Por Mery Hamui Sutton
En México, el lugar donde se nace sigue pesando más que el esfuerzo que se hace. De acuerdo con la ENIGH, 2024, quien llega al mundo en el 20% más pobre de la escala social tiene pocas probabilidades de salir de su condición; quien nace en la cima casi nunca desciende. La escalera social existe, pero está empinada y llena de obstáculos. Aun así, millones de jóvenes desean e intentan subir.
¿Qué significa realmente ascender socialmente? ¿Es sólo ganar más dinero?
Hablar de movilidad social intergeneracional no es únicamente hablar de ingresos. Es comparar la propia trayectoria con el punto de partida familiar: más educación que los padres, un mejor empleo, mayor estabilidad y más reconocimiento. Lograr el ascenso es mejorar, pero no es tan simple.
En México, la movilidad social intergeneracional es limitada. La estructura social reproduce las desigualdades de origen y el esfuerzo individual no opera en el vacío. El acceso desigual a la educación de calidad, la precariedad laboral, la falta de seguridad social y el bajo crecimiento económico hacen que la movilidad sea la excepción y no la regla.
A pesar de ello, millones de jóvenes –sobre todo de sectores medios- siguen apostando por la educación superior como principal motor de cambio. Estudian, trabajan, migran, se endeudan y acumulan credenciales y aspiraciones. Confían en que el mérito les abrirá las puertas que estaban cerradas.
Pero ascender no es sólo un movimiento económico, es también un tránsito social y cultural. Cambian los códigos, las prácticas, las formas de relacionarse. Se aprende a hablar con otros términos, a habitar otros espacios, a interpretar señales que antes no eran necesarias, como lo plantea Didier Eribon (2024). El nuevo entorno puede ofrecer oportunidades, pero también exige una adaptación constante.
Para muchas personas, moverse hacia arriba implica distanciarse del entorno de origen. A veces se debilitan vínculos familiares y amistades; otras veces surge la sensación de no pertenecer del todo ni al lugar de donde se viene ni al que se llega. En los nuevos espacios pueden surgir experiencias de discriminación sutil o abierta, así como la presión por demostrar permanentemente que se merece estar ahí.
El costo puede ser mayor para quienes provienen de comunidades indígenas o de contextos con fuertes redes comunitarias. El tránsito hacia posiciones más favorecidas transforma no solo lo económico, sino también las formas de concebir la familia, el apoyo y la solidaridad. La movilidad social no es neutra: deja huellas emocionales.
Y sin embargo, lograrlo es profundamente significativo. Construir una oportunidad propia, superar barreras estructurales y sostenerse en una nueva posición requiere de perseverancia y aprendizaje continuo. La movilidad no es un punto de llegada definitivo, es un proceso que exige mantenerse en movimiento.
Aquí la discusión deja de ser individual y se vuelve colectiva. Una sociedad no puede depender de historias excepcionales de ascenso. Convertir la movilidad en una posibilidad real exige una sociedad más igualitaria para poder transitar entre los estratos sociales y reducir las brechas de origen: garantizar educación de calidad, seguridad laboral, acceso efectivo a la salud y un entorno económico que genere empleos dignos.
Si el origen deja de ser destino, la sociedad se vuelve más integrada, justa y democrática. Pero mientras el punto de partida siga marcando con tanta fuerza el horizonte, ascender seguirá siendo un logro extraordinario y, a veces solitario.
El sueño de subir sigue vivo entre millones de jóvenes mexicanos. La pregunta es si el país está dispuesto a crear condiciones para que ese sueño se cumpla.

