Los ataques a la Suprema Corte de Justicia no sólo tienen el objetivo de minar la autoridad de un Poder que se ha levantado como un valladar de defensa de nuestra Constitución, sino que incluye la intención de fortalecer una narrativa que convenza a las y los votantes de darle una mayoría calificada al partido oficialista para avanzar en ciertas reformas que trastocarían todo nuestro orden jurídico y las reglas de convivencia democrática. El partido gobernante no tiene los votos para aprobar reformas que son meras ocurrencias y saben perfectamente que se toparán con el máximo tribunal del país. Pero le apuestan al desgaste, a la desinformación adjudicándole a las y los ministros las decisiones que los jueces o magistrados toman haciendo uso de su jurisdicción. Pretenden colocar a la SCJN como opositora al proyecto que gobierna, cuando su función no es estar de un lado o de otro, sino de hacer que se respete nuestra Constitución, de velar porque se aplique.

Por eso es muy peligroso lo que ha señalado el presidente (lo que ya tanto el INE como el TEPJF empiezan a frenar con sus últimas resoluciones), llamando a un voto en cascada para Morena en la elección del 2024 con el objetivo de lograr los escaños suficientes para sus reformas, dejándole incluso a su sucesor o sucesora el libreto a seguir, los cambios constitucionales que hay que impulsar, en gran medida con el objetivo de eliminar los órganos autónomos, de centralizar aún más el poder, cuando la tendencia debiera ser precisamente al revés. Lo grave de todo esto es que se pone en riesgo a la República. Se le amenaza de muerte. Porque la República no lo es sin tres poderes autónomos, cada uno con sus funciones: la de gobernar, la de generar leyes, y la de hacer que se apliquen y se respeten.

La República hoy está cercada, amenazada desde muchos flancos. No sólo por la deriva autoritaria, sino también por el control de territorios por parte del crimen organizado lo que ha originado terror, violencia, desplazados. Este gobierno que pretendía resolver el tema de la inseguridad de manera diferente no puede ocultar su fracaso porque se ha roto el récord histórico de muertes violentas y sin seguridad, no hay libertad y, en consecuencia, no hay República. Pero también la República sólo lo puede ser si es de iguales. Y aquí se polariza, se hacen distinciones, se insulta, sólo se reconoce a los que siguen al gobierno ciegamente. No se permite ni un solo ápice de autonomía, de pensamiento propio, al grado de llegar hasta la ofensa a los ministros que han actuado con independencia y que el mismo presidente propuso. Pero tampoco se avanza en la igualdad, si en lugar de disminuir se aumenta la pobreza, cuando los programas sociales son moneda de cambio, cuando se ataca a la clase media por sus aspiraciones legítimas. Y está en peligro la República porque en lugar de fraternidad se fomenta el odio, la polarización, la pelea entre hermanos y hermanas, aun cuando nos cobija un solo himno, una sola bandera, una sola patria. Y frente a ello tenemos una oposición que parece no estar a la altura de la gesta histórica que significa defender nuestros principios republicanos. Pero ésa es otra historia.

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