Era viernes y día de pago de quincena. La ciudad era un inmenso estacionamiento: parachoque contra parachoque, los vehículos avanzaban como una procesión interminable de tortugas.

—No lo soporto —dijo en voz alta Sofía, el pelo negro húmedo de sudor, prendió otro cigarro, como si al aire oloroso a gasolina lo que le faltara fuera humo, pulsó en el celular el número del director de la agencia.

—Oye jefe —dijo con voz llorosa—, no llego a la cita con el cliente y no puedo hacerte llegar las ilustraciones. Las hice en papel.

Bajó la cabeza, fumó así, la frente contra el volante, las orejas copadas por el bla bla bla del radio y el rumor de los motores.

—Lo peor —dijo Sofía para sí— es que llevo años diciéndome a mí misma que no lo soporto.

Bajó del Pointer, el block de dibujo bajo un brazo, en la mano el celular. Dejó sobre el cofre de un Sentra el celular. Sobre la cajuela de un Bora el block de dibujo. Se bajó del asfalto al pasto arbolado y no paro de avanzar –a pie, en camión de pasajeros, en autobús de redilas— hasta llegar a la granja arruinada que le había heredado la abuela Sofía en las afueras de un pueblo.

Una cabaña de piedra negra rodeada de un corral con borregos, ahí arriba de un monte.

Le gustaron los borregos de lana grisácea. Le gustó más dormirse con el sol y despertarse con el sol. Le gustó el aire frío y puro del invierno. Le gustó tener solo un espejito del tamaño de una hoja carta para mirarse.

El corazón se le relajó. Se le apaciguó.

Y luego, cuando llegó el calor, le asombró la fecundidad de la Naturaleza. Luego de los meses en que amanecía el suelo escarchado, en cosa de dos semanas el suelo se llenó de hierba que le llegaba a las rodillas.

—Oye, ningún sistema humano produce algo así de prisa –se dijo a sí misma.

Los pájaros que fueron llegando le parecieron imposibles. Bolitas de carne capaces de remontar el vuelo decenas de metros a lo alto. Las mariposas blancas y naranjas que llenaron las frondas de los árboles le hacían reír a solas. Como si fuera una marciana recién llegada a la Tierra, andaba con la boca abierta.

—O no como una marciana. Como decían que andaba la abuela Sofía, a todas horas admirada y hablando consigo misma.

Y por fin cuando los borregos empezaron a parir, se quedó pasmada. Parían berreando y luego se alzaban y caminaban como si cualquier cosa.

Un día, habrán pasado un par de años de que Sofía llegó al monte, se presentó en la cabaña un hombre de corbata y traje. Venía con las perneras del pantalón manchadas por la hierba alta que llenaba la granja.

El hombre fue muy directo:

—Carajo, hasta acá vives, de haberlo sabido contrataba un helicóptero para llegar.

Traía una propuesta. Quería decírsela dentro de la cabaña, luego de tomarse un vaso de agua. Un vaso que se tomó oteando las pilas de dibujos colocadas en una mesa grande.

Bueno, el hombre había detectado que la lana de los borregos de Sofía era la más blanca de la región y quería asociarse con ella para montar una fábrica de borregos.

—Compramos 20 hectáreas alrededor de acá. Instalamos un establo industrial. Contratamos unos cien peones. Exportamos, socia. Nos hacemos ricos en serio.

Le mostró la pantalla de su celular. Estaba llena de números en varias columnas.

—No puedo –: Sofía alzó la vista del celular. –Me volvería pobre.

Nota. Esto lo cuento recién se ha inaugurado en el Museo del Prado la exposición retrospectiva de Sofía Ontiveros. Ocho salones con dibujos a lápiz de borregos y temas afines. Por cierto que me despido: para visitarla, estaré ausente algunas semanas.

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