1. Epstein pensaba a las niñas como un side dish.
Algo extra. Un accesorio. Un pequeño lujo de 600 dólares.
Estaba en una cena con Chomsky y Bill Gates y se disculpaba, voy por un masaje, decía, e iba al tercer piso por su masaje con final feliz realizado por una niña bonita de 16 años.
Luego regresaba a la gran mesa de los hombres sabios a seguir dando cátedra sobre las verdades del mundo.
O le mandaba un regalo a su abogado por avión: una niña esbelta de 15 años, un cervatillo, para que la niña hincada le diera al gran ponte de la Ley un masaje en los genitales.
Un side dish. Un postrecito. Una botella de coñac.
“Dime qué día debo llegar a tu isla”, le escribió Elon Musk a Epstein. “¿Navidad o Fin de Año?, ¿cuándo será the wildest party –la fiesta más salvaje?”
“¿Podemos conseguir unos vientres para procrear unos hijos?”, le escribió Epstein a un ginecólogo.
Y a un pediatra le pregunta como “aumentar la fuerza de succión de un bebé”.
No en vano el código del Club de Epstein para nombrar niñas era: pizzas; niños: hot dogs; bebés femeninas: quesos.
Eran un postrecito. Un antojo.
2.
¿Qué ha cambiado desde esos días a hoy que hoy los cófrades de Epstein ya no duermen tranquilosy se despiertan afiebrados y asediados por el miedo?
El relato.
Desde entonces a hoy, lo que cambió es el relato.
Nosotras las mujeres lo hemos ido cambiando.
Para empezar, nos hemos puesto a nosotras mismas dentro de lo que vale la pena de contar.
Y la textura del relato es más empático. ¿Es que somos más empáticas por naturaleza las mujeres?
Sí, tenemos cuerpos listos para ser madres. Nuestros cuerpos, biológicamente, están equipados para la conexión. Para el contacto, para alimentar, para dar.
Y así, relatado desde lo femenino, lo que hacía Epstein hoy se cuenta muy distinto.
3.
Se cuenta así.
Epstein no tenía side dishes. Tenía víctimas: las niñas.
No le daban masajes: cometía lo que hoy la Ley aumentada por las mujeres ya considera un crimen: el contacto sexual con un menor.
Epstein no le mandaba un regalo a su abogado o a Bill Gates: traficaba prostitución; y al involucrar a sus amigos, los incriminaba y los volvía sus cómplices.
Su sueño de impregnar vientres hoy suena nazi.
Y Musk no fue a reventar un día en la isla de Epstein: fue a firmar con los machos más poderosos del mundo un pacto de sadismo.
Porque seamos objetivos: penetrar el pequeño sexo de una niña virgen de 14 años con un pene de 50 años no es una predilección erótica: es sadismo.
“La Empatía es la debilidad fundamental de la Civilización de Occidente”, posteó en X Elon Musk hace apenas un año.
Días después alzó en un mitin la diestra en el saludo nazi.
Hoy financia a los políticos de ultraderecha, esos que mandan a policías a golpear a inmigrantes para botarlos al mar.
Y sí, el sadismo es al día de hoy el paradigma al centro del clan de los billonarios.
4.
De cierto, si es relatado no desde el egoísmo, sino desde la Empatía, mucho de lo que los billonarios hacen hoy mismo es del calibre de sadismo de lo que hacían con Espstein ayer.
La ingeniería financiera para no pagar impuestos y dejar así a los servicios públicos en bancarrota.
La astucia para no pagar salarios dignos a sus millones de trabajadores.
El financiamiento de políticos que eliminan los servicios públicos dejando a los muchos desamparados.
Su compra y manipulación de los medios y las plataformas para impedir la comunicación espontánea y así evitar la organización de los muchos y propiciar la polarización y la violencia.
Los billonarios han declarado una guerra mundial contra la Empatía.
Y para contener esa guerra y luego ganarla para la Empatía, a la Izquierda le hace falta enhebrar otro tipo de relato.
Menos reactivo a la crueldad. Lejos de las abstracciones heredadas de los siglos XIX y XX. Enraizado en lo concreto –la comida, el salario, la salud, la educación, el tiempo libre, la ciencia y la belleza—. Y asumiendo el feminismo, la biología y la naturaleza.
Vamos a ello.
dft

