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Arturo Lona: Obispo ejemplar, pionero de la economía social

Rogelio Gómez Hermosillo M.

Arturo Lona, obispo de Tehuantepec, falleció el 31 de octubre a los 95 años de edad. Vivió una vida de servicio congruente con el evangelio, y por ello con la opción por quienes viven en pobreza, con los derechos de los pueblos indígenas y con la economía social. Es decir, con los principios que hoy promueve el papa Francisco.

Uno de los rasgos personales más llamativos de Dn. Arturo era su sencillez. Solía vestir de camiseta blanca, pantalón de mezclilla y huaraches. Sin poses. Establecía relaciones de cercanía y calidez en un trato profundamente humano. Hablaba claro, directo e incluso a veces “fuerte”.

Su opción evangélica por quienes viven en pobreza le era connatural. Usaba un auto sencillo o una camioneta para recorrer su diócesis. Manejando él mismo. Lo cual fue aprovechado en varias ocasiones por quienes quisieron hacerle daño para atentar contra su vida.

Creía en la “Iglesia que nace del pueblo por la fuerza del Espíritu Santo”. Promovió la pastoral indígena, y su encarnación en las culturas del Istmo a su cargo. Apoyó decididamente a Cenami, el Centro de Ayuda a las Misiones Indígenas, fundamental para apoyar procesos pastorales y sociales. Pionero en temas que recién se discutieron en el Sínodo de la Amazonía.

Mons. Lona fue también un sólido apoyo para las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs). Ahí tuve la suerte de conocerlo y sentir su cariño y apoyo pastoral. A él debemos la frase emblemática que marcó el caminar de las CEBs en los 80 y 90: “Las Comunidades Eclesiales de Base no son un movimiento de la Iglesia, son la Iglesia en movimiento”.

Dn. Arturo ejercía su ministerio episcopal con mucho sentido de colegialidad, es decir de manera “participativa” y horizontal. Fue parte de la Región Pastoral Pacífico Sur con Dn. Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal y Dn. Bartolomé Carrasco, en la Arquidiócesis de Oaxaca. Esa colegialidad produjo muchos frutos, entre otros el florecimiento del Seminario Regional del Sureste (Seresure), con sede en Tehuacán, Pue., que fuera semillero de sacerdotes comprometidos.

Era congruente en la colegialidad (diríamos “democrática”) también al interior de su diócesis. En Tehuantepec la Asamblea diocesana trazaba caminos y rutas para enfrentar los retos que esa región del país profundamente marcada por la pobreza, por la desigualdad y por la discriminación. De ahí surge una acción pastoral con un profundo contenido social, que hoy ha sido reivindicada y promovida por el Papa Francisco.

En esa línea apoyó la creación del Centro de Promoción y Comunicación (Ceprocom) como instancia de asesoría y del Centro de Derechos Humanos Tepeyac, y varias escuelas básicas, pero también preparatorias y Universidades, con sólida opción por la cultura indígena.

Dn. Arturo deja un gran legado en la economía social. Su diócesis es pionera en el fomento a las empresas sociales de propiedad cooperativa, comprometidas con el medio ambiente y la comunidad.

La primera de ellas, creada a impulso del P. Francisco Vanderhoff en Sta María Guienagati, la Unión de Comunidades Indígenas de la Región del Istmo, la UCIRI, pionera en la producción y exportación de café orgánico (Ver uciri.com). Y posteriormente con otras más, como Comunidades Campesinas en Camino (CCC), productores de ajonjolí, tamarino y chile pasilla (Ver ccc-ecotierra.org).

Hay mucho que aprender de su ejemplo.
 

Consultor internacional en programas sociales. @rghermosillo

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