Bendita ceguera

Sabina Berman

¿Debemos luchar por restituir nuestra forma de vida en ese porvenir pauperizado, o es tiempo de intentar nuevas formas?

1.
Tanto que no sabemos. En realidad, la mayoría de lo que ocurre a nuestro alrededor lo desconocemos. Y sin embargo, mientras tengamos ocupada la mente en alguna de las contadas certezas de las que somos dueños, nos sentimos a salvo. 

John Maynard Keynes, el economista inglés, le puso un nombre a esa bendita ceguera. IDOM. Insufficient Devices of the Mind. Es decir, Recursos Insuficientes de la Mente. Y comentó que nuestras crisis colectivas derivan casi siempre de ella. 

Ilustró el punto con una historia simple. Dos choferes de tráiler se encuentran en una carretera, parachoque contra parachoque, con un arrozal pantanoso a su alrededor. La carretera es demasiado angosta para que ambos pasen a la vez y cada chofer piensa que él debe pasar primero, mientras que el otro chofer debe meter su tráiler al pantano, es decir hundirlo en el fango. 

Como no ven otra opción, intentan negociar: uno debe traicionar su misión de llevar el tráiler hasta su destino. Pero como uno no convence al otro, se quedan paralizados, cada cual sentado ante el volante de su tráiler, esperando que el otro chofer ceda. 

Si supieran más de su entorno, por ejemplo: que el pantano es somero, que 10 centímetros abajo de su lodo el piso es duro y firme, y soportaría un tráiler, solucionarían el paro. Lanzarían una moneda al aire y el azar elegiría cual bajaría su tráiler del asfalto y dejaría pasar al otro, sacrificando apenas 10 minutos de tiempo. 

Pero los choferes no saben más que lo que saben, que el otro chofer les estorba, y eso que saben es lo que les impide averiguar lo que no saben, porque les ocupa el espacio de la mente. 
Tal vez ahora enfurecen, aventura Keynes, y la crisis escala: los choferes se agarran entre sí las camisas y se lían en una lucha. Uno le rompe la nariz con un puñetazo. El otro desenvaina un cuchillo y se lo clava al otro en el estómago. 

Keynes vivió las dos guerras mundiales del siglo 20. En su breve alegoría redujo a dos choferes enfrentados, cada cual con su tráiler tras de él, lo que atestiguó dos veces en otra dimensión: varias cabezas de Estado enfrentados, con vastos ejércitos tras ellos. 

2.
Pero en nuestro siglo los grandes cataclismos han dejado de ser entre las cabezas de Estado y sus ejércitos. Acá y allá hay puntos de guerra, bien acotados por acuerdo mutuo de los choferes de los países. En el siglo 21 los cataclismos son distintos: la especie se enfrenta a la Naturaleza.

Los huracanes son más frecuentes que antes. Los sismos ocurren más a menudo. Las pandemias se suceden una a otra. Los polos se descongelan y las costas se inundan. 

Si los hombres sabios vivieran como merecen, eternamente, Keynes reformularía así su alegoría para nuestro siglo. 

Un chofer al volante de un tráiler observa al final de la carretera un trompo de viento girando: un tornado furioso que avanza directamente hacia él. Frena. No sabe qué hacer. Está rodeado de pantano. Ir en reversa sería ir muy despacio y no escapar. ¿Puede negociar con el tornado que se acerca? 

Es ridículo. Entre el tornado y él no hay moneda de cambio ni lenguaje. 

¿Se enfurece contra el tornado? Baja del tráiler y camina hacia él, golpeándose los puños contra el pecho. Es también absurdo. 

IDOM. La insuficiencia de las capacidades de su mente se hace evidente. El chofer está ante lo desconocido. No le queda sino bajar del tráiler y correr para buscar un resguardo, inevitablemente inseguro, o quedarse de pie rezando para que el tornado se desvíe o mágicamente se disuelva. 
Esos somos nosotros hoy ante un virus, tan minúsculo que se esconde en la transparencia del aire: estamos varados esperando un milagro de la ciencia: una vacuna. 

En tanto, llenamos nuestras mentes con crisis más benignas y que nos reconfortan porque ya nos son familiares. Soñamos que somos los choferes del siglo 20 y nuestra crisis es entre humanos: nos empujamos, nos insultamos, acusamos al presidente del país, el presidente acusa a Zutano, creemos que algo se resolverá luchando contra otros. 

En realidad, de las consecuencias gigantescas del virus, nada sabemos. ¿Cuándo habrá una vacuna: en tres meses o en tres años? La crisis económica que viene, ¿será la peor en cien años o en trescientos? ¿Debemos luchar por restituir nuestra forma de vida en ese porvenir pauperizado, o es tiempo de intentar nuevas formas? 

Algo sí es seguro. Los choferes liados a golpes a media carretera están ciegos al tornado que avanza hacia ellos. Menos están previendo nada. 

TEMAS RELACIONADOS

Comentarios