El piso parejo desde la cuna, del que hablamos la entrega pasada (EL UNIVERSAL 13/02/2026), se sostiene o se rompe en las escuelas primarias y secundarias. Si los primeros mil días construyen la base del desarrollo, la educación básica debería ser el gran impulso para la igualdad de oportunidades. Pero en México ocurre lo contrario: las escuelas de las niñas y los niños de hogares pobres profundizan la desigualdad en lugar de remediarla.
El diagnóstico es brutal. Según la prueba PISA 2022, retrocedimos en el desempeño de aprendizaje. Lo más grave es que quienes están peor, son quienes más requieren una educación de calidad. 81% de las y los estudiantes del nivel socioeconómico más bajo tienen el peor desempeño en matemáticas y el 69% en ciencias.
Esos resultados, malos para todos, son peores para quienes tienen más necesidad y menos recursos. Esto muestra que no es un problema de esfuerzo individual: es la mala distribución de oportunidades. A las escuelas de las zonas más pobres llegan los docentes con menos experiencia y menos apoyo; en su mayoría tienen infraestructura deficiente, sin internet, sin laboratorios, sin materiales. Y luego nos extraña que el origen social determine el futuro.
Las “becas” de los programas focalizados que promovían la asistencia y avance escolar (Progresa / Oportunidades) contribuyeron a cerrar la brecha. Su logro no es menor: crearon igualdad en la escolarización en primaria y cerraron la brecha de escolarización entre hogares de mayor y menor ingreso en secundaria.
Pero las becas no mejoran la calidad escolar. Si no se invierte en la mejora de la práctica docente y en el proceso de aprendizaje de las escuelas donde acuden niñas, niños y adolescentes de los hogares en pobreza, la “Nueva Escuela Mexicana” fallará en su propósito de igualdad. Si no se invierte bien, la educación en lugar de ser factor de movilidad social, seguirá siendo factor de permanencia de la desigualdad de origen.
La Ruta 2 de las “10 Rutas por un México libre de pobreza” propone invertir la fórmula: que las mejores escuelas estén donde más falta hacen. No se trata de igualar hacia abajo, sino de dar mayor calidad a quienes han recibido menos y requieren más. Eso implica de inicio tres acciones concretas.
Primero, enviar a las mejores maestras y maestros a esas escuelas, con mejores salarios, incentivos y condiciones para enseñar. Segundo, dar prioridad presupuestal al equipamiento e infraestructura de esos planteles, incluyendo internet y dispositivos para aprovechar las plataformas de contenido disponibles. Tercero, detectar a tiempo el riesgo de abandono escolar y asignar becas por necesidad real, no por criterios clientelares.
La palanca de cambio existe: invertir más y mejor en las escuelas de las zonas con mayor pobreza. La evidencia es clara: la calidad educativa es el principal antídoto contra la reproducción intergeneracional de la pobreza.
Porque hoy, el sistema educativo opera al revés. En lugar de compensar las desventajas de origen, las profundiza. Cambiar eso requiere voluntad política para poner el dinero y los mejores recursos educativos donde más se necesitan.
La escuela pública puede ser el ascensor social que México necesita o puede seguir siendo la puerta giratoria que devuelve a la pobreza a quienes nacieron en ella. La Ruta 2 elige lo primero.

