Andrés Manuel en las fauces del león

Sabina Berman

El jueves pasado Andrés Manuel fue a meter la cabeza en las fauces del león. 

Quiéralo o no el lector, la lectora, al cruzar nuestra frontera norte, el Presidente se transformó, como por arte de magia, en la representación simbólica de la Patria entera, y al entrar a la Casa Blanca [email protected] los [email protected] supimos que metía esa honrosa representación en las fauces del líder más desastroso de la especie. 

Trump, el que no le dio la mano a la Primera Ministra de Alemania, Angela Merkel: el video de los 5 segundos en que le negó el saludo recorrió la Tierra. 

Trump, el que en el mensaje conjunto con la Primer Ministro del Reino Unido, Theresa May, declaró que la señora no sabía gobernar y era una líder débil. 

Trump, el estrepitoso, el que le dijo a la esposa del Primer Ministro de Francia, Emannuel Macron, en las mismas narices aristocráticas del mandatario:

—Estás muy buena. Hey, you are very well. 

Eso ante las cámaras de la televisión mundial. 

Trump, el león desquiciado de la melena pintada de rubio: no hay líder hoy que haya roto más lazos de la red del concierto internacional ni haya hecho más daño a la fe en la democracia: si un sicópata de su calaña puede llegar a una presidencia, ese método es muy fallido. 

Entonces pues, Andrés Manuel metió la cabeza cana en sus fauces abiertas y el país entero dejó de respirar a gusto lo que duró el mensaje conjunto de ambos mandatarios. 

¿Cerraría las fauces de pronto el león y le cortaría el cuello? ¿Sólo las cerraría con un pequeño insulto y nos rasguñaría el orgullo? ¿Cuánta sangre de animadversión se regaría en esos 25 minutos largos como el miedo?

Lo que hizo Andrés en el hocico del hocicón fue cantarle loas. Oh tú eres Lincoln y yo soy Juárez. Oh león, te agradecemos que cada día seas más respetuoso y cordial. Oh león, el mejor amigo de mis compatriotas emigrados a tu territorio. 

Ni una sola verdad: solo deseos. Encantamientos. Instrucciones con los tiempos verbales mutados. En lugar de “Ojalá fueras esto”, “Oh, ya lo eres”. Programación neurolingüística, le llaman unos; zalamería diplomática lo llaman otros. 

Cuentan que el león sufrió una rápida sucesión de mini-derrames cerebrales que lo desubicaron. ¿De quién habla este señor?, se preguntó. ¿Dónde estoy? ¿Cómo me llamo? ¿Obama? ¿Nelson Mandela?

Y paralizado en el pasmo, no cerró las fauces. Ni siquiera rugió. Y se portó, en efecto, respetuoso y cordial, con el Presidente y con nuestro país. Es decir, al menos lo que duró ese día y durante la cena de la noche, en la que se reunieron empresarios binacionales, esperamos que para armar negocios fabulosos, que empleen a millones. 

Por la mañana del día siguiente, el equipo de campaña de Trump tuiteó el video del discurso de loas de Andrés Manuel, para probar que Trump no es racista. Lo que alargó el hechizo algunas horas más. De cierto, Trump firmó un convenio por el bienestar de la comunidad latina en Norteamérica a medio día. 

Y por la tarde se ubicó por fin: recordó que es el león sembrador de la discordia. Declaró a la prensa que su muro en la frontera ha evitado que “la invasión de hispanos”, que hubiera empeorado la pandemia en su territorio. 

Qué más da. El caso es que Andrés Manuel fue a meter dentro del caos la cabeza y volvió a cruzar la frontera trayéndola bien peinada. 

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