Me pregunto de qué transformación se habla todas las mañanas, si el presente y futuro de nuestros niñas y niños está severamente comprometido por las políticas públicas que se han puesto en marcha desde que el morenismo llegó al poder. Ya bastante daño hizo al desaparecer las estancias infantiles y las escuelas de tiempo completo, condenando a muchos de ellos a estar en las calles o en la casa sin supervisión y sujetos a múltiples riesgos mientras sus madres tienen que trabajar para poder sostener el hogar. También eliminaron los comedores comunitarios y con ello le quitaron el pan de la boca a menores de edad que no tenían de comer por su condición de pobreza. Otro de sus desatinos fue eliminar el seguro para madres jefas de familia, que era un seguro de orfandad que en caso de que la madre llegara a faltar les garantizaba su manutención hasta llegar a la mayoría de edad. Pero lo más grave es la afectación que han ocasionado en salud y educación.
El desmantelamiento del sistema de salud, la falta de medicamentos e insumos se ha traducido en enfermedad y muerte. Pusieron en marcha una política criminal que costó muchas vidas durante la pandemia y que ahora está cobrando factura por la sencilla razón de que dejaron de vacunar a millones de niños. Solo la soberbia y la sinrazón pueden explicar que, de tener coberturas de casi del cien por ciento y de ser un ejemplo mundial, hoy haya madres adoloridas enterrando a sus hijos porque el sarampión regresó gracias a la ineptitud oficial. Nada justifica la indolencia del gobierno. Por más que quieran echarle culpas al pasado, la responsabilidad absoluta recae en ellos. Las cifras de la Organización Panamericana de la Salud son contundentes: la cobertura de vacunación contra el sarampión fue superior al porcentaje necesario para tener una inmunidad de rebaño con Calderón y Peña Nieto. Pero esta cifra disminuyó dramáticamente con López Obrador al bajar de 97 por ciento en 2018 a 79.9 en 2024 en la primera dosis, y de 99 al infame 69 por ciento para la segunda dosis durante el mismo periodo.
Es cierto, aumentaron las transferencias monetarias, pero lo hicieron a costa de derechos sociales básicos y destruyendo lo que durante años se edificó. Cuando la educación de calidad debiera ser una prioridad, se privilegió la propaganda y el adoctrinamiento de niños y niñas. Es plausible que el autor de la nueva versión de los libros de texto haya sido despedido (él mismo reconoce que están inspirados en el obradorismo, lo que sea que esto signifique), pero este hecho será una simple anécdota si permanece esta visión ideologizada que en nada promueve la educación científica y social de nuestra niñez. Difícilmente esto sucederá porque al oficialismo no le importa la verdad. Tampoco le aflige el daño enorme que le está haciendo a toda una generación. No le duelen las muertes infantiles por sarampión, cáncer o por falta de medicamentos. Tampoco le conmueve la de Ricardo Misael ese joven —casi niño— que fue asesinado arteramente por el crimen organizado, como tantos jóvenes en este México plagado de violencia e impunidad. Pero ya sabemos cómo son ellos. Nos toca a las y los ciudadanos despertar.
Política mexicana y feminista

