AMLO: a mitad del río

Roberto Rock L.

El tiempo se agotará cada vez con mayor rapidez para que el presidente defina su verdadero legado.

El presidente López Obrador navega ya, desde hace un mes, en la segunda mitad de su gestión, que concluirá el primer día de octubre de 2024. A este sexenio (que no será tal, sino de cinco años y 10 meses, por la reforma electoral de 2014), le restan justo 2,100 días. El dilema presidencial está a la vista: marcar un legado que distinga su gestión e imprima un sello al país por venir. O provocar en la historia contemporánea mexicana un paréntesis, un bache del que nadie se quiera acordar —o algo peor.  

El activismo del Presidente durante esta primera mitad transmite la percepción de que navegamos por la mitad de un río turbulento cuyos márgenes son difíciles de distinguir: lo que había detrás parece lejano y tan insatisfactorio que pocos quisieran dar marcha atrás. Pero lo que está enfrente es aún más nebuloso, y a nadie le gusta ser alimentado de incertidumbres.

No se requiere adivinar el futuro para entender que lo que marcará a este gobierno será haber tenido la responsabilidad de encarar el impacto brutal de la pandemia y sus efectos, no sólo en la salud de millones, sino en su economía, su familia, incluso en su condición mental. Cuando se percibe ya la luz al final del túnel en esta crisis, lo que trascenderá a López Obrador será la medida en la que haya podido impedir el mayor sufrimiento posible a sus conciudadanos.

En el balance sobre López Obrador resaltará el encono que domina a la nación, la polarización. Acaso le asista la razón cuando dice que esta división ya existía desde antes, pero a la mayoría poco lo que le interesaba. Sin duda, él la ha hecho patente. La pregunta que surgirá dentro de 34 meses será si alcanzamos cierto nivel de reconciliación, o si la fractura se ensanchó. De ocurrir esto último, la herencia de la llamada cuarta transformación portará al odio como heraldo de un peor futuro.

Los adversarios del tabasqueño esgrimen todo tipo de argumentos; unos, que merecen ser atendidos como parte del urgente debate plural, que debe dar paso a mayores márgenes de consenso democrático. Otros, cargados de ideología, de un repudio que parece nutrirse en un talante clasista, incluso racista, contra un actor surgido de las profundidades del sur mexicano.

Es posible que el alegato más encendido en contra del actual mandatario sea que se le atribuye la voluntad de permanecer en el poder más allá de octubre del 24, por sí mismo o por interpósita persona. El primer escenario es estrafalario. El segundo, harto improbable, porque nada indica que López Obrador tenga capacidad de imponer esa dualidad: alguien incondicional que preserve su directriz. Cualquiera, ellos o ella, a los que se menciona como posibles sucesores, es más moderado que el ahora gobernante. Imaginar lo contrario es no entender que esa película ya se vivió antes, con otros personajes y el mismo final. O hay cambio, relevo verdadero, incluso distanciamiento drástico, o la secuela acaba en desastre, incluso en tragedia.

El tiempo se agotará cada vez con mayor rapidez para que el presidente López Obrador defina su verdadero legado, y con ello determine el destino de su movimiento, sin duda insólito en la etapa moderna de México. En no pocos temas deberá aplicar un golpe de timón si desea conquistar un sitio digno en la historia, que es caprichosa. Pero quizá asuma que no hay más ruta que la suya. Y que, si al final las cosas no resultan como las espera, después de él ya bien podrá llegar el diluvio.

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