta— no lo usa el Presidente por el bien de todos, no el suyo? 

El Presidente es, amén de un ser humano, un símbolo: debiera encarnar el símbolo de lo propicio en este momento: un ser humano con tapabocas. 

—Lo usaré cuando se acabe la corrupción —declaró el Presidente hace unos días. 

Mi Yo melancólico entonces preguntó: 

—¿Por qué bromea el Presidente con el contagio de una enfermedad que ha matado ya a 50 mil mexicanos?

El Presidente ha dicho también hace poco, acerca de la pandemia

—Esto es un sueño. Una pesadilla. Pasará. 

Es acá donde mi Yo profético encarnó y se unió al debate: 

—Creo que en este deseo fervoroso del Presidente se cifra su rechazo al tapabocas.
 
El Presidente desea que esto sea un sueño y al presentarse con el rostro descubierto, parece asegurar que ese advenedizo venido de la Nada, el virus, no será capaz de cambiarle una estrategia de gobierno que él diseñó en largos desvelos y caminatas a lo largo de 18 años. 

—Si es así —respondió mi Yo informado—, el Presidente se equivoca. La pandemia no es un sueño pasajero y el virus ya le cambió el tablero al Presidente: ya cambió al país y al mundo: por eso ahora debe revisar su estrategia entera. 

¿Qué sentido tiene hablar de crear 2 millones de nuevos trabajos, si la pandemia ha lanzado al desempleo ya a 10 millones de trabajadores? 

¿Qué sentido tiene construir un nuevo aeropuerto, si el actual está semi-desierto, y la industria aeronáutica colapsa por el planeta? 

El Presidente ha hecho bien en gastar el dinero del Estado en los pobres y la clase media. 70% de las familias hoy reciben un mínimo que hace la diferencia entre comer o no. Pero respecto al resto de su estrategia, el Presidente debiera revisarla a la luz de la pandemia. 

No, no las metas de la estrategia —un país menos desigual y sin corrupción— pero sí la estrategia. 

—Porque de nuevo, esto no es un sueño: es la realidad—: mi Yo profético. —No pasará dejándonos el mismo mundo que el de ayer. 

Es ya la realidad de un sistema económico hundido en la depresión. Con una nueva clase pequeñísima, del 0.01%, de ultra-billonarios, entre ellos algunos de una crueldad índice nazi. Y una clase media, educada y emprendedora, que está cerrando sus empresas, o perdiendo sus empleos en esas empresas medianas y pequeñas, y se observa a sí misma, con azoro, descender a la pobreza, sin que al Presidente parezca importarle. 

Una nueva realidad también en la dimensión ideal: en la mente colectiva hoy cruzan nuevas descreencias y nuevas ideas: la descreencia en el Capitalismo y en la Democracia y aún en los gobiernos nacionales, y nuevas ideas de cómo vivir, cómo organizarse con los otros, cómo insertarse mejor en la Naturaleza gracias a la tecnología: la materia de una nueva revolución

No sé qué decida el Presidente respecto a su tapabocas, mis diez Yos reunidos en la cocina tomamos té y acordamos lo que mi Yo natural enuncia: 

—Hay que ponerse el tapabocas y quitarse de los ojos las arenillas del sueño. 

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