Cada vez se habla más del “sistema de cuidados”. Pero ni la saliva ni la tinta gastadas en los discursos se reflejan aún en inversiones que multipliquen los espacios de cuidado. El cuidado es una actividad indispensable y noble. Expresa una dimensión concreta del amor y la solidaridad. Sin embargo, en nuestra sociedad también se ha convertido en una imposición que recae mayoritariamente en las mujeres y en el ámbito privado de los hogares. El mercado y el Estado se desentienden de su responsabilidad pública. La redistribución de estas labores no es solo una cuestión de igualdad de género: es, sobre todo y con urgencia, asumir la responsabilidad pública para equilibrar lo que los hogares ya hacen en lo privado.
Es buena noticia que el IMSS haya decidido crear mil nuevos Centros de Educación y Cuidado Infantil (CECI) en este sexenio. Sin embargo, se requiere mucho más. La demanda insatisfecha es enorme y no se limita a personas con trabajo formal afiliadas al IMSS, ni solo al cuidado en la primera infancia.
Las cifras son contundentes: 55.6 millones de personas requieren cuidados. El problema es que la persona cuidadora principal es casi siempre mujer de la familia: 96% para menores de 5 años, 90% para niñas y niños de 6 a 17, 80% para personas con discapacidad y 67% para personas mayores.
El déficit de servicios de cuidado es enorme: solo 9% de menores de 2 años asiste a un centro de cuidado infantil y apenas 5% de niños de 6 a 17 años acude a escuelas de horario ampliado (Cifras de la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados – ENASIC 2022).
La carga en las mujeres y en el ámbito privado de los hogares produce pobreza, pues excluye a 14 millones de mujeres de la población económicamente activa por realizar labores de cuidado en su hogar. (Ver Panorama Laboral no. 2 en https://bit.ly/4vqDOCf).
Por eso, la Ruta 5 de las “10 Rutas por un México libre de pobreza” propone algo claro: promover la inclusión económica de millones de mujeres que hoy asumen el cuidado en el ámbito privado, multiplicando los servicios públicos, con diversas modalidades y con acceso para toda la población.
¿Cómo hacerlo? Mediante tres acciones concretas:
1. Diversificar los modelos de atención para multiplicar estancias infantiles, escuelas de horario ampliado, centros de día para adultos mayores y espacios de rehabilitación para personas con discapacidad, así como formas de apoyo a personas cuidadoras.
2. Involucrar a empresas y organizaciones sociales en la creación de estos espacios, sin perder responsabilidad pública. Por ejemplo, impulsar empresas comunitarias dedicadas al cuidado tendría múltiples impactos: empleos directos, inclusión económica de quienes hoy están excluidas, atención a la infancia (en sintonía con las Rutas 1 y 2), inclusión social. Necesitamos también miles de “CECIs” para las colonias y las mujeres que trabajan por cuenta propia o en micronegocios sin seguridad social.
3. Un plan multianual de inversión pública con un objetivo inaplazable: que ningún hogar enfrente solo la carga del cuidado.
No se trata de hablar más, sino de hacer más. Cada día sin espacios de cuidado es un día de exclusión para millones de mujeres. Invertir en cuidados no es un gasto: es la ruta para romper el círculo de la pobreza y construir un México más justo y también más productivo.
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