Ricardo Reza *
Abril Acosta **
Integrantes de la Red de Investigación e Intervención Educativa de la UAM
Durante décadas, el perfil de egreso en la educación superior descansó en una promesa relativamente clara, la de formar profesionistas con saberes disciplinares sólidos, integrarlos como ciudadanos y facilitar su inserción laboral. Sin embargo, esa promesa resulta hoy insuficiente frente a transformaciones estructurales que reconfiguran tanto el trabajo como la vida social.
Las tecnologías digitales han acentuado un conjunto amplio de reestructuraciones en la sociedad, porque introducen nuevas herramientas, reconfiguran la producción del conocimiento y la organización del trabajo; en este contexto, la exposición a la inteligencia artificial ocupa un lugar central. No obstante, también la creciente precarización del empleo, la transición hacia economías basadas en el conocimiento, la crisis climática, la intensificación de desigualdades sociales y los cambios demográficos reconfiguran de manera estructural las condiciones de vida y trabajo. Asimismo, los elementos previos han modificado profundamente las expectativas sobre lo que significa “formarse” en la universidad y redefine el perfil de egreso. Esto incide en las dinámicas de contratación y en las nuevas capacidades humanas, tensionando los modelos tradicionales de formación universitaria.
Una respuesta frecuente ha sido proponer la actualización de planes de estudio mediante la incorporación de competencias digitales; no obstante, el problema es más profundo, porque no se trata únicamente de “agregar habilidades” a la lista preexistente, sino de reconfigurar el sentido de la formación universitaria. La pregunta central ya no es sólo concebir qué deben saber hacer los egresados, sino qué tipo de sujetos deben formarse en contextos atravesados por incertidumbre, complejidad y transformación permanente.
En este horizonte, el perfil de egreso del futuro exige una combinación ambiciosa de capacidades y de prácticas. Pues, también cambian las pautas sociales que organizan el conocimiento y la forma de cultivarlo. Por un lado, habilidades cognitivas de orden superior: pensamiento crítico, resolución de problemas complejos, juicio ético y capacidad de discernimiento en espacios mediados por tecnologías. Desde otra arista, habilidades socioemocionales (o “blandas”) como la colaboración, la comunicación, la adaptabilidad, la autorregulación y la responsabilidad social. Estas capacidades se vuelven medulares en un entorno donde lo tecnificado se automatiza, pero lo humano define el sentido y los límites de la tecnología. Esta reconfiguración no está exenta de riesgos, porque sin políticas educativas incluyentes, formación y condiciones docentes adecuadas, y marcos éticos, las transformaciones tecno-sociales pueden profundizar desigualdades existentes. El riesgo, es que el acceso desigual a oportunidades educativas y a capacidades avanzadas puede traducirse en nuevas formas de exclusión.
El debate sobre el perfil de egreso no puede reducirse a la empleabilidad, debe incorporar una mirada crítica sobre las condiciones sociales en las que participarán los egresados. La formación para el futuro implica comprender el cambio, cuestionarlo, adaptarse, disputar su orientación y formar sociedades más justas. El reto para las instituciones de educación superior es doble: transformar sus modelos formativos sin limitarse a la adaptación funcional al mercado y, la universidad debe seguir siendo un espacio de formación integral, crítica y socialmente comprometida. * ricardoa.rezaf@gmail.com ** aacosta@correo.xoc.uam.mx

