De cómo un hombre bueno hace el mal a las mujeres

Sabina Berman

Jamás le ha pegado a una mujer. Menos ha matado a alguna. Ni de lejos es ese tipo de salvaje.

—Al contrario, yo respeto la causa de las mujeres –dice hinchando el pecho el héroe de nuestro relato. —Su lucha por la igualdad me parece justa.

Pero respeta esa causa de lejos. Como si sucediera en un planeta vecino. En Venus.

Cuando era niño su padre le explicó la diferencia entre las mujeres y los hombres. Lo puso ante las puertas de los cuartos de baño. “Por la puerta donde hay un dibujo de una bailarina de ballet, nunca entres”, le dijo. “Nunca. Por la puerta donde hay unos bigotes, sí.”

De ahí que en sus 55 años de vida nuestro héroe no ha leído un solo libro sobre feminismo: no se ha metido en ese asunto de mujeres. Vaya, tampoco ha leído un artículo sobre el tema. Cuando ve alguno en el periódico, respetuosamente cambia la mirada a otro artículo.

—Lo dicho –explica— sé que no debo entrar ahí.

Es verdad, tiene amigos que son violentos con las mujeres. Con sus parejas o sus hijas o sus empleadas. Las callan bruscamente. Las llaman tontas. O ineptas. O aluden a su cuerpo. Las llaman feas. Brujas. O hacen bromas sobre “las viejas”. Él no se mete ahí. Otea la humillación y cambia respetuosamente la mirada a otro rumbo.

Su primo Ezequiel en cambio no solo humilla a su mujer, la vapulea un domingo sí y el otro también.

—Carajo, es una especie de deporte el de ese insano asno –dice indignado nuestro héroe.

Pero él no transgrede su respeto por el sexo opuesto y cuando la mujer de Ezequiel llega a las comidas domingueras con un ojo morado, no comenta nada: la saluda y la besa en la mejilla, junto al ojo morado.

—Me embronca –comenta nuestro héroe sobre ese enojoso asunto–, pero no me meto.

Pertenece orgullosamente a una institución donde hay 75 profesores y 5 profesoras.

—Pero no es verdad que seamos misóginos —protesta nuestro héroe, muy serio. —Lo que sucede es que hay una inercia misteriosa en esto de la contratación de mujeres.

Concretamente, ni el rector ni él ni ninguno de los profesores tienen contacto con mujeres académicas: ni trabajan con ellas ni las leen: les tienen respeto, eso sí, pero desde lejos, eso también. Ese es el mecanismo misterioso que explica su institución sin profesoras mujeres.

Y a veces, muy de vez en cuando, nuestro héroe consume pornografía. Va al table dance. A beber y mirar mujeres desnudas trepando por un tubo de acero. O ve en su computadora videos calientes. Le gustan especialmente las mujeres desnudas siendo penetradas desde atrás.

—Me excitan —dice, sonrojándose—, me provocan, ejem, erecciones, ejem, muy respetuosas.

También, aunque solo muy de vez en cuando, cuando su esposa se va de la ciudad y él se siente como un soltero, libre y un poco triste, contrata a una prostituta. A la hermosa y muy joven Elena de ojos verdes.

—Una adolescente exquisita —sonríe nuestro héroe.

Sabe que la mitad de lo que gana Elena se lo da a su padrote y la otra mitad se la paga también al padrote por la triste habitación de hotel donde vive.

—Pero la respeto –dice él –y no me meto en sus arreglos laborales. Le hablo, cuando le hablo de algo, de poesía. Le regalé Los versos del capitán, de Pablo Neruda.

Este 9 de marzo su esposa y su hija van a unirse a la huelga nacional de mujeres. “Va a caer, va a caer, el patriarcado va a caer”, le ha cantado su hija mirándolo directo a los ojos y con un misterioso énfasis, que él no comprende.

—Son mujeres privilegiadas, porque me tienen a mí para cuidarlas –dice él, y alza la barbilla con un orgullo de pater familias. –Y les dije que me parecía una estupidez lo de la huelga y les podía dar mejores ideas. Pero en fin, les he dado mi permiso para participar.

No sabe, nuestro héroe, que él es el patriarcado. La parte estructural del patriarcado. La pierna derecha en la que el patriarcado se apoya cuando con la izquierda patea a las mujeres.

De su indiferencia, de su abstención, de su dar un paso atrás ante el tema de las mujeres; de su adhesión verbal y completamente ignorante de la causa feminista; de su participar en las ceremonias de exclusión de las mujeres sin separar los labios; de su tomar los privilegios de haber nacido hombre sin parpadear: de ahí nace la prostituta esclavizada, la trata de blancas, la esposa golpeada, las diez asesinadas diarias en el país.

Si diera un par de pasos dentro del asunto de las mujeres, si leyera un par de libros de la experiencia feminista, si cuando ve un ojo morado en una mujer le soltara un puñetazo al marido, si suspendiera su omertá –su pacto de silencio— con hombres violentos, si le regalara una beca a la prostituta en lugar de penetrarla: vaya, si incluyera a las mujeres en el círculo de sus hermanos humanos: el patriarcado caería, caería, y se rompería la cabeza contra el piso.

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